La ultraderecha y la promesa del orden absoluto
Política

La ultraderecha y la promesa del orden absoluto

◆   13 de septiembre de 2025  ·  Javier Ledo

La ficción de Star Trek nos dejó hace décadas una advertencia que hoy suena más actual que nunca: el peligro de ceder nuestra libertad a quienes prometen orden absoluto. La figura de Landru, el líder convertido en máquina que somete a su pueblo en nombre de la paz, guarda un inquietante paralelismo con el auge de las corrientes de ultraderecha en la política global.

El regreso de los “salvadores”

En tiempos de incertidumbre, los discursos simplistas ganan fuerza. Crisis económicas, migraciones, desigualdades crecientes, la aceleración tecnológica o las guerras han generado una sensación de descontrol. En ese contexto, los líderes de ultraderecha se presentan como salvadores que traen una fórmula clara: devolver el orden, la unidad y la grandeza.

En Estados Unidos, Donald Trump ha convertido el “Make America Great Again” en un eslogan de nostalgia que promete restaurar un pasado idealizado, aunque nunca haya existido tal como lo describe. En Europa, partidos como Vox en España, el Rassemblement National de Marine Le Pen en Francia, o Giorgia Meloni en Italia, insisten en que la única salida a la crisis social es regresar a una identidad nacional fuerte, homogénea y excluyente.

Del mismo modo, Landru convencía a los ciudadanos de Beta III de que su “voluntad del Bien” era el único camino hacia la estabilidad. El precio era la sumisión. Hoy, las corrientes ultraderechistas ofrecen un trato similar: paz a cambio de obediencia, seguridad a cambio de pluralidad, orden a cambio de libertad.

El mito del orden absoluto

La ultraderecha se alimenta del miedo. Miedo al extranjero, miedo a perder la identidad, miedo a que la democracia liberal no pueda protegernos de las crisis. Su promesa es eliminar la incertidumbre y recuperar un orden perdido. Pero ese orden tiene un costo: se construye a partir de la exclusión.

Los discursos antiinmigración en Hungría, Polonia o España son un buen ejemplo. Se presenta a los migrantes como una amenaza a la cohesión social, del mismo modo que Landru veía la diferencia como un riesgo para la estabilidad de su sistema. Así, se propone un modelo de sociedad homogénea, uniforme, donde todo lo que no encaje debe ser marginado o directamente eliminado.

El problema, como demostró Kirk en Star Trek, es que el orden absoluto no es humano. La creatividad, el pensamiento crítico y la diversidad son parte esencial de la vida en sociedad. Cuando se eliminan, lo que queda es un simulacro de paz, una quietud muerta que se confunde con estabilidad.

La ilusión de la libertad

Uno de los aspectos más inquietantes del episodio es que los habitantes de Beta III creen ser libres. No sienten la opresión porque la han interiorizado. Para ellos, obedecer a Landru es un acto natural, casi voluntario.

Este mismo mecanismo lo vemos en la política actual. La ultraderecha insiste en que defiende la “libertad”, pero lo hace redefiniendo el término. Habla de libertad para llevar la bandera nacional, para rezar en el espacio público, para expresarse sin límites. Pero esa libertad no es universal: se restringe a quienes encajan en la identidad dominante. Para las minorías, las mujeres que reivindican igualdad, las personas LGTBI o los migrantes, lo que se ofrece no es libertad, sino obediencia.

En este sentido, el paralelismo con Landru es evidente: se vende la idea de un pueblo que vive en paz porque todos actúan bajo la misma voluntad. La disidencia, ya sea política, cultural o personal, se percibe como una amenaza que debe ser neutralizada.

La nostalgia como arma política

Landru fue creado a partir del deseo de preservar un pasado en el que el pueblo vivía en armonía. De manera parecida, la ultraderecha recurre constantemente a la nostalgia. Su mensaje central suele ser: “antes estábamos mejor”.

Ese pasado idílico puede ser el franquismo en el caso de ciertos discursos en España, la grandeza imperial en el Reino Unido del Brexit, o la época pre-igualdad de derechos en Estados Unidos. Se trata siempre de construcciones selectivas de la memoria, donde se idealizan épocas marcadas por la homogeneidad y el control, pero se ocultan las desigualdades y violencias que las acompañaban.

La nostalgia se convierte así en un motor político poderoso: frente al vértigo del presente, se ofrece un regreso a un lugar seguro. El problema es que ese lugar nunca existió tal como se describe, y que el camino para llegar a él exige recortar libertades en el presente.

El control a través de la simplificación

Landru ofrecía una respuesta simple a cualquier problema: obedecer su voluntad. La ultraderecha hace lo mismo: presenta soluciones claras, rápidas y contundentes para problemas complejos.

• ¿Crisis económica? Culpa de los inmigrantes.

• ¿Desafección política? Culpa de las élites globalistas.

• ¿Violencia de género? Culpa del feminismo.

• ¿Cambio climático? Una exageración inventada por progresistas.

Este tipo de discurso funciona porque simplifica la realidad y ofrece un enemigo concreto. En un mundo de incertidumbres, es más fácil creer en un relato binario de “nosotros contra ellos” que aceptar la complejidad. Pero esas soluciones simplistas no resuelven los problemas: solo los desplazan y, en muchos casos, los agravan.

El papel de la resistencia

En The Return of the Archons, el capitán Kirk logra derrotar a Landru al enfrentarlo con una contradicción esencial: al eliminar la libertad y la creatividad, había destruido precisamente aquello que pretendía proteger, la humanidad de su pueblo. Esa paradoja es también la que debemos recordar en la política actual.

La resistencia frente a la ultraderecha no puede limitarse a denunciar sus excesos. Debe también reivindicar el valor de la democracia, la pluralidad y la libertad real, incluso cuando son caóticas y difíciles de gestionar. El desafío está en demostrar que la convivencia en diversidad no es un problema, sino una fortaleza.

Un espejo en la ciencia ficción

La ciencia ficción siempre ha sido un laboratorio de metáforas políticas. Landru, nacido en plena Guerra Fría, representaba el temor a un sistema que sacrificaba la libertad en nombre de la seguridad. Hoy, esa metáfora sigue viva y se conecta con el auge de las corrientes de ultraderecha en todo el mundo.

La lección es clara: el orden absoluto es una trampa. Puede ofrecer una ilusión de paz, pero lo hace a costa de la humanidad misma. El verdadero progreso no consiste en volver a un pasado idealizado ni en someterse a un líder que promete soluciones fáciles, sino en asumir la complejidad del presente, con sus tensiones, diferencias y contradicciones.

Si algo nos enseñó Star Trek es que la diversidad, la exploración y el pensamiento crítico son esenciales para avanzar. Landru nos recuerda, en cambio, lo que ocurre cuando la sociedad entrega su destino a quienes prometen controlarlo todo.

Por eso, no basta con observar el fenómeno: es necesario actuar. La ciudadanía tiene la responsabilidad de defender los valores democráticos, de proteger los derechos conquistados y de no dejarse seducir por discursos que disfrazan la sumisión de libertad. Votar, organizarse, debatir, resistir: son acciones imprescindibles frente a quienes buscan homogeneizar el mundo a golpe de miedo y exclusión.

El futuro no pertenece a Landru ni a quienes lo imitan en la política actual. El futuro se construye con más democracia, más diversidad y más valentía para enfrentar la complejidad. Y esa tarea no es de unos pocos: es un compromiso colectivo que exige que todos estemos a la altura.

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