
La historia de la humanidad ha estado marcada por tensiones permanentes entre avances en libertad y retrocesos impulsados por el miedo, el poder y la tradición. Pocas luchas son tan claras como la de las mujeres por su emancipación frente a estructuras patriarcales, muchas veces legitimadas por religiones y sistemas políticos conservadores. En el siglo XXI, tras más de un siglo de conquistas feministas, derechos civiles y reconocimiento jurídico de la igualdad, asistimos a un fenómeno preocupante: el renacimiento de un conservadurismo agresivo, con raíces religiosas y nacionalistas, que amenaza con devolver a las mujeres a un lugar subordinado.
El caso más llamativo de esta deriva es el trumpismo en Estados Unidos, un movimiento político que combina populismo de derechas, nacionalismo excluyente y fundamentalismo religioso. Lo que parece un fenómeno norteamericano tiene, sin embargo, eco en todo Occidente: partidos y líderes que se presentan como defensores de “la tradición” o de “los valores familiares” están utilizando discursos similares. Y el riesgo es claro: una involución social que recuerde a la distopía descrita por Margaret Atwood en El cuento de la criada, donde la República de Gilead reduce a las mujeres a meros instrumentos reproductivos.
Este artículo explora los vínculos entre religión, patriarcado y trumpismo, analizando cómo se articulan en un proyecto que amenaza derechos duramente conquistados, y advirtiendo de las implicaciones que tendría para las mujeres y para la democracia.
Religión y patriarcado: una alianza histórica
Las religiones monoteístas —judaísmo, cristianismo e islam— han jugado un papel central en la consolidación del patriarcado. Aunque cada tradición es diversa y dinámica, su interpretación histórica ha otorgado a los hombres autoridad moral, jurídica y política, relegando a las mujeres a la obediencia, la domesticidad o la maternidad.
En el cristianismo, las cartas de San Pablo —“que las mujeres callen en la asamblea”— han sido utilizadas durante siglos como justificación de la subordinación femenina. La Iglesia católica sigue sin admitir mujeres al sacerdocio, perpetuando la idea de que lo sagrado es masculino. El islam, en muchas de sus versiones institucionales, establece normas estrictas de control sobre la sexualidad y la vestimenta femenina. Incluso en el judaísmo ortodoxo, las mujeres están limitadas en su participación comunitaria y ritual.
Aunque existen corrientes feministas dentro de todas estas religiones, el peso histórico de la interpretación patriarcal es abrumador. Y lo decisivo es que la religión ha servido como legitimación moral del poder masculino, blindando el patriarcado con un aura de “voluntad divina”.
El patriarcado contemporáneo: de lo privado a lo político
El patriarcado no es únicamente una herencia cultural: es también un sistema de poder que se adapta a los tiempos. Si en el pasado la subordinación femenina estaba ligada a la ausencia de derechos civiles, hoy se manifiesta en debates sobre reproducción, cuidados, trabajo y sexualidad.
Las luchas feministas del siglo XX lograron arrancar conquistas como el derecho al voto, al divorcio, a la educación y al trabajo remunerado. El siglo XXI trajo nuevas batallas: igualdad salarial, lucha contra la violencia de género, acceso universal a la salud reproductiva y reconocimiento de la diversidad sexual.
Pero cada avance ha sido respondido con una reacción. Allí donde el feminismo cuestiona el monopolio masculino sobre la política, la economía y la moral, surge una contrarreacción que busca “restaurar el orden natural”. Ese “orden” es en realidad el viejo patriarcado, reeditado con nuevas herramientas: discursos mediáticos, populismo político, movimientos religiosos organizados y redes sociales que difunden odio y desinformación.
Trumpismo: religión, política y misoginia
El trumpismo no es simplemente la figura de Donald Trump, sino un fenómeno cultural y político que combina varias corrientes:
1. Fundamentalismo cristiano: grupos evangélicos que ven en la política un campo de batalla moral y defienden la criminalización del aborto, la oposición a los derechos LGTBIQ+ y la promoción de un modelo de familia rígido.
2. Nacionalismo blanco: el trumpismo articula un relato de decadencia cultural frente a la inmigración, el multiculturalismo y el feminismo, exaltando la supremacía de un “nosotros” que siempre se imagina masculino, blanco y heterosexual.
3. Populismo autoritario: Trump se presentó como la voz del “pueblo real” contra las élites, pero en realidad su proyecto refuerza estructuras de desigualdad, desmantela políticas de igualdad de género y coloniza el poder judicial con jueces ultraconservadores.
La culminación de esta alianza se vio en 2022 con la revocación de Roe v. Wade, la sentencia que garantizaba el derecho constitucional al aborto. Fue un triunfo del fundamentalismo cristiano y un símbolo de cómo el trumpismo ha transformado la política estadounidense: ya no se trata solo de debates legislativos, sino de una auténtica “guerra cultural” donde el cuerpo de las mujeres se convierte en territorio de batalla.
La metáfora de Gilead: una advertencia literaria
La novela El cuento de la criada de Margaret Atwood, escrita en 1985, ha vuelto a adquirir relevancia en la era del trumpismo. En ella, la República de Gilead es un régimen teocrático instaurado tras un colapso ambiental y social, en el que las mujeres pierden todos sus derechos y son clasificadas según su función: esposas, criadas, tías, marthas. Las criadas, fértiles, son forzadas a servir como vientres para las élites estériles.
Lo estremecedor es que Atwood nunca inventó prácticas que no tuvieran algún antecedente histórico: desde la segregación de género hasta la esclavitud reproductiva, pasando por la censura educativa. Gilead es, en realidad, un espejo de lo peor de nuestra historia, condensado en una distopía.
Hoy, cuando líderes políticos impulsan leyes que restringen el aborto, atacan la educación sexual, niegan la violencia de género y celebran roles de género rígidos, Gilead deja de parecer una metáfora remota para convertirse en una posibilidad inquietante.
Los riesgos de involución para las mujeres
El riesgo de que se imponga un modelo “gileadiano” no es abstracto. Ya se materializa en políticas concretas:
• Retroceso en derechos reproductivos: la anulación de Roe v. Wade abre la puerta a prohibiciones estatales del aborto, incluso en casos de violación o riesgo vital para la madre. En algunos estados, las mujeres ya enfrentan persecuciones legales por abortos espontáneos o por buscar medicación abortiva.
• Ataque a la educación sexual: el trumpismo y sus aliados promueven leyes que prohíben hablar de diversidad sexual o de género en las escuelas, limitando la autonomía de jóvenes y perpetuando el control sobre su sexualidad.
• Normalización de la violencia de género: el discurso trumpista minimiza la violencia machista y refuerza estereotipos de dominación masculina, lo que legitima prácticas de abuso y acoso.
• Economía del cuidado invisibilizada: al insistir en que el lugar “natural” de la mujer es el hogar, se refuerza la desigualdad laboral y se precariza el acceso de las mujeres a empleos y salarios dignos.
• Colonización judicial y política: nombramientos de jueces y políticas públicas con sesgo religioso buscan institucionalizar esta involución, haciéndola difícil de revertir a corto plazo.
Resonancias globales
Aunque el trumpismo tiene características propias de Estados Unidos, su retórica encuentra eco en otras partes del mundo. Líderes y partidos de ultraderecha en Europa y América Latina también invocan la defensa de “la familia tradicional” contra lo que llaman “ideología de género”. El caso de Polonia, donde el Tribunal Constitucional restringió casi totalmente el aborto, o de Hungría, donde se promueve un modelo de familia excluyente, son ejemplos claros.
En América Latina, sectores religiosos conservadores han ganado fuerza en la política, influyendo en leyes sobre aborto, educación sexual y derechos LGTBIQ+. Este “internacionalismo conservador” se alimenta de redes transnacionales, financiamiento cruzado y estrategias mediáticas similares.
Así, el riesgo de involución no es local, sino global: una ola reaccionaria que amenaza con desmantelar décadas de avances feministas y democráticos.
Resistencias y alternativas
Frente a este panorama, las resistencias no se han hecho esperar. Movimientos feministas, colectivos LGTBIQ+, organizaciones de derechos humanos y sectores progresistas han articulado luchas que combinan activismo de base, incidencia política y creatividad cultural.
El feminismo contemporáneo tiene varias fortalezas:
• Su carácter global y en red, con movimientos como el Ni Una Menos o el MeToo.
• Su capacidad de generar conciencia en nuevas generaciones, especialmente a través de internet.
• Su alianza con luchas por la justicia racial, ambiental y económica, que muestra que el patriarcado no es un fenómeno aislado sino interconectado con otras formas de opresión.
La clave está en no subestimar el riesgo. La historia demuestra que los derechos conquistados pueden perderse si no se defienden. La lucha contra la “república de Gilead” requiere una defensa activa de la laicidad, la educación, los derechos reproductivos y la igualdad de género.
A modo de conclusion
Las religiones, en su interpretación patriarcal, han sido durante siglos un sostén del poder masculino. El trumpismo, como expresión contemporánea de populismo autoritario, ha reactivado esas alianzas, traduciendo dogmas religiosos en políticas estatales que recortan libertades y atacan derechos de las mujeres. La distopía de Gilead, que parecía un futuro improbable, se convierte en advertencia urgente.
Estamos en un punto de inflexión: la humanidad puede avanzar hacia sociedades más igualitarias, diversas y democráticas, o retroceder hacia un orden basado en el miedo, el control del cuerpo femenino y la subordinación de las mujeres.
La historia no está escrita: dependerá de la resistencia organizada, de la solidaridad internacional y de la convicción de que la libertad y la igualdad no son negociables. Porque el futuro puede ser Gilead, pero también puede ser un mundo donde las mujeres y los hombres vivan en igualdad plena.
