El precio del abandono
Política

El precio del abandono

◆   7 de abril de 2026  ·  Javier Ledo

Hay algo que duele cuando caminas por el centro de una ciudad española un martes por la mañana. No el frío, no el cansancio. Duele ver las persianas bajadas. Los locales vacíos con carteles de «se alquila» que llevan ahí tanto tiempo que ya forman parte del paisaje. Las fachadas con ese gris sucio que se instala cuando nadie las cuida. Y al fondo, siempre al fondo, una iglesia preciosa, un ayuntamiento con historia, una plaza que en otro tiempo era el corazón del lugar.

Luego coges el coche y te plantas en las afueras. Y ahí sí: luz, actividad, gente, aparcamiento gratis, centros comerciales enormes, franquicias de todo tipo. El Zara, el MediaMarkt, el Burger King, el gimnasio low cost. Todo funciona. Todo brilla. Todo es cómodo.

Algo no cuadra.

El centro se vació. Y no fue un accidente

Nos gusta pensar que las ciudades evolucionan solas, que los barrios decaen porque «la gente se va» como si fuera algo natural, como si la gravedad tirara de los vecinos hacia la periferia. Pero eso no es así. Los centros históricos no se vaciaron solos. Los vaciamos nosotros. Con decisiones concretas, con políticas concretas, con dinero público invertido en el sitio equivocado.

Durante décadas, las administraciones apostaron por el crecimiento hacia fuera. Nuevas urbanizaciones, nuevas carreteras de circunvalación, nuevos polígonos. Se abrió la mano a grandes superficies comerciales en las afueras porque traían inversión, empleos, titulares en el periódico local. El alcalde de turno cortaba la cinta y salía en la foto. Éxito.

Mientras tanto, en el centro, los propietarios de locales antiguos aguantaban como podían. Las calles se llenaban de baches que tardaban meses en arreglarse. Los negocios de toda la vida cerraban porque el hijo no quería seguir, porque el alquiler subía, porque los clientes ya iban al centro comercial. Y las instituciones… miraban hacia otro lado.

No hubo drama. No hubo un día D. Fue lento, silencioso y devastador.

El modelo que elegimos tiene nombre

Se llama urbanismo difuso. Y aunque suena técnico, es muy sencillo de entender: en lugar de crecer en altura y densidad, crecemos hacia fuera. En lugar de rehabilitar lo que ya existe, construimos nuevo. En lugar de apostar por el peatón, apostamos por el coche.

Es el modelo que triunfó en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Las ciudades americanas lo sufrieron en carne propia: centros históricos abandonados, segregación social, dependencia absoluta del automóvil, barrios sin vida. Tardaron décadas en reconocer el error. Muchas siguen sin haberlo hecho del todo.

Aquí llegamos tarde a ese modelo, pero llegamos con entusiasmo. Y lo peor es que lo implantamos en ciudades con un patrimonio histórico que muchos países del mundo envidiarían. Cogimos calles medievales, plazas barrocas, mercados de hierro del siglo XIX… y los dejamos languidecer para poner un Leroy Merlin en la rotonda de la N-340.

Lo que perdemos cuando pierde el centro

Perdemos mucho más que comercios. Eso es lo que a veces no se ve.

Perdemos tejido social. El centro de una ciudad, cuando funciona, es el lugar donde te cruzas con el vecino, donde el tendero sabe tu nombre, donde hay un café con historia. Eso no es nostalgia barata. Eso es cohesión. Eso es salud mental colectiva. Cuando el centro muere, la gente se encierra más en sí misma, los lazos se debilitan, la soledad crece.

Perdemos patrimonio. Porque las fachadas se deterioran si nadie las cuida. Los edificios históricos sin uso se caen. Y cuando se caen, no vuelven. El patrimonio es frágil. Una grieta no atendida se convierte en derrumbe. Un local vacío durante años se convierte en una ruina que al final hay que demoler. Y entonces todos lamentamos la pérdida, aunque nosotros mismos la permitimos.

Perdemos economía local. El dinero que se gasta en una gran superficie comercial de capital extranjero no se queda en la ciudad. Sale. En cambio, el dinero que circula entre los comercios del centro, el que va al bar de la esquina, a la zapatería familiar, al mercado municipal, ese dinero da vueltas, se reinvierte, genera más actividad. Es lo que los economistas llaman efecto multiplicador. Y en los centros históricos vivos, ese efecto es enorme.

Perdemos identidad. Esto suena abstracto, pero no lo es. Pregúntale a cualquier persona qué imagen tiene de su ciudad y te hablará del casco histórico, de la catedral, de la calle mayor. No del polígono comercial. La identidad de un lugar se ancla en sus capas de tiempo, en sus edificios, en sus plazas. Cuando esas capas se deterioran, la ciudad pierde algo que no se puede comprar en ningún catálogo.

El abandono institucional tiene coste, aunque no salga en los presupuestos

Aquí viene lo que más me indigna. Porque el abandono de los centros históricos no es solo una cuestión estética o sentimental. Tiene un coste económico enorme que pagamos entre todos, aunque nadie lo llame así.

Pagamos para mantener infraestructuras extendidas por toda la periferia: tuberías, cables, carreteras, líneas de autobús que llegan hasta urbanizaciones con cuatro vecinos. Eso es carísimo por habitante. Mucho más caro que mantener una ciudad compacta y densa.

Pagamos en tiempo perdido. La gente que vive en las afueras invierte horas al día en desplazamientos. Horas que no se disfrutan, que generan estrés, que contaminan, que cuestan dinero.

Pagamos en salud pública. La vida en entornos donde se camina poco, donde no hay espacios de encuentro, donde el coche es indispensable para todo, tiene consecuencias sanitarias documentadas. Más sedentarismo, más aislamiento, más problemas de salud mental.

Y pagamos, claro, en el coste directo de la rehabilitación que tarde o temprano habrá que acometer. Porque los edificios no esperan. Y cuanto más se tarda, más cara sale la factura.

¿Por qué nadie lleva estas cuentas? Porque es más cómodo no hacerlas. Porque la gran superficie genera impuestos directos y visibles. Porque el político que rehabilita un barrio histórico tarda años en ver resultados y quizás ya no estará cuando lleguen. Porque el sistema de incentivos, en política local, premia lo rápido, lo fotogénico, lo que da titulares.

Hay ciudades que sí lo han entendido

No todo son malas noticias. Hay ejemplos. No muchos, pero los hay.

Bolonia lleva décadas aplicando una política de rehabilitación del centro histórico que es estudiada en universidades de todo el mundo. Apostaron por mantener a los vecinos tradicionales dentro del casco, por rehabilitar sin especular, por hacer del centro un lugar vivo de verdad y no solo una postal turística.

Ciudades como Ámsterdam o Copenhague han apostado decididamente por el peatón y la bicicleta en sus centros, limitando el tráfico, recuperando el espacio público. El resultado es visible: centros llenos de vida, con comercio local floreciente, con gente que disfruta de la calle.

En España hay iniciativas interesantes, aunque demasiado tímidas. Hay ciudades que están recuperando mercados municipales, que están peatonalizando calles con resultados positivos, que están aplicando medidas para atraer comercio local al centro. Pero falta continuidad, falta ambición y falta, sobre todo, decisión política real. No promesas electorales. Decisión.

Qué habría que hacer (aunque cueste decirlo)

Habría que regular las grandes superficies. No prohibirlas, pero sí ponerles límites claros de implantación basados en estudios de impacto sobre el comercio local. Eso en muchos países europeos es normal. Aquí sigue siendo casi un tabú.

Habría que incentivar fiscalmente la rehabilitación y castigar la especulación con los inmuebles vacíos. Un local en el centro histórico que lleva cinco años con la persiana bajada debería costar más en impuestos, no menos. La propiedad conlleva responsabilidad.

Habría que invertir en espacio público de calidad. Las ciudades donde la gente quiere estar son las que tienen buenas plazas, buenas aceras, sombra, bancos, árboles. Eso no es un lujo. Es una inversión con retorno demostrado.

Y habría que cambiar el relato. Dejar de presentar el centro histórico como un problema o como una carga, y empezar a entenderlo como lo que es: el activo más valioso que tiene una ciudad. La diferencia competitiva. El lugar al que la gente quiere ir de turismo, al que quiere llevar a sus hijos, al que quiere volver cuando se va.

Porque al final, la pregunta es simple. ¿Qué ciudad queremos? ¿Una ciudad que se recuerda, que se vive, que tiene alma? ¿O una ciudad funcional, eficiente, intercambiable, que podría estar en cualquier sitio y no estar en ninguno?

La respuesta no está en el centro comercial de la circunvalación.

Nunca lo estuvo.

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2 respuestas a “El precio del abandono”

  1. Magnífico post, Javier.
    Con una argumentación impecable te haces eco de lo que muchos piensan, pero se callan. Porque, como bien dices, hablar de estos temas en España parece que es tabú.
    Si de verdad queremos avanzar y ser europeos, deberíamos empezar por aprender de los ejemplos de Bolonia, Amsterdam o Copenhague y dejarnos de tanto abusar del coche hasta para ir a la esquina de nuestro barrio.ç
    Un fuerte abrazo.

  2. Un post con un mensaje claro y contundente porque merece la pena prestar atención al centro histórico de la ciudad y el pequeño negocio. Un plan para invertir en espacio público de calidad para rehabilitar el casco antiguo de las ciudades y no fomentar la economía en las grandes superficies evitando, además, la especulación. Claro que hacen falta otras políticas, estoy de acuerdo. Es muy triste aunque en España existan iniciativas nuevas, habría que dar un giro copernicano para evitar que el centro neurálgico se quede en las afueras. Muy cierto.
    Un abrazo

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