Hay momentos en la política española que te dejan con la boca abierta. No de admiración, precisamente. Sino de ese asombro genuino, mezcla de incredulidad y ternura, que sientes cuando ves a alguien darse un golpe con la misma puerta dos veces. Alberto Núñez Feijóo, presidente del Partido Popular, líder de la oposición, aspirante eterno a La Moncloa, el que no es presidente porque no quiere… acaba de ofrecernos uno de esos momentos.
Y qué momento!!!
Estamos en abril de 2026. El mundo arde. Literalmente, casi. Mientras el planeta está pendiente de la guerra en Irán y sus consecuencias para las familias y las empresas, el hombre que prometió «política para adultos» sube al escenario con un atril que dice, con todas las letras, «por lo importante». El respetable contiene el aliento. ¿Qué va a decir? ¿Un plan económico serio? ¿Una propuesta sobre energía o defensa? ¿Una hoja de ruta para la vivienda?
No. Feijóo ha decidido criticar que el presidente del Gobierno cambiase el colchón al llegar a vivir a La Moncloa.
Tómate un momento. Respira. Ya.
«La primera promesa de Sánchez fue cambiar el colchón de La Moncloa. Qué gran resumen. Siempre su confort por delante del bien común.» Eso dijo. Con cara seria. Ante un micrófono. Con gente aplaudiendo detrás. Porque en el PP, a estas alturas, ya aplauden cualquier cosa con tal de que el jefe parezca contundente.
El problema es que la contundencia tiene un requisito mínimo: tiene que hablar de algo que importe. Y un colchón… pues no. Un colchón es un objeto doméstico. Es lo que cambias cuando llevas doce años durmiendo mal y tu espalda ya no aguanta más. Es, también, lo primero que haría cualquier persona sensata al mudarse a una casa nueva, especialmente si esa casa ha tenido varios inquilinos anteriores. Vamos, que cambiar el colchón no es un símbolo de decadencia moral. Es higiene básica.
Pero Feijóo lo ha convertido en metáfora. En símbolo de todo lo que está mal en este país. El colchón como representación del hedonismo sanchista. El colchón como denuncia del estado de la nación. El colchón, señores, como piedra angular del discurso político de la principal fuerza de la oposición española en 2026.
Qué tiempos.
Claro que la reacción no se hizo esperar. Desde el PSOE, la portavoz socialista respondió con ironía: «Cuando descubran que también cambió el cepillo de dientes, igual lo llevan a la comisión de investigación del Senado.» Chiste fácil, sí, pero es que el material lo pedía a gritos.
La secretaria general del Grupo Parlamentario Socialista, Montse Mínguez, no podía creerlo: mientras el mundo está preocupado por la guerra, Feijóo lo está por el colchón del presidente del Gobierno. No es una caricatura. Es la realidad. Y duele un poco, porque esto es la oposición parlamentaria de un país de cuarenta y siete millones de personas.
En las redes sociales, el asunto desató el «bochorno» general, con usuarios señalando la paradoja: el político que prometía «política para adultos», en un atril con el lema «por lo importante», había decidido hablar del colchón. Alguien apuntó, con lógica aplastante, que si Feijóo llega algún día a La Moncloa, habrá dormido varios años sobre el mismo somier que tanto le indigna ahora. A ver si entonces mantiene el criterio.
Vamos a ser justos un momento, porque la honestidad también tiene su lugar en el sarcasmo. El discurso del colchón no llegó solo. Formaba parte de un acto más amplio, titulado con esa épica popular tan característica: «Pagas más, recibes menos». En él, Feijóo denunció que el Ejecutivo de Sánchez ha acometido más de cien subidas de impuestos, con un recitado que iba así: «Cruje al que madruga, cruje al que ahorra, cruje al que monta un negocio… pero a los que roban no, a esos les protege.»
Bien. Ahí hay algo. Es repetitivo, es gastado, pero al menos tiene sustancia. El problema es que justo en el momento de rematar el argumento, de conectar con la gente, de ofrecer algo concreto… Feijóo eligió el colchón. Eligió una anécdota de hace siete años, cuando Sánchez llegó a La Moncloa en 2018, para hablar de lo que ocurre en 2026. Siete años guardando esa bala. Y elige dispararla ahora. Con la guerra de Irán de fondo.
Es como si alguien te pregunta qué harías para salvar una empresa en quiebra y tú respondes: «Lo primero, hay que hablar del armario del despacho del anterior director.»
Aquí está el verdadero problema de Feijóo, y no es el colchón. El colchón es sólo el síntoma. El problema es que este hombre lleva años prometiendo una política diferente, seria, propositiva, de altura… y el resultado es esto. Un catálogo de agravios sin propuesta concreta. Una queja permanente sin alternativa visible.
Cuando el PP presentó sus diez propuestas para los primeros cien días en La Moncloa, el documento mezclaba reclamos clásicos de la derecha —bajar impuestos, seguridad, unidad lingüística— con guiños sociales como la subida del SMI y el refuerzo de la sanidad pública. Hasta ahí, bien. Pero el mismo Feijóo había calificado apenas dos semanas antes la subida del Salario Mínimo como un «incremento indiscriminado» y un buen negocio para el Gobierno, no para los trabajadores. O sea: prometió subir algo que acababa de criticar. Y nadie pareció notarlo. O lo notaron y prefirieron no decir nada, que también es una opción.
En materia de defensa, prometió «devolver prestigio» y «cumplir lo que se promete», deslizando la intención de escalar el gasto militar al 5% del PIB en diez años, siguiendo la estela de Trump, sin dar cifras concretas. Es decir: una promesa de cumplir promesas, sin detallar cuáles ni cómo. Eso sí es político para adultos.
Hay algo melancólico en todo esto, si lo miras con cierta distancia. Feijóo llegó al liderazgo del PP con una promesa implícita: ser el antídoto al ruido. El serio. El gallego pausado que gobernaría con seny, con datos, sin dramas. El hombre que después de años de Pablo Casado iba a dar al PP un perfil más moderado, más institucional, más… adulto, ya que tanto gusta esa palabra.
Y mira dónde estamos. Debatiendo colchones.
La deriva hacia la irrelevancia no es estrepitosa. No cae de golpe. Es lenta, casi imperceptible. Es un discurso que se va vaciando de contenido semana a semana, un mitin que se parece demasiado al anterior, una crítica que suena igual que la de hace dos años. Es la sensación de que el líder de la oposición ha encontrado su zona de confort, paradójicamente, en no proponer nada. En quedarse en la queja. En el «Sánchez malo» como estrategia única, permanente y suficiente.
El colchón es la culminación natural de ese proceso. Cuando ya no tienes nada nuevo que decir, cuando has agotado los argumentos reales, cuando la crítica legítima se ha convertido en tic nervioso… llega el momento en que sacas el colchón. El colchón de siete años atrás. Como quien rebusca en los cajones a ver si queda algo.
Lo más triste, o lo más cómico, según el ángulo desde el que lo mires, es el contexto del acto. El atril con «por lo importante». La solemnidad del tono. La convicción con la que Feijóo lo pronunció, como si estuviera revelando un escándalo de Estado, una verdad incómoda que el poder quería ocultar. Con el fin de ilustrar el supuesto egoísmo del presidente Sánchez, Feijóo afirmó que la primera acción del jefe del Gobierno al llegar a La Moncloa fue «cambiar el colchón», sugiriendo que da prioridad a su confort personal sobre el interés general.
El confort. Personal. Sobre el interés. General.
Un colchón nuevo. Eso es la corrupción moral del sanchismo según Feijóo.
Que alguien llame al IKEA. Parece que esto tiene solución.
Al final, la historia del colchón nos dice más sobre Feijóo que sobre Sánchez. Nos dice que el PP lleva demasiado tiempo mirando al adversario en lugar de mirar al país. Que criticar es más fácil que proponer, y que proponer es más fácil que gobernar, pero que ninguna de las tres cosas se hace bien cuando tu mayor munición política es el mobiliario de dormitorio de tu rival.
España tiene problemas reales. Vivienda, precios, trabajo precario, una guerra en Oriente Próximo con consecuencias económicas, el reto de la transición energética, el futuro de los jóvenes que no llegan a fin de mes. Asuntos que merecen debate serio, propuestas concretas, altura de miras.
Feijóo tiene un colchón.
Y lo peor de todo… es que lo guarda con cariño.
Feijó creo que hace el ridículo en muchas de sus intervenciones. Sin embargo, no hay que quedarse en la anécdta, hay que mirar nucho más allá del bochorno, porque se trata de gobernar un país. Si le tocara hacerlo, qué peligro. Nosería suficiente atacar al sanchismo. Está demostrando que no tiene proyecto político y si lo tiene ya sabemos que no es el suyo sino el de VOX. Estoy absolutamente de acuerdo con tu análisis.
Un abrazo