La derecha elige bando: Blackstone agradece el voto
Política

La derecha elige bando: Blackstone agradece el voto

◆   21 de abril de 2026  ·  Javier Ledo

El fondo que compra tus pisos aplaude la nueva ley.

Hay momentos en la historia de un país en los que la política deja de ser un debate de ideas y se convierte en algo más crudo. Más descarnado. Momentos en los que ya no se discute qué modelo de sociedad queremos construir, sino a quién estamos dispuestos a dejar atrás.

Este es uno de esos momentos.

Lo que acaba de ocurrir en el Congreso no es un simple trámite parlamentario. No es un tecnicismo jurídico ni una diferencia de criterio entre partidos. Es una declaración de guerra. Una guerra silenciosa, firmada con letra pequeña y titulada con el lenguaje aburrido y aséptico que usan quienes no quieren que se entienda lo que están haciendo: «proposición de ley de medidas administrativas y procesales para la seguridad jurídica de la ordenación territorial y urbanística». Bonito nombre para una ley que, básicamente, le quita la silla a quien ya estaba a punto de caerse.

Porque eso es lo que hace. Sin rodeos.

PP, Vox, Junts y UPN votaron juntos para iniciar la tramitación de una norma que reduce a la mitad el umbral de ingresos que define a una familia como vulnerable. De 1.800 euros a 900. Que acorta los plazos para encontrar vivienda alternativa antes de un desahucio. Que elimina la prórroga de alquiler para inquilinos en situación crítica cuando el propietario es una empresa. Y que, de paso, deroga las zonas de mercado tensionado y los topes al precio del alquiler.

Todo en un mismo paquete. Bien atado.

Detengámonos en los 900 euros, porque ese número merece que lo miremos a la cara. Novecientos euros al mes. Eso es lo que el PP considera el límite de la vulnerabilidad real. Por encima de esa cifra, según esta lógica, una familia ya puede apañárselas sola. Puede pagar el alquiler, llenar la nevera, vestir a sus hijos, calentar la casa en invierno y hacer frente a cualquier imprevisto. Con novecientos euros. En 2026. En un país donde el alquiler medio en cualquier capital supera los 900 euros por sí solo.

No es un error de cálculo. Es una decisión política. Y como tal, hay que llamarla por su nombre.

Cuando la diputada popular Soledad Cruz-Guzmán subió al estrado a defender esta propuesta, argumentó que las familias vulnerables deben ser protegidas «desde la administración pública». Suena razonable, incluso generoso. Pero hay una pregunta que quedó flotando en el aire sin respuesta: ¿qué administración pública? ¿La misma que lleva décadas sin construir suficiente vivienda social? ¿La misma que en muchas comunidades gobernadas por el PP ha desmantelado sistemáticamente los servicios de emergencia habitacional? ¿Esa administración es ahora la gran salvadora de los desahuciados?

La contradicción es tan grande que casi duele.

Pero si el PP genera indignación, Vox directamente provoca algo más difícil de digerir. Su diputado Ricardo Chamorro no se molestó en disimular. Dijo abiertamente que la propuesta del PP «se queda corta». Que ellos quieren desahucios exprés. Fin inmediato de las zonas tensionadas. Y, como guinda del pastel, la afirmación de que «no se puede hablar de crisis de vivienda sin hablar de la inmigración masiva». Más de un millón de personas llegadas en 2024, dijo, son «una demanda absolutamente desbocada» que «desplaza a los españoles».

Ahí está. El argumentario de siempre. Cuando no hay ideas, señalar al de fuera.

Porque en el universo ideológico de Vox, el problema de la vivienda no tiene que ver con la especulación financiera, ni con los fondos buitre que compran edificios enteros para rentabilizarlos al máximo, ni con décadas de políticas que trataron el suelo como un casino. No. El problema son los inmigrantes. Esa es la explicación. Esa es la solución que ofrecen a una familia que no llega a fin de mes: mirar hacia el lado y buscar un culpable con otro acento.

Es un truco viejo. Y sigue funcionando. Eso es lo verdaderamente aterrador.

Hablemos ahora de lo que significaría esta ley si llegara a aprobarse del todo. Porque los efectos no son abstractos. No son estadísticas en un informe. Son vidas concretas, con nombres y apellidos que nadie va a pronunciar en el Congreso.

Significaría que una madre sola con dos hijos, trabajando a jornada parcial porque no encuentra más, cobrando 950 euros al mes, dejaría de estar protegida ante un desahucio. Que si su casero, una empresa de inversión domiciliada en Luxemburgo, decide no renovarle el contrato, ella ya no podría acogerse a la prórroga legal. Que si el ayuntamiento no encuentra vivienda alternativa en un mes, la calle es la siguiente parada.

Significaría que los fondos de inversión que llevan años comprando vivienda como quien acumula fichas en un tablero podrían recuperar sus propiedades con un juicio rápido, sin esperas, sin cortapisas. Eficiencia, lo llaman. Que el mercado fluya, dicen.

Significaría, en definitiva, que el Estado le dice a su ciudadano más frágil: aquí termina mi responsabilidad contigo. A partir de ahora, espabila.

Y ese es el núcleo de todo esto. No es solo una cuestión económica ni técnica. Es una cuestión moral. Porque una sociedad no se mide por cómo trata a sus más fuertes, que ya saben cuidarse solos. Se mide por cómo trata a quien no tiene red, a quien no tiene margen, a quien si tropieza no puede levantarse sin ayuda. Esa es la vara de medir de una sociedad que se llame a sí misma avanzada y democrática.

Y esta ley no supera esa prueba. La suspende con estrépito.

Hay quienes dirán que el libre mercado es la solución. Que si desregulamos, si quitamos trabas, si dejamos que la oferta y la demanda hagan su trabajo, los precios bajarán solos y todo el mundo podrá acceder a una vivienda digna. Ya lo dijeron en los noventa. Lo repitieron en los dos mil. Construyeron medio millón de pisos al año, dejaron que el suelo se convirtiera en especulación pura, miraron hacia otro lado mientras los bancos prestaban dinero a espuertas… y ya sabemos cómo terminó eso. Terminó en 2008. Terminó en rescate bancario con dinero público. Terminó en cientos de miles de familias ejecutadas hipotecariamente. Terminó en una generación entera que creció viendo a sus padres perder la casa.

¿Eso es lo que se quiere repetir?

Porque el mercado libre de la vivienda no produce vivienda asequible. Produce rentabilidad para quien ya tiene capital. Esa es su lógica. No es un fallo del sistema: es exactamente lo que hace cuando se le deja solo. Y saber eso, y aun así proponer más desregulación, más libertad para el inversor y menos protección para el inquilino… eso no es ingenuidad económica. Es una elección.

Una elección que tiene consecuencias reales en cuerpos reales.

El derecho a la vivienda está reconocido en la Constitución. No como una aspiración bonita ni como una declaración de intenciones para enmarcar. Como un derecho. Y cuando un parlamento debate si las familias que cobran 901 euros al mes merecen o no protección ante el desahucio, algo esencial sobre el pacto social que nos sostiene como comunidad está siendo atacado desde dentro.

No desde fuera. Desde dentro.

Por eso importa nombrarlo. Por eso importa no dejarse adormecer por la jerga técnica ni por los títulos anodinos de las leyes. Porque detrás de cada artículo hay una decisión. Y detrás de cada decisión hay alguien que gana… y alguien que pierde.

Y esta ley ya ha decidido quién es quién.

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