Incapacidad política

La deriva del PP y el peligro de la extrema derecha: una llamada urgente a la izquierda

En la política española, los discursos suelen llenarse de eufemismos, de frases calculadas para no incomodar demasiado ni a aliados ni a votantes potenciales. Sin embargo, hay momentos en los que la franqueza resulta una obligación democrática. Nos encontramos, sin duda, en uno de esos momentos. El fracaso de Alberto Núñez Feijóo para consolidarse como una alternativa real de gobierno, la radicalización del Partido Popular hacia postulados de extrema derecha, y la creciente influencia de Vox en la vida pública dibujan un escenario inquietante para el futuro de nuestro sistema democrático. Frente a esa amenaza, la izquierda, fragmentada y desorientada en demasiadas ocasiones, debe reagruparse y movilizarse antes de que sea demasiado tarde.

Feijóo, la incapacidad como proyecto político

Cuando Feijóo aterrizó en la presidencia del Partido Popular, muchos lo presentaron como el “moderado” que pondría orden tras la etapa convulsa de Pablo Casado. Gobernante experimentado en Galicia, se le atribuía la capacidad de devolver al PP un perfil institucional, alejado del ruido y las estridencias. La realidad, sin embargo, ha demostrado lo contrario.

Feijóo no ha conseguido ni consolidar un liderazgo interno sólido ni ofrecer al país un proyecto coherente. Su estrategia se ha limitado a bloquear cualquier iniciativa del Gobierno progresista sin presentar alternativas. Se ha dejado arrastrar por la presión de las corrientes más duras de su partido y por la influencia de Vox, hasta el punto de difuminar casi por completo la supuesta diferencia entre “moderación” y “ultraderecha”.

La imagen de estadista que intentó construir se ha derrumbado entre contradicciones, giros de guion y un tacticismo desesperado. El resultado: un PP sin rumbo propio, cuya brújula apunta cada vez más hacia la derecha radical.

El PP y su viaje hacia la extrema derecha

El viraje del Partido Popular no es un fenómeno aislado en Europa. Desde Francia con Marine Le Pen hasta Italia con Giorgia Meloni, los partidos conservadores tradicionales han cedido terreno ideológico a la extrema derecha, adoptando parte de sus discursos en un intento de retener votantes. España no es la excepción.

En comunidades autónomas y ayuntamientos, el PP gobierna de la mano de Vox, aceptando sin apenas resistencia recortes de derechos, retrocesos en igualdad de género, censura cultural y negacionismo climático. El discurso oficial del partido cada vez se parece más a un eco de las tesis ultras: alarmismo migratorio, ataques sistemáticos a la prensa crítica, utilización partidista de la justicia y una constante apelación a una supuesta España homogénea, cerrada y excluyente.

Este desplazamiento no es un simple movimiento estratégico. Supone una amenaza directa para el sistema democrático porque normaliza postulados que cuestionan los consensos básicos de la Constitución de 1978: la pluralidad política, la descentralización territorial, la igualdad de derechos.

Vox, un peligro para la paz social

La presencia de Vox en las instituciones no ha hecho sino amplificar esa deriva. El partido de extrema derecha no es un actor político convencional: su discurso se basa en la confrontación, el revisionismo histórico y el odio al diferente. Su agenda es profundamente regresiva y, de aplicarse en su totalidad, implicaría la demolición de muchos de los avances logrados en España en las últimas décadas.

Vox no oculta su desprecio hacia el feminismo, sus ataques contra la diversidad sexual, ni su negacionismo climático. Pero lo más grave es que fomenta un clima de polarización permanente que erosiona la convivencia y la paz social. Sus discursos alimentan el enfrentamiento entre ciudadanos, señalan enemigos internos y externos, y promueven un nacionalismo excluyente que reduce la complejidad de España a un relato simplista y beligerante.

En los municipios donde gobierna junto al PP, ya se han visto las consecuencias: retirada de banderas LGTBI, veto a obras de teatro, reducción de recursos contra la violencia de género, persecución ideológica en las aulas. Todo ello, con la complicidad silenciosa de un Partido Popular que se pliega a sus exigencias para mantener cuotas de poder.

Un sistema democrático en riesgo

La suma de estos elementos —la debilidad de Feijóo, el viraje del PP y la agresividad de Vox— coloca a nuestro sistema democrático ante un riesgo real. Lo que está en juego no es un simple cambio de gobierno, sino la degradación progresiva de las instituciones.

En Europa, hemos visto cómo las democracias liberales pueden transformarse en regímenes autoritarios de forma casi imperceptible, paso a paso, ley tras ley, decreto tras decreto. Hungría y Polonia son ejemplos recientes. Allí, partidos conservadores que llegaron al poder con apariencia de normalidad fueron desmantelando poco a poco la independencia judicial, limitando la libertad de prensa y restringiendo derechos civiles. España no está inmunizada contra ese peligro.

La izquierda, ante el espejo

En este contexto, la responsabilidad de la izquierda es enorme. Y, sin embargo, lo que observamos es una fragmentación preocupante. El PSOE mantiene el timón del Gobierno, pero con dificultades para comunicar con claridad los logros de su gestión y para ilusionar a una ciudadanía fatigada. Sumar, por su parte, lucha por consolidar un espacio político propio mientras lidia con tensiones internas. Podemos sigue aferrado a un discurso que busca diferenciarse, aunque a costa de profundizar la división.

Esa dispersión beneficia únicamente a la derecha y a la extrema derecha. Cada vez que la izquierda se enzarza en disputas intestinas, cada vez que los egos pesan más que las causas comunes, Feijóo y Abascal respiran aliviados.

La izquierda necesita comprender que la unidad no es una opción táctica, sino una necesidad histórica. Reagruparse no significa uniformidad, sino capacidad de cooperación y de construcción de un frente común frente a la amenaza involucionista.

Movilización o resignación

Pero la unidad política no basta si no va acompañada de movilización social. La ciudadanía progresista debe despertar de la resignación. No se trata de votar cada cuatro años y luego esperar que otros hagan el trabajo. Se trata de defender activamente los valores democráticos en todos los ámbitos: en las calles, en las redes, en los centros de trabajo, en las universidades, en los barrios.

El feminismo, el ecologismo, el sindicalismo, el movimiento vecinal, el estudiantil: todos ellos han demostrado a lo largo de la historia su capacidad para frenar retrocesos y conquistar derechos. Hoy, más que nunca, es necesario que esa energía se reactive.

Una llamada urgente

España no puede permitirse caminar dormida hacia una deriva autoritaria. La incapacidad de Feijóo para gobernar, la entrega del PP a los postulados de Vox y la propia agresividad de la extrema derecha son señales claras de alarma. Si no se actúa con decisión, lo que hoy parecen retrocesos puntuales mañana pueden convertirse en estructuras permanentes.

La izquierda tiene la obligación de estar a la altura. Y la ciudadanía, el deber de implicarse. Porque lo que está en juego no es solo quién gobierna, sino la esencia misma de nuestra democracia: la convivencia en libertad, igualdad y pluralidad.

No es momento de tibiezas ni de cálculos electorales. Es el momento de elegir entre resignación o movilización, entre retroceso o progreso, entre miedo o esperanza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!