
En la política española de hoy hay un guion que se repite. No lo ha inventado nadie aquí, ni es un fenómeno exclusivamente nuestro: lo hemos visto en Estados Unidos con Trump, en Brasil con Bolsonaro, en Italia con Meloni y, en general, en cada país donde la derecha y la extrema derecha han olido la oportunidad de transformar la democracia en un tablero de trincheras. Ese guion puede resumirse en cuatro pasos muy claros: minar la fe en los medios, polarizar a la sociedad, marginar a la intelectualidad y, por último, elevar a un líder carismático que, bajo la bandera del orden y la libertad, sea lo bastante astuto para conquistar votos y lo bastante maleable para ser útil a los poderes que lo sostienen.
En España, esos cuatro pasos ya se han puesto en marcha. Y la figura de Isabel Díaz Ayuso encaja como anillo al dedo en el cuarto.
Paso 1: hacer que nadie crea en nada
El primer movimiento consiste en dinamitar la confianza en los medios de comunicación. La idea es sencilla: si el ciudadano empieza a dudar de lo que lee, de lo que ve en televisión o escucha en la radio, se vuelve más dependiente de los relatos políticos.
La derecha española lo sabe bien. Vox lo utiliza de forma brutal: habla de “medios comprados por la izquierda”, de “periodistas al servicio de la agenda globalista” y de “censura” cada vez que se le contradice. El PP lo hace con más sutileza, acusando a RTVE o a algunos diarios de estar controlados por el Gobierno.
Ayuso ha ido más lejos: ha llegado a acusar abiertamente a periodistas de manipular, de montar campañas en su contra y de querer silenciar su “voz libre”. Su estrategia no es responder a las críticas con argumentos, sino deslegitimar la fuente de las críticas. Y en ese terreno, lo importante no es quién tiene razón, sino quién consigue que la gente deje de confiar en el árbitro.
Paso 2: dividir para mandar
El segundo paso es todavía más peligroso: dividir a la sociedad hasta convertir al adversario en enemigo. Si el otro no es simplemente alguien con quien no estoy de acuerdo, sino una amenaza para mi forma de vida, entonces cualquier enfrentamiento se justifica.
La derecha lleva tiempo trabajando esta táctica. Vox lo hace con manual: “okupas”, “menas”, “feministas radicales”, “separatistas”. Todos sirven como chivos expiatorios para agitar el miedo.
El PP de Ayuso ha encontrado un filón en las llamadas “guerras culturales”. Según su relato, Madrid es el bastión de la libertad frente a un Gobierno central que solo quiere “arruinar” a los ciudadanos con impuestos, “encerrarlos” con medidas sanitarias y “adoctrinarlos” con políticas de género. Es un discurso simple y efectivo: convierte la política en un ring donde no caben los matices, solo la épica de resistir.
Paso 3: los expertos estorban
El tercer paso consiste en quitar de en medio a los expertos. Porque los expertos son incómodos: explican la complejidad, desmontan las frases fáciles y obligan a tomar decisiones basadas en datos, no en emociones.
Durante la pandemia vimos la versión más clara de esta estrategia. Mientras epidemiólogos y especialistas pedían cautela, Ayuso defendía a capa y espada la apertura de la hostelería y convirtió las terrazas en un símbolo de libertad. No importaba tanto lo que dijeran los médicos: lo importante era el gesto político.
Esta dinámica no se limita a la sanidad. Pasa en la economía, donde los economistas críticos son tachados de “catastrofistas”; en la historia, donde Vox niega el franquismo; o en el feminismo, donde cualquier informe académico es despreciado como “ideología de género”. El objetivo es siempre el mismo: que la gente deje de escuchar a los expertos y empiece a escuchar únicamente al político que grita más fuerte.
Paso 4: Ayuso, la candidata perfecta
El último paso es elegir a una figura que, en nombre del orden y la libertad, aglutine el descontento y movilice al electorado. Alguien astuto, carismático, cercano… pero a la vez funcional a los poderes que lo rodean.
Esa figura, en España, es Isabel Díaz Ayuso. Y no es casual. Ayuso no era una líder destinada a brillar: fue elegida como candidata de transición, casi de segunda fila. Pero tenía dos virtudes que la han hecho imparable: un estilo directo, sin complejos, y una capacidad enorme de conectar con la emoción de la gente.
Sus mensajes son cortos, fáciles de recordar y cargados de épica: “Madrid es libertad”, “nos quieren arruinar”, “no nos van a callar”. No necesita explicar cómo bajará los impuestos sin recortar servicios o cómo resolverá la precariedad laboral. Basta con repetir mantras que suenen como un grito de resistencia.
Al mismo tiempo, Ayuso sigue dependiendo de los mismos poderes que la auparon: el aparato del PP, los medios que la sostienen, los intereses económicos de la Comunidad de Madrid. Su rebeldía tiene límites. Es una líder fuerte hacia fuera, pero perfectamente integrada hacia dentro.
Por eso encaja tan bien en este cuarto paso: porque representa la promesa de orden y libertad al mismo tiempo que sirve como engranaje de una maquinaria más amplia.
La amenaza que se esconde detrás
La conclusión es evidente: la derecha española ha aprendido a seguir este guion de cuatro pasos con precisión quirúrgica. Primero, hacen que la gente dude de los medios. Después, dividen a la sociedad hasta el extremo. Luego, silencian a los expertos. Y finalmente, presentan a una figura carismática que promete restaurar el orden.
El problema es que este camino no lleva a una democracia más fuerte, sino todo lo contrario. Cuando la verdad se convierte en relativa, cuando el otro deja de ser un ciudadano y pasa a ser un enemigo, cuando los expertos sobran y solo queda el ruido mediático, lo que se consolida es un terreno perfecto para el autoritarismo.
Hoy Ayuso es la gran beneficiada de este proceso. Pero no es solo ella. Detrás de su figura hay una estrategia compartida por toda la derecha y la extrema derecha españolas. Y la pregunta es si la sociedad va a aceptar este juego o si, por el contrario, encontrará la manera de frenar un ciclo que amenaza con vaciar la democracia desde dentro.
