Ayuso, la burla y la indignidad

Frente al drama humanitario que sacude Gaza, asistimos a una escena grotesca: una dirigente autonómica utiliza un parlamento regional para mofarse de la solidaridad y pisotear la dignidad humana. Isabel Díaz Ayuso ha vuelto a demostrar que su estrategia política no consiste en gobernar con ética ni responsabilidad, sino en provocar y degradar el debate público. Sus palabras han cruzado una línea que es peligroso normalizar.

En el pleno de la Asamblea de Madrid, cuando se le preguntó “¿Usted está del lado de los 500 ciudadanos pacíficos que han ido a Gaza? … ¿O del lado del ejército de Israel que los ha secuestrado?”, Ayuso respondió con risas y sarcasmo: “Si la ‘Asamblea de facultad flotante’ creyera que Israel es genocida no hubieran aparecido por ahí ni locos, pero ya se han dado el baño y, a partir de ahora, subvenciones para sus chiringuitos, para el teatro, para el cine… ya se han hecho su agosto”  . Y añadió, con un recurso lleno de animosidad política: “Con quien Bildu se acuesta, secuestrado se levanta”  .

Estas son frases que no solo denotan frivolidad intelectual: revelan una conducta deliberada de humillación política frente al sufrimiento ajeno. ¿Qué sentido tiene burlarse de quienes intentan romper un bloqueo para llevar medicinas, alimentos, atención sanitaria? ¿Qué valentía exhibe quien organiza un sarcasmo contra activistas desarmados?

Ayuso también ha ido más lejos: ha defendido que los voluntarios “no irían […] ni locos” si creyeran que Israel es un Estado “genocida”  . Con eso no solo está cuestionando la integridad moral de los activistas, sino sugiriendo que su acción humanitaria es hipócrita o interesada. No estamos ante una crítica política: estamos ante una difamación velada de la compasión.

Este espectáculo no es un error de forma: es un estilo. La presidenta madrileña ha convertido la provocación en herramienta de poder. La burla, la descalificación, la trivialización del dolor humano se convierten en discursos oficiales. Y esto, en un régimen democrático, debería escandalizarnos.

Porque el problema es que, detrás de esas risas, se halla una concepción mezquina de la política: la política como gestión de apariencias, como competencia de insultos y como cálculo electoral basado en confrontaciones cínicas. Una política que mira a los ojos del sufrimiento y se ríe.

No debemos aceptarlo. Ningún cargo público con decencia puede afirmar que la solidaridad es teatro o que quienes arriesgan su integridad para salvar vidas merecen ser puestos en ridículo. Ninguno puede insinuar que una causa humanitaria es mera propaganda o “hacer su agosto” cuando la amenaza, el bloqueo y la muerte acechan.

Este episodio exige una respuesta plena: desde los partidos, desde las instituciones y desde la ciudadanía. No basta con el reproche tibio, no sirven las medias condenas. Se debe obligar al debate, exigir rectificaciones, marcar responsabilidades. Que la burla no quede impune, porque cuando el poder trivializa el sufrimiento, la dignidad colectiva empieza a desmoronarse.

Así pues: hoy reivindicamos con más fuerza que nunca que estar del lado de Gaza no es postureo; que acompañar una flotilla de ayuda no es “bañarse” ni “hacer chiringuitos”, sino afirmarse contra un orden que permite el hambre y el cerco como instrumento de dominación. Y decimos con claridad: quien se burla de eso demuestra limpiamente cuál es su moral.

Que Ayuso entienda esto de una vez: la política no acepta la burla por bandera. La dignidad humana exige resistencia, y nosotros resistiremos.

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