Tienen razón. Completamente.
Cuando alguien te suelta eso de «esto con Franco no pasaba», lo primero que uno siente es el impulso de tomarse un café bien cargado, respirar hondo y pensar: ¿cómo le explico yo esto sin que me dé algo? Porque sí. Tienen razón. Muchísima razón. Con Franco no pasaban un montón de cosas. Pero no las que ellos creen.
Vamos a repasar la lista. Con calma. Y con todo el respeto que merecen.
Hay una fantasía muy concreta en la cabeza de quien añora el franquismo. Una España de portal limpio, pan barato, misa de doce y nadie metiéndose en tus cosas. Una España donde «había orden». Donde «se podía dormir con la puerta abierta». Donde «la gente se respetaba». Es una imagen preciosa. Y también es completamente falsa. Pero no vamos a discutir con la nostalgia, porque la nostalgia no razona, la nostalgia siente. Y lo que sienten estas personas es una especie de calorcito interior al imaginar un mundo más simple, más obediente, más… controlado. El problema, claro, es que en ese mundo controlado había alguien que te controlaba a ti. Y eso ya no mola tanto.
Así que en lugar de discutir, vamos a hacer algo más útil: darles la razón. Sí, exacto. Confirmar, punto por punto, que con Franco no pasaban muchas cosas. Y luego que cada uno saque sus propias conclusiones. Si puede.
Los libros, las películas y el arte de no enterarse de nada
Con Franco no podías leer los libros que quisieras. Así, tal cual. El régimen tenía censores —gente pagada por el Estado para leer manuscritos ajenos y decidir si el ciudadano de a pie era suficientemente imbécil como para necesitar protección— que podían prohibir cualquier publicación que consideraran contraria al Movimiento, a la Iglesia, al Ejército o al propio Franco. Y atención: no se podía escribir nada que no tratara al Caudillo «con el máximo respeto». Ni una broma. Ni un chiste. Ni una ironía discreta. Voltaire, Marx, Freud… a la hoguera, literalmente. En 1939, el Sindicato Español Universitario organizó quemas de libros para celebrar el Día del Libro. El Día del Libro, sí. Para celebrarlo quemando libros. La coherencia intelectual del régimen tenía esa clase de matices.
Las películas seguían el mismo camino. Cada guion pasaba por la Dirección General de Propaganda antes de rodarse. Las extranjeras llegaban dobladas y con los diálogos modificados para que no ofendieran a nadie. Hubo un caso antológico: en una película americana, la protagonista movía la cabeza en señal de negación mientras el doblaje decía «¡Sí!». Así de fino iba el trabajo. Los españoles que querían ver cine sin censura cruzaban la frontera francesa. En Perpiñán —ciudad de cien mil habitantes— más de ciento diez mil españoles fueron a ver «El último tango en París» en los primeros seis meses de 1973. Ciento diez mil personas. Hacían colas que daban la vuelta a la manzana. Eso, con Franco, no pasaba. Efectivamente.
Y las emisoras de radio tampoco podían dar información. Prohibido. Todas —absolutamente todas— tenían que conectar cada día a las 14:30 y a las 22:00 con Radio Nacional de España, que era la única fuente de noticias oficialmente autorizada. El resto del tiempo podían poner música, culebrones, variedades… pero noticias, ni una. Piénsalo un momento: si hoy apagas la radio y la tele, te desconectas de las redes sociales y cierras el WhatsApp, en diez minutos ya te sientes algo perdido. Imagínate vivir en un país donde la única información disponible la decide el gobierno. Un gobierno que, por cierto, llevaba décadas en el poder sin que nadie le hubiera votado. Las cartas se enviaban abiertas para que los censores las leyeran antes de cerrarlas. Las conversaciones telefónicas no podían durar más de tres minutos y podían ser interrumpidas en cualquier momento. Era, básicamente, vivir en un mundo donde nunca podías estar seguro de si alguien te estaba escuchando.
Que sí, que con Franco eso no pasaba. Pasaba exactamente lo contrario.
Amar, casarse y existir con papeles en regla
Con Franco no podías amar a quien quisieras. No es una metáfora. Es literal. La homosexualidad estaba perseguida primero por la Ley de Vagos y Maleantes —una ley diseñada originalmente para delincuentes y mendigos, que en 1954 se amplió para incluir también a los homosexuales, porque la lógica del régimen era esa— y luego por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, de 1970, que permitía internar a las personas en centros «de rehabilitación». Lo que en la práctica significaba torturas, electroshocks y métodos que hoy nos parecen sacados de una película de terror pero que entonces eran política pública. Si eras gay en la España de Franco tenías básicamente tres opciones: esconderte, huir o sufrir. No había una cuarta.
El matrimonio era religioso o no era. Sin más opciones. Y era para siempre, te gustara o no. Si tu pareja te maltrataba, mala suerte. Si ya no os queríais, mala suerte. Si te habías equivocado en la elección, mala suerte. La Iglesia lo había bendecido y la Iglesia no se equivoca. El divorcio no llegaría hasta 1981. Los anticonceptivos eran pecado y delito al mismo tiempo, una combinación muy práctica para el régimen. Y el adulterio era delito penal, con un sesgo especialmente cruel hacia las mujeres: ellas podían ir a la cárcel por exactamente lo mismo que a ellos les costaba como mucho un disgusto familiar.
Si encima querías alojarte en un hotel con tu pareja sin estar casado… necesitabas presentar el libro de familia. Sin papeles, sin habitación. Nada de conocer a alguien una noche y buscarse un sitio tranquilo. Eso, definitivamente, con Franco no pasaba.
Ser mujer, ese deporte de riesgo
Si había un colectivo que lo tenía especialmente complicado, ese era el de las mujeres. No porque el régimen las odiara, ojo. Es que las trataba con una especie de condescendencia paternalista aún más irritante que el odio abierto. Las mujeres eran madres, esposas y amas de casa. Ese era su destino. Su vocación. Su razón de ser. Punto.
La mujer casada necesitaba el permiso de su marido —la llamada licencia marital— para abrir una cuenta bancaria, firmar un contrato, sacar el pasaporte, aceptar una herencia o viajar. Dependía legalmente de él en absolutamente todo. Hasta mayo de 1975. Es decir, hasta pocas semanas antes de que Franco muriera. El régimen se fue sin haber solucionado ese pequeño detalle. Existía además el Servicio Social de la Mujer: una especie de mili femenina obligatoria de varios meses que había que cumplir antes de poder trabajar en ciertos empleos, sacar el carnet de conducir o incluso el pasaporte. Sin el sello del Servicio Social, muchas puertas simplemente no se abrían.
Y para acceder a cualquier trabajo público —cualquiera— necesitabas el certificado de buena conducta firmado por el párroco de tu pueblo. El párroco. El señor que te daba la comunión. Ese era uno de los filtros para acceder al empleo en España. Si el cura no te quería, no trabajabas. Así de democrático.
Protestar, reunirse, hablar… esas cosas tan raras
Con Franco no podías manifestarte. Una concentración no autorizada podía costarte una multa de hasta quinientas mil pesetas de la época. Y si las cosas se ponían serias, el Tribunal de Orden Público —el TOP, creado en 1963 para gestionar los «delitos políticos»— se encargaba de juzgarte. Durante catorce años procesó a obreros, universitarios y opositores por «propaganda ilegal», «reunión no autorizada» o simplemente por existir en un momento inoportuno. Para afiliarte a un sindicato libre, tampoco había opción: el Sindicato Vertical, de afiliación obligatoria, agrupaba a patronos y trabajadores bajo control del Estado. Una maravilla de la ingeniería social. La huelga estaba prohibida. La negociación colectiva real, también.
Y tu lengua, si no era el castellano, mejor guardarla en casa. El catalán, el euskera, el gallego… eran lenguas de segunda, cuando no directamente perseguidas. Joan Manuel Serrat fue apartado de Eurovisión en 1968 por querer cantar en catalán. España mandó a Massiel en su lugar. Ganó. El régimen lo celebró como una victoria de la hispanidad. Serrat se quedó en casa. Hoy en día aquello nos parece una barbaridad. En aquel momento era perfectamente normal.
No podías criticar al dictador, claro. Ninguna ironía. Ningún chiste. Nada que no fuera el máximo respeto. Escribir que Franco era un dictador podía costarte la libertad. Hoy hay partidos que comparan al presidente del gobierno con Hitler en sede parlamentaria y el único drama es que el micrófono se quede sin batería. Eso, señores, es la democracia. Ruidosa, imperfecta y a veces desesperante, pero es la democracia.
Y por si alguien todavía tenía alguna duda de hasta dónde llegaba el régimen: con Franco te podían matar. El Estado podía ejecutarte. Y lo hacía. El 2 de marzo de 1974 —no en los años cuarenta de la posguerra, sino en 1974, con Raphael en la radio y el seiscientos en las carreteras— fue ejecutado Salvador Puig Antich mediante garrote vil. Y en septiembre de 1975, cuando Franco tenía ya los pies en la tumba, fueron fusiladas cinco personas más. El régimen se fue como llegó: matando.
Por qué hay gente que aún así lo echa de menos
Llegados a este punto, uno se pregunta con genuina perplejidad: ¿cómo es posible? ¿Cómo puede haber gente que, con todo esto encima de la mesa, siga diciendo que «con Franco se vivía mejor»?
La respuesta, si uno la piensa despacio, tiene varios ingredientes. El primero es la edad. Muchos de los que defienden el franquismo lo vivieron de niños o adolescentes, que es exactamente la etapa de la vida en que uno no se entera de nada pero lo recuerda todo con una calidez imposible de rebatir. Recuerdan los veranos, los helados, los partidos de fútbol. No recuerdan —o no querían saber— lo que le pasaba al vecino del quinto cuando abría la boca en el momento equivocado.
El segundo ingrediente es la selección de memoria. El cerebro humano es un editor extraordinariamente parcial. Guarda lo bueno, descarta lo malo, inventa lo que necesita para que la historia tenga sentido. La gente recuerda que «se podía comprar una casa con un solo sueldo» sin recordar que ese sueldo lo fijaba el Estado unilateralmente, que la mujer no podía trabajar sin permiso del marido, y que si te quejabas del precio podías acabar explicándole tus razones al TOP.
Y luego está el tercer ingrediente, el más inquietante de todos: hay quienes lo saben perfectamente y no les importa. Para ellos el «orden» vale más que la libertad. El control vale más que el derecho. La tranquilidad del cementerio vale más que el ruido de la democracia. Son los mismos que dicen que «la gente no está preparada para la libertad» con una convicción que hiela la sangre, sin darse cuenta de que ellos son exactamente la gente a la que se refieren.
El remate
Iñaki Gabilondo lo dijo en menos de un minuto, con la calma de quien lleva décadas explicando lo mismo y todavía no puede creer que haya que seguir explicándolo: cuando escucha a alguien soltar aquello de «esto con Franco no pasaba», les da la razón. Toda. Porque con Franco no podías leer los libros que querías, no podías ver las películas que querías, no podías divorciarte, no podías amar a quien quisieras, no podías informarte libremente, no podías manifestarte, no podías afiliarte a un sindicato de verdad, no podías hablar en tu lengua, no podías votar, no podías casarte civilmente, no podías existir en paz si eras homosexual, y si el Estado decidía que eras un problema, podía ejecutarte. Hasta 1975.
Ahora puedes hacer todo eso. Y más. Puedes incluso votar a partidos que defienden la dictadura, lo cual es una de esas paradojas que la democracia tolera con una paciencia admirable.
Así que la próxima vez que alguien te suelte la frase, no te enfades. Sonríe. Asiente. Y dile: «Tienes toda la razón. Cuéntame más cosas que no pasaban.»
Que la lista es larga. Y merece ser leída entera.
Recuerdo algunas cosas de mi etapa de niñez, yo en 1975 tenía seis años, pero, claro, por edad y desarrollo psicomotriz no pude entender otras muchas hasta años después. Existía un clasismo ideológico y de carácter de clase muy acentuado y si uno tenía la mala fortuna de vivir con gente del bando nacional confesos, imagínate. Excelente artículo que retrata fielmente los postulados políticos y sociales de una España donde todo era controlado por el Estado, incluso el amor de pareja y la identidad de género. El régimen se fue como había venido, matando. Horrible.
Un abrazo