Hay ciudades en Europa donde el comercio local no solo sobrevive. Florece. Y no es casualidad.
Imagina que llegas a Bolonia un martes por la mañana. Callejuelas empedradas, olor a café recién hecho, una frutería que lleva abierta desde 1962. Entras a comprar algo y el tendero te cuenta, sin que le preguntes, de dónde viene cada pieza de fruta. No es un mercado gourmet. Es el barrio de toda la vida.
Ahora piensa en cualquier calle comercial de nuestros municipios canarios. No hace falta que diga cuál. Ya la tienes en la cabeza. Y sabes perfectamente lo que ves: persianas bajadas, locales a la espera de un arrendatario que no llega, franquicias que se instalan donde antes había algo con historia.
¿Qué está pasando? ¿Y qué están haciendo otros que nosotros no hacemos?
El problema no es el turismo. Es cómo se gestiona.
Hay una tentación muy humana de echarle la culpa al turismo de todo lo que va mal. Y mira, tiene parte de razón. Cuando un municipio crece a toda velocidad —como ha pasado en muchas zonas costeras de Canarias— el comercio local acaba compitiendo con souvenirs, franquicias internacionales y negocios pensados para quien pasa, no para quien vive.
Pero el turismo no es el enemigo. Es una herramienta. Lo que falta, en muchos casos, es la voluntad política y la visión a largo plazo para usarlo bien.
Y hay ejemplos en Europa que lo demuestran.
Amsterdam decidió que ya era suficiente
Hace unos años, Amsterdam tomó una decisión que sorprendió a muchos: empezó a limitar la apertura de nuevas tiendas de souvenirs, sex shops y cadenas de comida rápida en determinados barrios del centro. No porque les caigan mal los turistas —que no— sino porque estaban viendo cómo el comercio local desaparecía a ojos vista.
La medida se llama «bestemmingsplan» (plan de ordenación urbana), y básicamente permite al ayuntamiento decidir qué tipo de negocio puede abrir en cada zona. Si en un barrio ya hay demasiadas tiendas de camisetas con tulipanes, no abres otra. Punto.
¿El resultado? Los barrios conservaron su carácter. Los vecinos siguen teniendo dónde comprar pan, dónde llevar los zapatos a arreglar, dónde tomarse algo sin pagar precios de aeropuerto.
¿Podría hacerse algo similar en municipios como Arrecife, Puerto del Rosario o San Bartolomé de Tirajana? La normativa urbanística española lo permite más de lo que parece. El problema no es legal. Es de voluntad.
Copenhague y el poder de los mercados de barrio
En Copenhague llevan años apostando por los mercados locales permanentes como ancla del comercio de proximidad. No mercadillos de fin de semana que montan y desmontan. Espacios estables, cubiertos, con productores locales que tienen contrato anual, que pueden planificar, que pueden vivir de ello.
El Torvehallerne es el ejemplo más famoso. Dos pabellones de cristal en pleno centro donde conviven pescaderos, queseros, floristas y una tienda de especias que parece sacada de un cuento. Llevan más de una década funcionando. Y no es una atracción turística disfrazada de mercado: es un mercado de verdad que también atrae turistas.
La diferencia es sutil pero importante. No se creó para el turista. Se creó para el vecino. Y eso se nota.
En Canarias tenemos tradición de mercados —los mercados del agricultor son un patrimonio enorme— pero en muchos municipios siguen siendo esporádicos, mal comunicados y sin la infraestructura necesaria para que un pequeño productor pueda depender de ellos económicamente. Ahí hay una oportunidad enorme que estamos dejando escapar.
Barcelona: cuando el Ayuntamiento se pone serio con las franquicias
En 2015, Barcelona aprobó una medida que fue noticia en toda Europa: prohibió durante un año la apertura de nuevos establecimientos turísticos en el centro de la ciudad y en varios barrios históricos. Era una moratoria. Un frenazo. Un «espera, que necesitamos pensar».
Luego llegaron los planes de usos por barrios, que regulan cuántos negocios de cada tipo pueden existir en una misma zona. Si hay ya ocho hamburguesas en cien metros, no hay licencia para una novena. Así de simple.
¿Es perfecta la política comercial de Barcelona? No, ni de lejos. Pero el hecho de que exista ese debate, esa regulación, esa planificación… ya es un paso enorme frente a la actitud de muchos ayuntamientos canarios, donde la política comercial consiste básicamente en… esperar a ver qué pasa.
El modelo de Bolonia: apostar por el pequeño
Volvemos a Bolonia, que merece un párrafo propio.
Esta ciudad italiana lleva décadas con una política muy clara: el pequeño comercio no es un residuo del pasado, es parte del contrato social. Suena grandilocuente, pero en la práctica significa cosas muy concretas: alquileres regulados para locales comerciales en zonas históricas, ayudas directas a la primera instalación de comercios de proximidad, reducción de tasas municipales para negocios con más de diez años de antigüedad.
No es caridad. Es una inversión. Porque cuando un barrio tiene vida comercial propia, los vecinos no tienen que desplazarse, el espacio público se activa, la inseguridad baja, la identidad del lugar se refuerza. Todo está conectado.
En Canarias, especialmente en los municipios turísticos, hay una paradoja dolorosa: los trabajadores del sector servicios no pueden permitirse vivir donde trabajan, y tampoco tienen dónde comprar de forma razonable cerca de casa. El comercio local podría ser parte de la solución. Pero necesita apoyo.
¿Y qué pasa en Canarias?
Seamos honestos. Hay iniciativas. Aquí y allá. Algunos ayuntamientos han hecho cosas interesantes: mercados nocturnos, campañas de «compra en tu pueblo», algún que otro programa de apoyo a emprendedores locales. No todo es parálisis.
Pero falta visión sistémica. Falta que alguien se siente y diga: «¿qué tipo de ciudad queremos ser dentro de veinte años?» Y que esa pregunta tenga consecuencias reales en las licencias, en los alquileres, en el planeamiento urbanístico, en los mercados, en la comunicación.
Porque el problema del comercio local canario no es solo económico. Es también cultural. Seguimos creyendo, colectivamente, que lo grande es mejor, que la franquicia es garantía de calidad, que el supermercado es más cómodo que la tienda del barrio. Y eso es algo que también hay que trabajar.
Cinco ideas concretas que podrían adoptarse ya
Sin grandes inversiones. Sin esperar a la próxima legislatura. Con lo que hay:
1. Zonificación comercial activa. Revisar los planes de ordenación para establecer qué tipos de negocio pueden instalarse en cada zona. No para prohibir, sino para equilibrar. Si en una calle ya hay cinco tiendas de alquiler de coches, quizás la siguiente licencia debería ir a algo diferente.
2. Mercados locales permanentes con contratos anuales. No mercadillos. Espacios estables donde un productor agrícola o un artesano local pueda planificar su economía. Con buena comunicación, aparcamiento y horarios pensados para los vecinos, no solo para los turistas.
3. Reducción de tasas para comercios históricos. Si llevas quince años en el mismo local, demostrando que tu negocio tiene arraigo, deberías pagar menos tasa de basura, menos tasa de terrazas. Es una forma sencilla de premiar la permanencia.
4. Programas de relevo generacional. Muchos negocios cierran no porque sean deficitarios, sino porque el dueño se jubila y no hay quién lo coja. Conectar a propietarios mayores con jóvenes emprendedores, con acompañamiento y algún incentivo, puede salvar comercios con décadas de historia.
5. Compra pública local. Los propios ayuntamientos, colegios, centros de salud… compran muchísimo. Fruta, pan, material de oficina. Si una parte de esa compra se dirige a proveedores locales, el impacto económico es inmediato y directo.
Para cerrar: no es nostalgia, es estrategia
Proteger el comercio local no es ponerse sentimental con el pasado. Es entender que una isla con vida propia, con negocios de verdad, con mercados que huelen a algo, con calles que no son iguales a las de cualquier otro sitio del mundo… es más atractiva. Para vivir. Y, paradójicamente, también para el turismo.
Europa lleva años aprendiendo esto a golpes. Algunas ciudades lo pillaron pronto. Otras llegaron tarde y ahora están pagando las consecuencias.
Canarias todavía está a tiempo.
La pregunta es si nuestros ayuntamientos quieren aprender. O si prefieren seguir esperando a ver qué pasa.
¿Conoces alguna iniciativa local que esté funcionando bien? Cuéntanosla en los comentarios.
El comercio local hay que cuidarlo, es patrimonio de nuestra economía y también cultural. Ayuda a reactivar el consumo interno y a evitar una externalización productiva en favor de las franquicias y las multinacionales. Además, nuestra riqueza idiosincrática se vive en los barrios. El plan italiano y danés, también el de Barcelona podrían ser plausibles con una buena estrategia en las CCAA y en nuestra y tu Canarias.
Gracias por reivindicarlo.
Un abrazo