Europa sin tutela: ha llegado la hora de crecer
Política

Europa sin tutela: ha llegado la hora de crecer

◆   11 de abril de 2026  ·  Javier Ledo

Hay momentos en la historia que no llegan con fanfarria. Llegan en silencio, casi de puntillas, y solo los reconoces cuando ya estás dentro de ellos. Creo que Europa está viviendo uno de esos momentos ahora mismo. Y la pregunta ya no es si debería actuar. La pregunta es si va a tener el valor de hacerlo.

Vayamos al grano.

Durante décadas hemos vivido bajo el paraguas de Estados Unidos como si fuera algo natural, casi inevitable. La OTAN como escudo, el dólar como referencia, Washington como brújula. Cómodo, sí. Pero cómodo no es lo mismo que sano. Y lo que está pasando al otro lado del Atlántico nos está recordando algo que muchos preferíamos no pensar demasiado: ese paraguas tiene agujeros, y quien lo sostiene puede decidir cerrarlo cuando le venga en gana.

El socio que dejó de serlo (o que quizás nunca lo fue del todo)

No estoy hablando solo de Trump, aunque Trump sea el síntoma más visible. Estoy hablando de una tendencia que lleva años gestándose: la deriva de Estados Unidos hacia un repliegue nacionalista, una política exterior cada vez más transaccional, menos comprometida con el multilateralismo que decía defender. «America First» no es una frase. Es una doctrina. Y esa doctrina no deja mucho espacio para aliados que no rindan beneficios inmediatos.

Europa ha tardado demasiado en interiorizar esto. Seguimos comportándonos, en muchos aspectos, como el socio junior que espera instrucciones del senior. Compramos su armamento. Alineamos nuestras sanciones con las suyas. Ajustamos nuestra política energética a sus intereses estratégicos. Y todo eso mientras asistíamos, con cierta perplejidad, a cómo Washington negociaba con Moscú por encima de nuestras cabezas, o cómo decidía retirar tropas de escenarios que nos afectaban directamente sin consultarnos demasiado.

No digo que la relación transatlántica no haya tenido valor. Lo ha tenido. Pero una cosa es reconocer el valor de una relación y otra muy distinta es confundirla con una dependencia permanente.

¿Es este el momento? Sí. Y no voy a suavizarlo.

Desde una óptica progresista, la respuesta tiene que ser un sí rotundo. No porque seamos antiamericanos, que no lo somos, sino porque creemos en la soberanía de los pueblos, en la autonomía real, en el derecho a construir un proyecto político propio sin que otro te lo diseñe desde fuera.

Y las condiciones objetivas, hoy, son más favorables que nunca para dar ese paso.

Europa tiene 450 millones de ciudadanos. Tiene la segunda economía más grande del mundo, con un PIB que compite de tú a tú con el de Estados Unidos. Tiene universidades de primer nivel, una industria diversificada, capacidad tecnológica en sectores clave, y algo que a veces se olvida: una tradición de Estado del bienestar que ha demostrado ser más eficiente, más humana y más sostenible que el modelo anglosajón.

¿Que estamos fragmentados? Sí. ¿Que hay tensiones internas, populismos, gobiernos que tiran hacia la derecha? También. Pero eso no es un argumento contra la autonomía europea. Es un argumento para pelear por una Europa mejor desde dentro.

El potencial económico existe. Solo hace falta atreverse a usarlo.

Pensemos un momento en lo que Europa tiene sobre la mesa.

El euro es ya una moneda de reserva global. No al nivel del dólar, cierto, pero su peso internacional no para de crecer. La zona euro, cuando actúa unida, tiene músculo suficiente para fijar condiciones en el comercio mundial, para imponer estándares ambientales y sociales a sus socios, para negociar de igual a igual con China o con cualquier otra potencia.

La transición ecológica, que Europa está liderando con más convicción que nadie, es también una oportunidad económica gigantesca. El Green Deal no es solo un proyecto medioambiental. Es una apuesta por reindustrializar Europa con criterios sostenibles, generar empleos de calidad, desarrollar tecnología propia en renovables, hidrógeno, movilidad eléctrica… Es, en cierto modo, el equivalente europeo del New Deal americano del siglo XX. Si se hace bien, puede ser el motor de una nueva etapa de prosperidad compartida.

Y luego está la cuestión digital. Europa ha sido demasiado tímida en este terreno durante demasiado tiempo, dejando que el espacio lo ocuparan las grandes tecnológicas americanas y, cada vez más, las chinas. Pero hay señales de que algo está cambiando. El Reglamento de Inteligencia Artificial, la Ley de Mercados Digitales, el RGPD… Son instrumentos imperfectos, pero son instrumentos. Europa está intentando definir sus propias reglas del juego digital, y eso es un paso político enorme.

La soberanía tecnológica no es un lujo. Es una necesidad estratégica. Depender de servidores americanos, de chips fabricados en Asia, de plataformas diseñadas con lógicas ajenas a nuestros valores… eso es una vulnerabilidad que no podemos seguir ignorando.

Defensa: el tabú que hay que dejar de esquivar

Aquí es donde las cosas se complican un poco más. Y aquí es donde, desde la izquierda, tenemos que hacer un ejercicio de honestidad intelectual.

Hablar de defensa europea no es lo mismo que hablar de militarismo. No es abrazar la lógica del complejo industrial-militar, no es embarcarse en aventuras bélicas, no es reproducir los peores vicios del excepcionalismo americano. Es, sencillamente, reconocer que un proyecto político serio necesita capacidad para garantizar su seguridad.

¿Puede Europa construir esa capacidad? Sí. Los recursos están. El problema es la voluntad política y la coordinación.

Hoy, los países europeos gastamos en defensa más dinero que Rusia. Mucho más. El problema es que lo hacemos de manera fragmentada, con 27 ejércitos distintos, 27 sistemas de adquisición distintos, 27 industrias de defensa que compiten entre sí en lugar de cooperar. El resultado es una capacidad militar real que no se corresponde con el esfuerzo económico.

Una defensa europea integrada no significa más gasto. Significa gasto más inteligente. Significa unificar mandos, compartir capacidades, desarrollar tecnología militar conjunta, eliminar duplicidades. Y significa, también, tener voz propia en los conflictos que nos afectan, sin tener que esperar que Washington decida cuándo y cómo intervenir.

Pero atención, porque aquí la izquierda tiene que marcar diferencias con claridad. Una política de defensa europea progresista no puede ser solo una OTAN con acento europeo. Tiene que ir acompañada de una política exterior basada en el derecho internacional, en la diplomacia, en la cooperación con el Sur Global, en la resolución pacífica de conflictos. La autonomía estratégica no puede ser sinónimo de más guerras. Tiene que ser sinónimo de más capacidad para evitarlas.

El modelo social europeo como ventaja competitiva

Hay algo que los debates geopolíticos suelen olvidar: el poder blando. Y en ese terreno, Europa tiene una baza enorme que no siempre sabe jugar.

El modelo social europeo, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el más avanzado del mundo en términos de derechos laborales, protección social, acceso universal a la salud y a la educación. Eso no es solo un logro moral. Es también un activo estratégico. Genera sociedades más cohesionadas, más resilientes, con menos conflicto interno y más capacidad de proyectar estabilidad hacia el exterior.

Cuando Europa negocia con países en desarrollo, cuando firma acuerdos comerciales, cuando interviene en procesos de paz… su credibilidad descansa, en buena parte, en ese modelo. En el hecho de que no solo habla de derechos humanos sino que, al menos en parte, los practica en casa.

Preservar y reforzar el Estado del bienestar no es, pues, solo una cuestión de justicia social. Es también una cuestión de política exterior. Un Europa que desmantela sus sistemas de protección social en nombre de la competitividad pierde también su capacidad de influencia en el mundo.

El obstáculo real: la falta de voluntad política

Todo lo anterior suena bien sobre el papel. Y es verdad que el potencial existe. Pero seamos honestos: el principal obstáculo para una Europa autónoma no es económico ni tecnológico ni militar. Es político.

La Unión Europea sigue siendo, en muchos aspectos, un proyecto de élites desconectadas de la ciudadanía. Las decisiones más importantes se toman en espacios opacos, con lógicas tecnocráticas que la gente de a pie difícilmente puede seguir o influir. Eso genera desafección, y la desafección alimenta los populismos que, paradójicamente, son los que más se oponen al proyecto europeo.

Para que Europa dé el salto que necesita, hace falta algo más que buenas intenciones institucionales. Hace falta democratizar la Unión. Hace falta que el Parlamento Europeo tenga más poder real, que los ciudadanos sientan que sus votos importan, que las políticas europeas se diseñen pensando en la mayoría y no solo en los intereses de los grandes lobbies económicos.

Desde la izquierda, esa es la batalla central. No es solo más Europa. Es mejor Europa. Una Europa más democrática, más social, más feminista, más ecológica, más abierta al mundo… y, al mismo tiempo, más soberana respecto a quienes, desde fuera, pretenden dictarle el camino.

Entonces, ¿qué hacemos?

Recapitulo, porque creo que el argumento es claro, aunque no sencillo.

Sí, este es el momento de Europa. No porque seamos perfectos, sino porque el mundo no va a esperarnos. Las placas tectónicas de la geopolítica global se están moviendo, y si Europa no ocupa el espacio que le corresponde, otros lo ocuparán por ella.

Sí, debemos construir una autonomía real respecto a Estados Unidos. No por antiamericanismo, sino por coherencia con los valores que decimos defender. Una Europa soberana es una Europa que puede elegir sus aliados, negociar sus términos y decir no cuando hace falta.

Y sí, tenemos el potencial para hacerlo. Económico, tecnológico, social. Lo que nos falta es la decisión política de convertirlo en proyecto común.

Eso requiere líderes valientes. Requiere ciudadanía activa. Requiere una izquierda que no tenga miedo de hablar de poder, de soberanía, de interés estratégico… sin perder de vista que todo eso debe estar al servicio de las personas.

Europa no es un destino. Es un camino. Y el camino, ya era hora, lo tenemos que construir nosotros.

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Una respuesta a “Europa sin tutela: ha llegado la hora de crecer”

  1. Hola, Javier.
    EEUU va por su lado, implantando la nueva doctrina Monroe, a expensas de Europa. Esta, debe de tener un proyecto propio basado en la construcción de un continente donde los países miembros en el Parlamento europeo blinden los derechos humanos y la cohesión y donde la ciudadanía se sienta partícipe. Si, sería un buen momento para decir no a los aranceles, a la demonización de la inmigración con ese espíritu de la Ilustración de antaño. Tenemos historia. No somos lacayos de EEUU y esa defensa de la que hablas, tan necesaria, pasa por misiones de paz, de internacionalismo democrático muy alejado del complejo militar industrial norteamericano y sus burguesías vampíricas. Estoy muy de acuerdo con el artículo. Falta diálogo vía diplomática y falta esa autonomía política y jurídica, la que nos ha dado siglos de historia. Los líderes europeos demócratas deben ponerse las botas y aprovechar esta coyuntura.
    Un abrazo

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