Paso corto, mirada larga
Política

Paso corto, mirada larga

◆   20 de diciembre de 2025  ·  Javier Ledo

El auge de la ultraderecha en distintos países no es un fenómeno aislado ni repentino. Se trata, más bien, de una corriente que ha ido ganando fuerza al calor de crisis económicas, desafección política, inseguridad cultural y una sensación extendida de pérdida de control sobre el propio destino colectivo. En ese caldo de cultivo, los discursos simplificadores, identitarios y excluyentes encuentran terreno fértil. Sin embargo, más allá de sus consignas y promesas, resulta imprescindible analizar con detenimiento qué implican estas opciones políticas para la salud de la democracia, especialmente cuando, incluso sin haber alcanzado plenamente el poder, ya arrastran casos de corrupción y prácticas opacas que contradicen su retórica regeneradora.

La ultraderecha suele presentarse como una fuerza antisistema, una alternativa “limpia” frente a unas élites políticas a las que acusa de corruptas, alejadas del pueblo y responsables de todos los males. Ese discurso conecta con una parte de la ciudadanía cansada de promesas incumplidas y escándalos repetidos. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que esta supuesta superioridad moral es, en muchos casos, un espejismo. Allí donde estos movimientos han tenido responsabilidades institucionales, aunque sean parciales o limitadas, han aparecido rápidamente comportamientos que reproducen —o incluso agravan— los vicios que dicen combatir: financiación irregular, uso patrimonial de las instituciones, nepotismo y falta de transparencia.

Este dato es especialmente relevante porque desmonta uno de los pilares de su atractivo: la idea de que representan una ruptura ética con el pasado. La corrupción no surge únicamente cuando se gobierna durante décadas; también puede aparecer en fases tempranas, cuando los controles son débiles y la urgencia por consolidar poder se impone sobre cualquier principio. En algunos casos, la opacidad se justifica como una necesidad estratégica; en otros, se disfraza de victimismo, atribuyendo cualquier investigación o crítica a una supuesta conspiración del “sistema”. El resultado es un patrón peligroso: la normalización de prácticas irregulares incluso antes de ejercer un poder pleno.

Pero los riesgos para la democracia no se limitan a la corrupción material. Existe una corrupción más profunda, de carácter institucional y cultural, que se manifiesta en el desprecio por las reglas del juego democrático. La ultraderecha tiende a cuestionar la legitimidad de los contrapoderes —la justicia, la prensa, la academia, la sociedad civil— cuando estos no se alinean con sus intereses. Se erosiona así la confianza en los mecanismos de control que hacen posible una democracia sana. Si los jueces son “enemigos”, los periodistas “traidores” y las organizaciones sociales “parásitos”, el espacio público se empobrece y el debate se convierte en una guerra de trincheras.

Este clima de confrontación permanente tiene efectos duraderos.

La democracia no se sostiene solo con elecciones periódicas; requiere una cultura cívica basada en el respeto a la pluralidad, la aceptación de la derrota y la defensa de los derechos de las minorías.

Cuando se promueve una visión excluyente del “pueblo”, definida en términos étnicos, culturales o ideológicos, se abre la puerta a la discriminación y al autoritarismo. Y cuando esa visión se combina con prácticas corruptas, el daño es doble: se traiciona tanto la legalidad como la promesa moral que se hizo a los votantes.

Conviene subrayar, además, que muchos de estos movimientos han demostrado una notable habilidad para utilizar las instituciones sin creer verdaderamente en ellas. Participan en elecciones, ocupan escaños y gestionan presupuestos, pero lo hacen con una lógica instrumental: las normas valen mientras sirven al propio proyecto. Este uso táctico de la democracia puede parecer eficaz a corto plazo, pero a largo plazo debilita el entramado institucional que garantiza derechos y libertades. La historia ofrece ejemplos suficientes de cómo este proceso puede desembocar en regresiones difíciles de revertir.

Frente a este panorama, la corrupción temprana de la ultraderecha adquiere un valor casi pedagógico. Nos muestra que no existe una vacuna ideológica contra el abuso de poder. Las proclamas de orden, patria o moralidad no sustituyen a los mecanismos de control, la rendición de cuentas y la transparencia. De hecho, cuando un movimiento concentra su discurso en la deslegitimación del adversario y la exaltación de un liderazgo fuerte, suele generar las condiciones perfectas para que la corrupción florezca: menos controles, más lealtades personales y una base social dispuesta a perdonar lo imperdonable “por una causa mayor”.

De ahí la importancia de la cautela a la hora de votar en el futuro. El voto es un acto de enorme trascendencia, pero también de responsabilidad. No basta con castigar a quienes han gobernado mal; es imprescindible evaluar con rigor a quienes aspiran a hacerlo. Esto implica mirar más allá de los eslóganes y analizar trayectorias, comportamientos y alianzas. ¿Cómo se financian? ¿Cómo reaccionan ante la crítica? ¿Qué propuestas concretas tienen para fortalecer —y no debilitar— las instituciones democráticas? ¿Qué hacen cuando se enfrentan a un caso de corrupción en sus propias filas?

“Paso corto y mirada larga” resume bien la actitud que necesitamos como ciudadanía. Paso corto, para no dejarnos arrastrar por la urgencia emocional del momento, por el enfado legítimo pero mal canalizado, por la promesa de soluciones simples a problemas complejos. Mirada larga, para entender que la democracia es un proyecto a largo plazo, frágil y perfectible, que requiere paciencia, compromiso y vigilancia constante. Las decisiones que tomamos hoy en las urnas tienen consecuencias que van mucho más allá de un ciclo electoral.

Esto no significa negar los fallos del sistema ni idealizar el status quo. La crítica es necesaria, y la renovación política también. Pero renovar no es destruir, y criticar no es dinamitar los pilares que sostienen la convivencia. La lucha contra la corrupción, por ejemplo, no se gana con discursos incendiarios, sino con instituciones fuertes, leyes claras y una ciudadanía informada y exigente. Cuando quienes se presentan como salvadores reproducen los mismos vicios —o peores—, el desencanto posterior suele ser aún más profundo.

La experiencia comparada nos enseña que la degradación democrática rara vez ocurre de la noche a la mañana. Suele ser un proceso gradual, hecho de pequeñas concesiones, de excepciones justificadas, de tolerancias peligrosas. Por eso es tan importante prestar atención a las señales tempranas. La corrupción en fases iniciales, el desprecio por los controles, la estigmatización del disenso: todo ello son avisos que no deberíamos ignorar. La historia no se repite de forma idéntica, pero rima con frecuencia.

En última instancia, la defensa de la democracia no recae solo en los partidos o en las instituciones, sino en la sociedad en su conjunto. Votar con cautela es una parte esencial de esa defensa, pero no la única. Implica informarse, debatir con respeto, exigir responsabilidades y no renunciar a la complejidad. Implica aceptar que no hay soluciones mágicas y que el progreso democrático es, casi siempre, un camino lento y lleno de contradicciones.

El auge de la ultraderecha nos interpela como ciudadanos y como sociedad. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de futuro queremos construir y qué estamos dispuestos a sacrificar en el camino. Si algo nos enseñan los casos de corrupción y los retrocesos institucionales es que la democracia puede perderse no solo por golpes espectaculares, sino por erosión constante. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos avanzar con paso corto y mirada larga: con prudencia en las decisiones inmediatas y con una visión amplia del bien común que queremos preservar para las generaciones futuras.

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