El PP ya no es el PP. Y eso debería asustarnos a todos
Política

El PP ya no es el PP. Y eso debería asustarnos a todos

◆   25 de abril de 2026  ·  Javier Ledo

Hay una pregunta que me lleva rondando un tiempo y que, cuanto más la pienso, más me inquieta: ¿qué es exactamente hoy el Partido Popular?

Porque el PP que yo recuerdo, el de Fraga, el de Aznar incluso, era una derecha reconocible. Conservadora, claro. A veces dura, casi siempre injusta. Pero tenía unos contornos. Unos límites. Una cultura política propia que, aunque no compartieras, al menos podías ubicar en el mapa. Sabías con quién estabas hablando.

Hoy ya no sé con quién estoy hablando.

Y creo que muchos votantes del PP tampoco lo saben. Solo que a ellos, por razones que no alcanzo a entender del todo, eso no parece molestarles tanto.

Un partido que no ganó las elecciones… pero sí las ideas

Empecemos por el principio. O mejor dicho, por el final. Por las elecciones de 2023.

Vox no ganó. Ni de lejos. De hecho, perdió escaños respecto a 2019. Quedó reducido a un partido secundario, sin capacidad de entrar en el gobierno central, viendo cómo su momento de gloria empezaba a quebrarse. En términos electorales, fue un fracaso relativo.

Y sin embargo…

Y sin embargo, Vox ganó algo mucho más importante que escaños. Ganó el relato. Consiguió que el PP asumiera como propios temas, marcos y soluciones que hace apenas un lustro habrían sido impensables en boca de un partido de centroderecha europeo.

Eso es lo que nadie está contando bien. No es que Vox haya crecido. Es que el PP se ha movido hacia Vox. Y esa diferencia es fundamental.

La trampa del «voto útil»

Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, hay que hablar de la obsesión del PP con recuperar el voto fugado a Vox. Desde que Abascal irrumpió con fuerza en 2018-2019, la dirección de Génova entró en pánico. Un pánico comprensible desde la lógica de la supervivencia electoral, pero profundamente peligroso desde la lógica democrática.

El razonamiento interno era más o menos este: «Si Vox nos roba votantes, tenemos que hablarle a ese votante en su idioma.» Un error de diagnóstico enorme. Porque ese votante no se fue a Vox por accidente. Se fue porque quería exactamente eso: más dureza, más radicalidad, menos matices. Y si el PP le da lo mismo que Vox… ¿por qué iba a volver al PP?

La respuesta, claro, es que en parte volvió. Pero a un precio brutal.

El precio fue desplazar el eje ideológico del partido entero. Hablar de «invasión migratoria». Negar la violencia de género como categoría específica. Cuestionar los datos del cambio climático. Atacar la memoria histórica. Blanquear a Franco. Aliarse con gobiernos autonómicos que recortan derechos LGTBI con una sonrisa. Todo eso, que antes habría provocado una crisis interna en el PP, hoy pasa sin apenas fricción.

Eso no es pragmatismo político. Eso es rendición ideológica.

Lo que antes era inaceptable, hoy es política ordinaria

Hagamos un pequeño ejercicio de memoria. No hace falta irse muy lejos.

En 2004, Mariano Rajoy, entonces candidato del PP, defendía en campaña la necesidad de regular la inmigración con criterios humanitarios. En 2010, el gobierno de Esperanza Aguirre en Madrid tenía consejeras que se declaraban feministas. En 2015, el propio Partido Popular impulsó algunas mejoras en la ley de violencia de género.

¿Alguien se imagina hoy a Alberto Núñez Feijóo diciendo algo parecido sin que le llovieran críticas desde su propio partido?

Hoy el PP gobierna en comunidades autónomas donde se han retirado lazos morados de las campañas contra la violencia de género, donde se han eliminado términos como «igualdad» o «diversidad» de documentos oficiales, donde se han recortado los presupuestos de atención a víctimas de violencia doméstica mientras se financian con dinero público entidades ultracatólicas que consideran el aborto un crimen.

Y todo eso lo hace el PP. No Vox. El PP.

Esa es la trampa invisible que mucha gente no está viendo: que el partido que puede llegar a gobernar España —y que probablemente lo haga en no mucho tiempo— ya no es un partido de centroderecha normalizable. Es un partido que ha interiorizado la agenda de la ultraderecha y la está aplicando donde tiene poder.

El efecto dominó: cuando lo marginal se normaliza

Hay un mecanismo psicológico y político que los científicos sociales llaman «desplazamiento, o ventana de Overton». Es la idea de que lo que una sociedad considera aceptable en política no es fijo. Se puede mover. Y cuando un actor radical consigue instalar en el debate público ideas que antes eran impensables, el resto del sistema político acaba moviéndose también.

Vox lo ha hecho en España con una eficacia escalofriante.

Hace diez años, si un político español hubiera dicho en una rueda de prensa que «la inmigración ilegal es una invasión organizada por la izquierda para reemplazar a la población española», habría sido noticia por su delirio. Hoy esa idea, con distintos ropajes y distintas palabras, circula sin escandalizarse demasiado en los medios de derechas más influyentes del país. Y algunos dirigentes del PP la han rozado, cuando no abrazado directamente.

Eso es el desplazamiento de Overton en acción. Y tiene un peligro enorme: una vez que la ventana de Overton se mueve, cuesta muchísimo volver a centrarlo.

El peligro real no es Vox. Es el PP

Aquí está el núcleo de todo. El punto que creo que se está perdiendo en el análisis político convencional.

Vox, como fuerza política autónoma, tiene un techo. Lo hemos visto. En un sistema electoral como el español, con el bipartidismo imperfecto que tenemos, un partido de nicho puede hacer mucho ruido pero difícilmente puede gobernar solo. Necesita al PP. Y esa dependencia, bien gestionada, debería ser su debilidad.

Pero no lo es. Porque el PP ha decidido no gestionar esa dependencia sino asumir los términos que Vox impone.

El peligro real, el peligro concreto y cotidiano que nos debería mantener en vela, no es que Vox consiga un día gobernar España. El peligro real es que un partido que sí puede gobernar España —que tiene estructura, implantación territorial, cuadros, financiación, y muchos millones de votos— haya decidido que la hoja de ruta correcta la escriben los ultras.

Cuando el PP gane las elecciones generales —y en algún momento las ganará— no llegará al poder un partido de centroderecha europeo con el que discrepar en impuestos o en política laboral. Llegará un partido que lleva años marinándose en la retórica de la exclusión, del miedo al otro, de la nostalgia de un país que nunca fue tan idílico como lo cuentan.

Y eso es distinto. Cualitativamente distinto.

La trampa de la falsa moderación

A Feijóo le gusta presentarse como moderado. Como el adulto en la sala. Como el político de centro que está por encima de los extremos.

Es un relato bien construido. Y muchos medios lo reproducen sin apenas cuestionarlo.

Pero los hechos son los hechos. Feijóo ha pactado en comunidades autónomas con Vox cuando le ha convenido. Ha guardado silencio cómplice ante las barbaridades de Ayuso. No ha expulsado a ningún cargo del partido por posturas abiertamente homófobas o negacionistas. Ha usado la inmigración como arma electoral en momentos de crisis sin aportar una sola propuesta real de gestión.

La moderación de Feijóo existe principalmente en su manera de hablar. No en lo que hace. No en lo que permite. No en las alianzas que construye.

Y eso, en política, es lo que cuenta.

Lo que está en juego

Fuerteventura conoce bien lo que significa vivir en los márgenes de un sistema que decide sobre ti sin contar contigo. Una isla que durante décadas fue expoliada, ignorada, usada como escenario turístico mientras sus habitantes tenían dificultades reales para llegar a fin de mes, para acceder a una sanidad digna, para encontrar vivienda.

La política que viene —la política que el PP está cocinando con ingredientes de Vox— no va a mejorar ese cuadro. Va a empeorarlo. Porque es una política que privatiza lo público, que criminaliza la pobreza en lugar de atacar sus causas, que desvía la atención hacia chivos expiatorios —los migrantes, las feministas, los independentistas— para que nadie mire demasiado de cerca a quién está enriqueciéndose mientras el resto tiene que apretarse el cinturón.

Y lo más doloroso de todo es que una parte de la gente que más tiene que perder con esa política va a votarla convencida de que es lo mejor para ellos. Porque el miedo funciona. Porque el relato del enemigo externo funciona. Porque cuando la vida se pone difícil, es más fácil creer que la culpa la tiene el que llega en patera que el que lleva décadas tomando decisiones desde un despacho en Madrid.

No es momento de mirar hacia otro lado

La izquierda tiene sus propios problemas, sus propias contradicciones, sus propias guerras intestinas que a veces parecen más urgentes que el adversario real. Eso es verdad y no sirve de nada negarlo.

Pero en este momento concreto, con este escenario concreto, lo urgente es entender bien qué está pasando. No caer en la trampa de tratar al PP como si fuera el PP de hace veinte años. No normalizar lo que no se puede normalizar.

Un partido que puede gobernar España ha decidido hacerlo con el manual de instrucciones de la ultraderecha.

Eso no es una deriva menor. No es un ajuste táctico. Es un cambio de naturaleza.

Y los cambios de naturaleza, en política, rara vez se revierten solos.


P.D.: Este artículo forma parte de la sección de análisis político de desdefuerteventura.es. Porque desde aquí también se ve España. Y a veces, precisamente por la distancia, se ve más claro.

← Núremberg, 1935. Mérida, 2026.

Una respuesta a “El PP ya no es el PP. Y eso debería asustarnos a todos”

  1. PP, un partido mimetizado con Vox. Con los principios y propuestas programáticas de Vox, sin criterio ideológico definible si no es el de VOX, incluso, me permito decir que la FAES de Aznar es previsible porque va de cara, sabes cuáles son sus objetivos y prioridades. PP apuesta por el discurso del insulto y del todo vale para conseguir sillones. Si no le gustan mis principios, tengo otros. El gran camaleón. Son unos sátrapas de la incultura, además. El nivel discursivo de la portavoz del PP es de secundaria, barriobajero y marrullero .Me gustó el artículo.
    Un abrazo

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