Comparar la actuación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) con los camisas pardas de Hitler incomoda. Y debe incomodar. No porque la comparación sea exagerada, sino porque obliga a mirar de frente mecanismos de poder que muchas sociedades prefieren no reconocer mientras aún están a tiempo de frenarlos. Desde una posición radicalmente progresista, esta comparación no pretende decir que Estados Unidos sea la Alemania nazi ni que ICE esté organizando un genocidio. Pretende algo más importante: mostrar cómo el autoritarismo moderno se construye paso a paso, con leyes, uniformes, propaganda y miedo, siempre dirigido contra los mismos: los más vulnerables.
La historia no se repite de forma idéntica, pero ofrece patrones claros. Ignorarlos no es neutralidad: es complicidad.
Los camisas pardas: violencia antes del poder absoluto
Las Sturmabteilung (SA), conocidas como los camisas pardas, fueron el brazo callejero del nazismo en los años veinte y primeros treinta. Antes de que Hitler llegara al poder total, las SA ya actuaban como una fuerza de choque. Golpeaban, intimidaban, patrullaban barrios, reventaban actos políticos y señalaban públicamente a los “enemigos de Alemania”. No eran todavía el Estado, pero actuaban como si lo fueran.
El historiador Ian Kershaw explica que el nazismo no conquistó Alemania solo con votos, sino creando un clima permanente de amenaza y desorden que luego prometía resolver (Kershaw, Hitler, 1998). Las SA cumplían exactamente esa función: hacer sentir a parte de la población que estaba en peligro y a otra parte que debía obedecer.
Es clave entender esto: los camisas pardas no empezaron con campos de exterminio. Empezaron normalizando la violencia contra grupos concretos.
ICE y el nacimiento del Estado policial migratorio
ICE fue creado en 2003, tras los atentados del 11 de septiembre, dentro del nuevo Departamento de Seguridad Nacional. Su origen está marcado por el miedo. Desde entonces, su misión ha sido perseguir, detener y deportar personas migrantes. Con los años, ese mandato se ha expandido hasta convertir a ICE en una de las agencias más temidas del país.
Redadas en centros de trabajo, detenciones sin orden judicial clara, agentes encapuchados, personas desapareciendo del espacio público y reapareciendo en centros de detención a cientos de kilómetros. Todo esto no son excesos puntuales: son prácticas estructurales. Organizaciones como Human Rights Watch y la ACLU han documentado durante años abusos sistemáticos, muertes bajo custodia y violaciones de derechos básicos.
Desde una perspectiva progresista radical, ICE no es simplemente una agencia que “aplica la ley”. Es una herramienta de control social que usa la migración como excusa.
El miedo como mensaje
Las redadas de ICE no buscan solo detener personas concretas. Buscan enviar un mensaje. Cuando un barrio se llena de rumores, cuando las madres tienen miedo de llevar a sus hijos al colegio, cuando la gente deja de ir al hospital por temor a ser deportada, el objetivo se ha cumplido.
Hannah Arendt explicó que el terror no necesita estar activo todo el tiempo; basta con que sea posible para disciplinar a la sociedad (Los orígenes del totalitarismo, 1951). Las SA funcionaban así. ICE funciona así.
El miedo se convierte en política pública.
Construir al enemigo: ayer judíos, hoy migrantes
El nazismo necesitó inventar un enemigo interno para justificar su violencia. Los judíos fueron descritos como invasores, criminales, degenerados, responsables de todos los males económicos y sociales. No importaban los hechos: importaba el relato.
Hoy, el discurso antiinmigrante en Estados Unidos cumple la misma función. Se repite que los migrantes “invaden”, que traen crimen, que abusan del sistema, que amenazan la identidad nacional. Estudios académicos demuestran que la inmigración no aumenta la criminalidad, pero eso es irrelevante cuando el objetivo no es informar, sino asustar.
ICE actúa dentro de ese marco. Cada deportación refuerza la idea de que el migrante es peligroso por definición. Como ocurrió con las SA, la deshumanización es la condición previa para la violencia.
La trampa de la legalidad
Uno de los argumentos más usados para defender a ICE es que “solo cumple la ley”. También las SA actuaron durante años con respaldo legal o con la pasividad del Estado. Las Leyes de Núremberg fueron legales. La segregación racial en Estados Unidos fue legal.
La legalidad no es sinónimo de justicia. Martin Luther King lo explicó con claridad en su Carta desde la cárcel de Birmingham (1963): una ley injusta es aquella que degrada la personalidad humana. Las políticas de ICE degradan, humillan y despojan de dignidad.
Cuando el Estado encierra niños, separa familias y normaliza jaulas, la discusión no puede quedarse en la ley. Tiene que ir a la ética.
Uniformes, anonimato y deshumanización
Los camisas pardas usaban uniformes para borrar la responsabilidad individual. ICE, cada vez más, actúa con agentes sin identificación visible, encapuchados, difíciles de distinguir de fuerzas militares. Esto no es casual.
El sociólogo Zygmunt Bauman advirtió que la modernidad hace posible la violencia cuando esta se burocratiza (Modernidad y Holocausto, 1989). ICE es un ejemplo claro: formularios, expedientes, números de caso. La persona desaparece.
La normalización del horror
Uno de los paralelismos más peligrosos —y menos visibles— es la costumbre. En la Alemania nazi, la violencia política no fue aceptada de golpe. Al principio, las palizas en la calle, los arrestos arbitrarios o la humillación pública provocaban escándalo. La gente hablaba de ello, se indignaba, lo comentaba en voz baja. Pero con el tiempo, esas escenas se repitieron tantas veces que dejaron de sorprender. La violencia pasó de ser una excepción alarmante a convertirse en parte del paisaje cotidiano. Cuando algo se vuelve rutina, deja de generar preguntas morales.
Hoy ocurre algo inquietantemente similar. Imágenes de niños separados de sus familias, de personas encerradas en centros de detención, de deportaciones masivas ejecutadas de madrugada aparecen fugazmente en los informativos y desaparecen igual de rápido. Compiten con el clima, el deporte o el último escándalo político. No hay tiempo para procesarlas, para sentirlas, para reaccionar. El horror se consume como un contenido más. Y cuando el horror se vuelve contenido, pierde su capacidad de movilizar.
La indignación no desaparece de golpe: se desgasta. Se erosiona por repetición, por cansancio, por la sensación de impotencia. El poder cuenta con ello. El autoritarismo moderno no necesita convencer a todo el mundo; le basta con agotar emocionalmente a la mayoría. Cuando la crueldad deja de escandalizar, cuando la injusticia ya no interrumpe la vida diaria, el terreno está preparado para que el abuso avance sin resistencia. La historia demuestra que no es el odio explícito lo que permite los peores atropellos, sino la normalización silenciosa de lo inaceptable.
No son lo mismo, pero se parecen demasiado
Es importante decirlo claramente para evitar trampas y falsas equivalencias: ICE no es una milicia nazi y Estados Unidos no es el Tercer Reich. Negarlo sería intelectualmente deshonesto. Pero esta aclaración, necesaria, no debe usarse como escudo para impedir cualquier análisis crítico. Porque las Sturmabteilung tampoco nacieron como un aparato genocida. No comenzaron con cámaras de gas ni con exterminios sistemáticos. Comenzaron presentándose como una fuerza “necesaria”, como hombres duros encargados de restaurar el orden, proteger a la nación y defender a la “gente decente” frente a un enemigo convenientemente fabricado.
Ese es el punto clave que la historia nos obliga a mirar sin anestesia. Las SA fueron toleradas, e incluso celebradas, porque prometían seguridad en un contexto de crisis. Su violencia fue justificada como un mal menor. Primero se aceptó que intimidaran a ciertos grupos. Luego que los golpearan. Más tarde que los arrestaran. Cada paso parecía pequeño, razonable, provisional. Hasta que ya no hubo marcha atrás.
La historia demuestra una y otra vez que los peores crímenes no aparecen de la noche a la mañana. No llegan con anuncios oficiales ni con declaraciones explícitas de barbarie. Llegan cuando una sociedad empieza a clasificar vidas, cuando acepta que algunas personas merecen menos derechos, menos dignidad, menos compasión. Llegan cuando se normaliza la idea de que hay seres humanos “ilegales”, prescindibles, sacrificables en nombre del orden o la seguridad.
Ese es el verdadero paralelismo inquietante. No el resultado final, sino el proceso. Cuando el Estado asume que puede perseguir a un grupo específico sin escándalo social, cuando la violencia institucional se justifica porque las víctimas “no son como nosotros”, el terreno ya está preparado. La historia no castiga solo a los verdugos; castiga también a quienes aceptaron, paso a paso, que hubiera personas que valían menos.
¿Por qué esta comparación importa hoy?
Porque el fascismo del siglo XXI no suele llevar esvásticas. Lleva lenguaje administrativo, discursos sobre seguridad y promesas de orden. ICE encaja perfectamente en ese modelo.
Como advierte el historiador Timothy Snyder en Sobre la tiranía (2017), las democracias mueren cuando la gente se acostumbra a la crueldad ejercida por el Estado contra grupos específicos.
Toca elegir de qué lado de la historia vamos a estar
Comparar a ICE con los camisas pardas no es exagerar. Es tomar en serio la historia. Es negarse a repetir el error de mirar hacia otro lado mientras el miedo se convierte en política pública.
La pregunta no es si esta comparación molesta. La pregunta es por qué molesta más la comparación que la existencia de centros de detención, familias rotas y vidas destruidas.
La historia juzga con dureza a quienes dijeron “no sabíamos” o “solo cumplían órdenes”. Aún estamos a tiempo de no ser uno de ellos.
Referencias y lecturas recomendadas
- Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. 1951.
- Bauman, Zygmunt. Modernidad y Holocausto. 1989.
- Kershaw, Ian. Hitler. 1998.
- King Jr., Martin Luther. Carta desde la cárcel de Birmingham. 1963.
- Snyder, Timothy. Sobre la tiranía. 2017.
- Informes de Human Rights Watch y ACLU sobre ICE y detención migratoria.
