El inqui-okupa
Política

El inqui-okupa

◆   20 de abril de 2026  ·  Javier Ledo

Hay militantes que discrepan en silencio. Otros que lo hacen con discreción, en conversaciones privadas, con la lealtad justa que se le debe a una casa que te dio mucho. Y luego está Felipe González. Que discrepa en titulares, en foros internacionales, en entrevistas de hora y media, y con una energía que, francamente, ya la quisieran muchos dirigentes en activo.

El problema no es que piense diferente. Eso es legítimo, y hasta sano. El problema es que, con los años, las «discrepancias» de Felipe han ido cogiendo una dirección bastante reconocible. Y esa dirección, curiosamente, siempre apunta hacia el mismo lado del arco político.

Un repaso sin anestesia

Hagamos memoria, que viene bien.

En 2023, González compareció en el Senado a petición del PP para hablar de la ley de amnistía. No del PSOE. Del PP. Sentado en una institución convocado por el partido rival para cuestionar la política del gobierno de su propio partido. Eso no es discrepancia interna. Eso es otra cosa.

Antes, en múltiples entrevistas, calificó el gobierno de coalición con Podemos como un experimento «preocupante», puso en duda la solidez democrática de Pedro Sánchez, y llegó a sugerir que España necesitaba un rumbo distinto… sin aclarar cuál, pero dejando muy claro que el actual no le convencía.

Sus apariciones en medios han seguido un patrón bastante predecible: periódicos y televisiones que no precisamente le dedican portadas amables al PSOE le abren la puerta de par en par, y él entra, se sienta, y ofrece titulares que al día siguiente ilustran perfectamente las campañas de la oposición.

Ha cuestionado la política de memoria democrática. Ha criticado la gestión territorial. Ha puesto en duda alianzas parlamentarias. Y lo ha hecho siempre desde fuera, desde ese olimpo del «expresidente sabio» que opina sin mancharse, sin proponer alternativas concretas, y sin asumir ninguna de las consecuencias de lo que dice.

En resumen: ha hecho de opositor sin carnet de opositor. El trabajo sucio, con la coartada de la veteranía.

Lo que dicen los estatutos

Aquí viene la parte técnica, pero la hacemos rápida y sin aburrir.

Los Estatutos Federales del PSOE contemplan la posibilidad de abrir expedientes disciplinarios a militantes que incurran en conductas contrarias a los intereses del partido. En concreto, el artículo que regula las infracciones graves o muy graves habla de acciones que «dañen gravemente la imagen o los intereses del partido», de «colaboración con fuerzas políticas contrarias a los principios socialistas», y de «actuaciones públicas incompatibles con la línea política aprobada por los órganos del partido».

Léase eso despacio.

Comparecer voluntariamente en el Senado a petición del PP para erosionar una ley del gobierno socialista… ¿no encajaría ahí? ¿Prestar tu figura y tu autoridad moral a medios y plataformas cuyo objetivo declarado es el desgaste del PSOE… no sería, como mínimo, discutible?

La respuesta honesta es: sí, habría argumentos. No para una condena automática, porque los estatutos exigen un proceso, una comisión de garantías, alegaciones. Pero para abrir un expediente exploratorio, la base jurídico-estatutaria existe.

Otra cosa es que nadie en la dirección actual tenga el estómago para firmarlo. Porque Felipe sigue siendo Felipe, y su apellido pesa más ––desgraciadamente–– que cualquier reglamento interno.

El elefante en la habitación

Existe una figura que en política se llama «lealtad institucional». No es ciega, no es sumisión. Significa que cuando perteneces a una organización, cuando te has beneficiado de ella durante décadas, cuando ocupaste su cargo más alto y la usaste como plataforma para todo lo que luego conseguiste… le debes algo. No obediencia absoluta. Pero sí cierta coherencia mínima.

Felipe González fue secretario general del PSOE durante veintiún años. Presidente del Gobierno durante trece. El partido le dio todo: proyección, poder, legado histórico. Y ahora, desde una jubilación política muy activa, utiliza ese capital acumulado para golpear sistemáticamente al proyecto que su propio partido sostiene.

Si eso no es conflicto de intereses, se le parece mucho.

Y para rematar, una pequeña ironía

Pues bien. Si a Felipe González le quedara un solo gramo de coherencia —uno, pequeñito, no hace falta más— lo lógico sería que hiciera lo que lleva años haciendo en la práctica, pero de manera oficial.

Que llamara al PSOE, pidiera la baja, y solicitara el ingreso inmediato en el Partido Popular.

Sería lo honesto. Lo transparente. Lo que cualquier persona con integridad haría cuando sus posiciones se han alejado tan claramente de las de su organización.

Pero claro, hoy en día estas cosas se pueden hacer incluso más fácil. Ya no hace falta ni el papeleo, ni la militancia, ni un nuevo carnet.

Existe la portabilidad.

Sí, como con los móviles. Llevas tu número a otra compañía, te quedas con tus contactos, y en 24 horas estás operativo en la red del vecino. Sin interrupciones. Sin perder cobertura.

Felipe podría hacer exactamente eso. Portabilidad política express. Conserva tu legado, tu nombre, tus apariciones en televisión… pero ya con el logo correcto en el fondo del plató. Sin cambiar demasiado el mensaje. Sin tener que aprender postulados nuevos, porque los que defiende ya los conoce de memoria.

El PP, además, le recibiría con los brazos abiertos. Con banda de música, probablemente.

Y el PSOE, por fin, podría hablar de él en pasado con total tranquilidad.

Todos contentos.

Que para eso está la portabilidad.

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2 respuestas a “El inqui-okupa”

  1. Muy buena reflexión. Hace tiempo que el admirado Felipe González dejó de ser un referente para los socialistas españoles. Siempre nos quedará Zapatero…

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