Hay cosas en la vida que, por mucho que cambien, siguen siendo exactamente iguales. El olor de la gasolina recién echada. El dolor de meter el dedo meñique contra la pata de la cama a las tres de la mañana. Y la izquierda española anunciando, con cara de solemnidad histórica, que esta vez sí van a ir unidos.
Esta vez sí.
Lo juro. Lo dicen en serio. Están muy unidos. Juntos. Cohesionados. Cual puño cerrado apuntando al poder, cual vanguardia de los trabajadores… Bueno. Más o menos. Casi. Con matices.
Venga, que os cuento.
El deporte nacional que nadie quiere admitir
Llevamos años asistiendo a un espectáculo que debería tener patrocinador, cuñas de radio y presentador de televisión. El gran circo de la confluencia imposible. Un ritual tan predecible como las rebajas de enero: primero los anuncios, luego las negociaciones, después el drama, y finalmente —cuando ya nadie lo esperaba— el pacto de última hora firmado a medianoche con la tinta aún mojada y las caras de alivio forzado.
En Castilla y León, por ejemplo, Podemos e IU concurrieron juntos en 2022 y sacaron más de 60.000 votos. Esta vez decidieron ir por separado, negociación fallida de por medio, y entre los dos no llegaron a los 40.000. Desaparecidos. Extintos. Como los dinosaurios, pero con menos cobertura mediática.
Y lo mejor, lo más hermoso de todo… es que cada parte salió a explicar que había hecho todo lo posible por el acuerdo. Que ellos sí querían. Que el otro era el problema. Que habían tendido la mano, la mano entera, brazo incluido, y que el otro la había rechazado con descaro. Una coreografía perfecta, repetida elección tras elección, con la precisión de un ballet clásico pero con mucho menos glamour.
Las tres alianzas de la izquierda española
Y aquí es donde llega la frase que lo resume todo. La que merece ser tallada en mármol, bordada en un cojín y colocada en el despacho de cada portavoz de la izquierda española:
IU con IU. Sumar con Sumar. Podemos con Podemos.
Tres partidos que comparten electores, valores, barrios y hasta bares. Tres organizaciones que, en teoría, quieren lo mismo: más derechos, menos desigualdad, otro modelo de país. Y que, en la práctica, son incapaces de ponerse de acuerdo sobre quién va en el número dos de la lista de Valladolid.
En Aragón, por ejemplo, llegaron a tener tres candidaturas distintas a la izquierda del PSOE. IU y Sumar por un lado. Podemos y Alianza Verde por otro. La Chunta Aragonesista en solitario. Es decir, tres opciones para un electorado que ya de por sí iba mermando. Tres papeletas para gente que probablemente quería votar lo mismo pero que, al final, se encontró con un menú de confusión que haría llorar a cualquier maitre.
El pacto más emocionante de la democracia española
Pero no todo son malas noticias. ¡No! La izquierda, cuando se pone, también sabe llegar a acuerdos. El truco está en el método. Y el método, señores, se llama «negociación in extremis».
En Andalucía, con los comicios del 17 de mayo a la vuelta de la esquina, lograron firmar el acuerdo en el último día de plazo para registrar coaliciones, tras negociar intensamente a lo largo de todo el jueves. El último día. Las últimas horas. La última oportunidad antes de que todo se fuera al garete.
¿Alguien más tiene la sensación de que esto lo escribió un guionista de telenovela? Porque tiene todos los ingredientes: tensión acumulada, traiciones veladas, reproches cruzados, y finalmente el abrazo en el aeropuerto —metafóricamente hablando— con la música de fondo y los ojos llorosos.
Eso sí, la unidad no fue total: Adelante Andalucía se presentó igualmente con candidatura propia. Claro. ¿Cómo iba a serlo? La unidad total en la izquierda española es un concepto tan teórico como el comunismo puro: existe en los libros, en los discursos de congreso, y básicamente en ningún otro sitio.
El enemigo interior (que somos nosotros mismos)
Aquí hay que parar un momento y ser honestos. O sarcásticos. O las dos cosas, que para eso estamos.
La izquierda española lleva décadas identificando enemigos con una eficiencia admirable. El capital. La derecha. Los medios afines al poder. Los poderes fácticos. La OTAN. La troika. Todo eso. Pero hay un enemigo que se les resiste sistemáticamente, uno que les da más guerra que todos los demás juntos…
Ellos mismos.
En Castilla y León, la historia es tan clara que duele: en 2015, Podemos llegó a diez escaños. Esta vez, sin escaños. Cero. En diez comunidades autónomas, Podemos ya es fuerza extraparlamentaria. ¿Y la razón? No es que los votantes de izquierdas hayan desaparecido. Es que esos votantes, hartos de ver a sus representantes pelearse por el orden de la lista, han optado por el PSOE —o directamente por el sofá.
Como lo dice este análisis brutal que merecería un Premio Nacional: «En Castilla y León no ha desaparecido porque no hubiera electores, sino porque esos electores ya no bastan para sostener dos proyectos cuando apenas hay sitio para uno.»
Punto. Final. A guardar en el cajón de las verdades incómodas.
La geopolítica del ego
Podemos acusa a Sumar de ser un proyecto subordinado al PSOE. Sumar acusa a Podemos de dinamitar la unidad por capricho. IU intenta quedar bien con todo el mundo y acaba mal con la mitad. Y mientras tanto, Irene Montero vuelve a ser referente electoral de Podemos —la misma que ya fue cabeza de cartel en las europeas— mientras IU, Más Madrid, Comunes y Sumar sellan su propia alianza para las generales.
O sea: hay una alianza sin Podemos. Y Podemos haciendo la suya. Y cada cual explicando, con cara muy seria y mucha densidad argumental, por qué su alianza es la buena y la del otro es la trampa.
Es como ver a dos grupos de amigos organizando la misma fiesta de cumpleaños sin coordinarse. Uno pone el local, el otro pone la tarta, y al final los dos acaban celebrando en sitios distintos preguntándose por qué vino tan poca gente.
El bucle eterno
Lo más fascinante —desde un punto de vista puramente antropológico, claro— es que este ciclo se repite con una fidelidad asombrosa. Da igual la comunidad, da igual la fecha, da igual quién esté al frente de cada sigla.
El patrón es siempre el mismo:
Primero, declaraciones de unidad. «Es fundamental que la izquierda vaya unida.» Todos asintiendo, todos de acuerdo. Foto de familia, rueda de prensa, tuits con hashtags optimistas.
Luego, la negociación. Ahí empieza lo bueno. Quién va primero en la lista. Qué peso tiene cada partido. Quién pone el logo más grande. Reuniones, contrapropuestas, filtraciones a la prensa, reuniones para desmentir las filtraciones, nuevas filtraciones sobre las desmentidas…
Después, la ruptura. La propuesta «no ha sido aceptada», lo que «lamentan». Comunicado de dos páginas. Acusaciones veladas. Mucho «hemos hecho todo lo posible» y muy poco «nos equivocamos».
Y finalmente, uno de dos: o el acuerdo de última hora —que se celebra como si acabaran de ganar las elecciones— o la fragmentación total, con sus correspondientes resultados catastróficos en las urnas y su posterior ronda de análisis en la que cada cual culpa al otro.
Funciona como un reloj. Un reloj roto que da la hora correcta dos veces al día.
El optimismo obligatorio
Ahora bien… para ser justos. Hay que reconocer que en Andalucía 2026 el acuerdo llegó. Que no hubo tres candidaturas sino una —bueno, casi una, porque Adelante Andalucía fue por libre, pero tampoco nos pongamos tiquismiquis. Que Podemos volvió al redil después de años tildando a Sumar de cómplice del PSOE.
¿Eso es una señal de madurez? ¿De que han aprendido la lección?
Puede ser. O puede ser que simplemente Podemos no podía arriesgarse a desaparecer de nuevo en unos comicios autonómicos, especialmente en una comunidad tan señalada como Andalucía.
Que la unidad, cuando llega, llega más por miedo al abismo que por convicción ideológica. Que se juntan cuando no les queda otra. Que el amor nació en el precipicio.
Romántico, sí. Muy romántico.
Epílogo: el chiste que no tiene gracia porque es verdad
Así que aquí estamos. Con la izquierda española exhibiendo sus tres grandes alianzas estratégicas: IU con IU, Sumar con Sumar, Podemos con Podemos. Cada cual unido con sus propias siglas, su propia narrativa, su propio análisis de por qué el otro se equivoca.
Y el votante de izquierdas, ese ser sufrido y resistente, mirando la papeleta el día de las elecciones con la misma cara de resignación de quien llega a la panadería y ve que solo quedan croissants del día anterior.
Algo es algo.
Pero podría ser más.
Siempre podría ser más.