El Psoe, hacia la irrelevancia, la desaparición o la izquierda real

El momento político que atraviesa el PSOE en España no es una dificultad coyuntural ni un simple desgaste de gobierno. Es una crisis estructural, ideológica y estratégica que afecta al corazón mismo del proyecto socialista. En un contexto de ascenso de la extrema derecha, empobrecimiento material de amplias capas sociales y deslegitimación de las instituciones, el PSOE se enfrenta a una disyuntiva histórica: persistir en una socialdemocracia agotada que conduce inevitablemente a su desaparición, o asumir que el único camino viable pasa por la construcción de una izquierda real, con capacidad de confrontación y transformación.

Esta no es una advertencia retórica. Es un hecho empíricamente contrastado en toda Europa. Allí donde los partidos socialdemócratas han optado por gestionar el neoliberalismo con un lenguaje progresista, el resultado ha sido su hundimiento electoral, su irrelevancia política o su desaparición directa. Francia, Italia, Grecia, Países Bajos o Alemania ofrecen ejemplos claros de un mismo proceso: cuando la socialdemocracia renuncia a ser izquierda, deja de ser útil para la mayoría social y acaba siendo sustituida o devorada por otras fuerzas.

España no es una excepción a esta dinámica. El PSOE ha sobrevivido más tiempo que otros partidos hermanos, en gran medida por su implantación institucional y por la ausencia histórica de una izquierda alternativa fuerte durante largos periodos. Pero esa excepcionalidad se está agotando. La dirección estratégica del partido apunta exactamente al mismo callejón sin salida que ya han recorrido otros: moderación permanente, renuncia al conflicto social y adaptación dócil a los límites del capitalismo neoliberal.

La socialdemocracia que hoy reivindica el PSOE ya no tiene nada que ver con la tradición que decía representar. No es un proyecto de reforma estructural, sino una forma de administración del orden existente. Sus grandes marcos discursivos —estabilidad, responsabilidad, crecimiento, gobernabilidad— responden más a las exigencias de los mercados y de las élites económicas que a las necesidades materiales de la clase trabajadora. En este contexto, el PSOE no transforma: gestiona. No confronta: amortigua. No ilusiona: administra expectativas a la baja.

El problema es que este modelo ya no ofrece recompensas electorales. Durante años, la socialdemocracia pudo presentarse como garante del bienestar dentro del sistema. Hoy, en cambio, gobierna en un escenario de precariedad estructural, crisis climática, vivienda inaccesible y servicios públicos tensionados. Sin capacidad —ni voluntad— de alterar las reglas del juego, el PSOE se convierte en el rostro amable de un sistema que no funciona para la mayoría. Y cuando eso ocurre, la desafección es inevitable.

La consecuencia directa de esta deriva es doble. Por un lado, una creciente abstención entre sectores populares que ya no perciben diferencias sustanciales entre opciones de gobierno. Por otro, el desplazamiento de parte de ese malestar hacia la extrema derecha, que se presenta falsamente como fuerza antisistema. La paradoja es evidente: cuanto más se modera el PSOE, cuanto más se aleja de posiciones de izquierda, más espacio abre para que la reacción avance.

Aquí conviene ser claros: la socialdemocracia no frena a la extrema derecha. La legitima. Al aceptar los marcos económicos y políticos del neoliberalismo, al renunciar a disputar el sentido común, la socialdemocracia deja intactas las causas materiales del malestar social. La extrema derecha no crece por exceso de radicalidad de la izquierda, sino por su ausencia. Crece cuando nadie señala a los verdaderos responsables de la desigualdad, cuando la política se reduce a una gestión sin horizonte y cuando la frustración no encuentra una salida emancipadora.

El PSOE insiste en que su papel es “contener” a la derecha y a la extrema derecha. Pero la experiencia europea demuestra que esa contención es, en realidad, un aplazamiento de su propio colapso. Los partidos socialdemócratas no han desaparecido de un día para otro: se han ido vaciando lentamente, elección tras elección, hasta convertirse en fuerzas marginales o irrelevantes. Ese es el final lógico del camino socialdemócrata en el siglo XXI.

Pensar que España es diferente es una forma de autoengaño. Los mismos procesos que han destruido a la socialdemocracia europea están plenamente activos aquí: precarización del trabajo, despolitización institucional, subordinación a los poderes económicos y miedo permanente al conflicto. Mientras el PSOE siga atrapado en ese marco, su destino no será la centralidad política, sino la decadencia progresiva.

Frente a este escenario, la única alternativa real es la construcción de una izquierda de verdad. No una izquierda testimonial ni subordinada, sino un proyecto político que asuma que sin confrontación no hay cambio. Una izquierda que entienda que la democracia no puede reducirse a la alternancia de gestores del mismo modelo económico, y que sin redistribución del poder y de la riqueza no existe justicia social.

La izquierda real no se define solo por sus siglas, sino por su práctica política. Es aquella que pone en el centro las condiciones materiales de vida: empleo digno, vivienda, servicios públicos, control democrático de sectores estratégicos y soberanía frente a los intereses financieros. Es una izquierda que no teme hablar de conflicto de clases, porque sabe que ese conflicto existe aunque se intente ocultar bajo un lenguaje tecnocrático.

Además, una izquierda de verdad es la única capaz de combatir a la extrema derecha de manera eficaz. No desde el miedo ni desde la moralización, sino desde la esperanza y la organización. Cuando la izquierda ofrece soluciones reales, señala responsables claros y construye comunidad política, la extrema derecha retrocede. No porque desaparezca el malestar, sino porque deja de ser instrumentalizable por el autoritarismo.

El PSOE, tal y como está configurado hoy, no parece dispuesto a liderar este giro. Su apuesta estratégica pasa por ocupar un centro político cada vez más estrecho y cada vez menos poblado. Pero ese centro no es un refugio: es un espacio en disputa que se vacía a medida que la crisis se profundiza. Persistir en esa dirección no salvará al partido; solo retrasará su declive.

La historia reciente es clara: la socialdemocracia no es una etapa intermedia hacia algo mejor, sino un final de trayecto. Un final que conduce a la irrelevancia y, finalmente, a la desaparición política. España no puede permitirse ese vacío en un momento de ofensiva reaccionaria. Por eso, la tarea central de nuestro tiempo no es rescatar a la socialdemocracia, sino construir una izquierda real capaz de disputar poder, sentido y futuro.

La pregunta ya no es si este debate es incómodo, sino si estamos dispuestos a afrontarlo antes de que sea demasiado tarde. Porque cuando la izquierda renuncia a ser izquierda, no solo se condena a sí misma: abre la puerta a que otros decidan el país que viene.

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