Hay políticos que, cuando los escuchas, te dan ganas de tomar nota. De sus ideas, de sus propuestas, de esa chispa que te hace pensar: este tío tiene algo. Te convencen. Te interpelan. A veces incluso te incomodan, que es señal de que están tocando algo real. Y luego está Alberto Núñez Feijóo.
No es que sea un mal hombre. Probablemente sea un tipo correcto, de los que llegan puntual a las reuniones y doblan bien la servilleta. Educado. Presentable. Con ese aire de gestor provincial que transmite cierta calma burocrática. Pero liderar el país más complejo, diverso y convulso del sur de Europa… eso, amigos, es otra historia muy distinta.
Un líder sin ideas propias
Llevamos ya un buen tiempo escuchando a Feijóo. Discursos, entrevistas, debates, ruedas de prensa. Y si hay algo que llama poderosamente la atención, algo que te golpea cuando te pones a hacer balance, es esto: cuesta recordar una sola propuesta concreta que haya salido de su boca. Una. Solo una con cifras, con plazos, con algo a lo que agarrarse.
¿Una reforma fiscal con números encima de la mesa? No. ¿Un modelo energético alternativo al actual, con hoja de ruta real? Tampoco. ¿Una solución tangible al problema de la vivienda, que está asfixiando a toda una generación que trabaja, cotiza y aun así no puede pagarse un alquiler? Pues tampoco.
Lo que sí hay, y en abundancia, es Sánchez. Pedro Sánchez por aquí, Pedro Sánchez por allá. El presidente del Gobierno parece ser, al mismo tiempo, el mayor problema de España y la única razón de existir del PP bajo su liderazgo. Como si gobernar un país de cuarenta y ocho millones de personas fuera, en el fondo, simplemente… no ser el otro.
Hay una trampa enorme en esa estrategia, y es que funciona electoralmente hasta cierto punto. El voto del hartazgo, el voto del «cualquiera menos este», es un voto real y movilizable. Pero tiene un techo. Y ese techo Feijóo lo encontró, de bruces, en las elecciones generales de julio de 2023, cuando todas las encuestas le daban la victoria y acabó necesitando a Vox para llegar a ningún lado… y aun así no llegó. El país le dijo que no. No una vez: dos. Porque hubo investidura fallida, y hubo que tragarse el ridículo histórico de presentarse al Congreso sin los apoyos suficientes, en un ejercicio de wishful thinking político que hubiera avergonzado a cualquier estratega medianamente competente.
El debate político en España merece algo más que un «yo no soy Sánchez». Eso no es un programa. Es una queja. Y las quejas, por muy legítimas que sean, no construyen país.
El hombre que bailan otros
Pero lo más revelador no es lo que dice Feijóo. Es lo que no puede decir.
Porque en el PP de hoy conviven tres sombras muy alargadas, tres figuras que proyectan más que él y que, en distinta medida, le condicionan hasta límites que a veces resultan obscenos para alguien que aspira a La Moncloa.
Está, primero, José María Aznar. El expresidente eterno, el que nunca termina de irse, el que mastica algo amargo desde su fundación FAES y sigue creyendo —con una convicción que da hasta respeto— que tiene derecho a opinar sobre cada decisión del partido que él mismo construyó. Aznar no es un jubilado cómodo. Es una presión constante hacia la derecha, una voz que empuja, que exige, que recuerda implícitamente a Feijóo que el PP «de verdad» tiene unas señas de identidad que no se negocian.
Está, segundo, Isabel Díaz Ayuso. Que es un fenómeno político en sí misma, hay que reconocerlo. Ha convertido la Comunidad de Madrid en su feudo personal, tiene una base de votantes fidelísima y una capacidad para marcar la agenda mediática que Feijóo nunca ha logrado ni de lejos. El problema es que Ayuso no disimula demasiado. No necesita disimular. Ella sabe que manda más de lo que debería dentro del partido, y cada vez que Feijóo intenta dar un paso hacia el centro, aparece ella con una declaración incendiaria que lo arrastra de vuelta. Una dinámica agotadora. Y Feijóo la aguanta. La aguanta porque no puede hacer otra cosa.
Y está, tercero, Santiago Abascal. Al que el PP necesita pero del que también tiene un miedo cerval, porque Vox no perdona y el electorado de derechas está fragmentado. Feijóo ha pactado con Vox en comunidades autónomas, les ha dado consejerías, ha mirado hacia otro lado mientras Vox gobernaba con el PP en sitios como Aragón o Extremadura… y luego ha intentado desmarcarse de Vox en Madrid y en el discurso nacional. El resultado es una incoherencia estratégica de manual: ni abraza a Vox del todo ni lo rechaza del todo, y acaba no convenciendo a nadie de nada.
Feijóo navega entre los tres como puede. Cediendo aquí, callando allá, mirando hacia otro lado cuando Ayuso lanza uno de sus dardos, tragando cuando Aznar opina —y Aznar siempre opina—, acercándose a Abascal lo suficiente para no perder votos por la derecha pero no tanto como para asustar al centro que necesita para gobernar en solitario.
¿Eso es liderar? No. Eso es sobrevivir. Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas.
Un líder de verdad marca el rumbo. Define la dirección aunque incomode a los suyos. Felipe González le plantó cara a los sindicatos cuando creyó que había que hacerlo. Aznar —que ideológicamente está en las antípodas de este artículo— fue al menos coherente con su proyecto, para bien o para mal. Incluso Zapatero tuvo la valentía de legislar sobre asuntos que sabía que iban a costarle cara. Feijóo, en cambio, parece esperar a ver de qué lado sopla el viento antes de decidir hacia dónde va. Y cuando el viento sopla desde tres direcciones a la vez, se queda inmóvil.
Eso tiene un nombre en política: falta de liderazgo real. El cargo, sin la sustancia, es solo una etiqueta.
Los traspiés que no mienten
Dicen que los errores revelan al político real. No los errores que comete bajo presión, que esos los entiende cualquiera. Sino los que comete cuando no debería, cuando está en terreno supuestamente preparado, cuando debería dominar el tema. Y si eso es cierto, los de Feijóo son… muy ilustrativos.
Está el ya mítico episodio de 1984. Durante un debate, Feijóo hizo referencia a 1984 como si fuera un hecho histórico, una fecha real, un momento concreto de la cronología mundial. No la novela más influyente de George Orwell. No la distopía que ha definido el lenguaje político durante décadas, con conceptos como el «Gran Hermano», el «doblepensar» o la «neolengua» que cualquier bachiller debería reconocer. No. Para Feijóo, en ese momento, 1984 era una fecha. El ridículo fue mayúsculo, y lo peor no fue el error en sí —todos tenemos lagunas, faltaría más— sino la seguridad rotunda con la que lo dijo. Esa convicción que solo tienen quienes no saben que no saben.
Y luego, más reciente todavía, llegó «Delson Mandela». Así, con esa d inaugural que convierte al icono más universal de la lucha contra el apartheid en algo parecido al nombre de un personaje de serie de sobremesa. Nelson Mandela, Premio Nobel de la Paz, símbolo de la dignidad humana en todo el planeta, pronunciado mal. En público. Sin red. Con cámaras delante.
Pero no se quedan ahí las cosas. Hay más. Durante la campaña de 2023, Feijóo tuvo que enfrentarse a una pregunta sobre el precio de la luz, uno de los temas más candentes para cualquier ciudadano de a pie, y dio unos datos tan confusos y tan alejados de la realidad que hasta sus propios asesores tuvieron que salir después a «aclarar» lo que había querido decir. Una cosa es no tener todos los números memorizados. Otra es no tener ni la estructura conceptual del problema.
Y está, cómo no, el episodio que muchos consideran el más grave de todos: su relación con Marcial Dorado, el conocido narcotraficante gallego. Las fotos existen. Los viajes en barco existen. La relación, documentada durante años, existió. Feijóo siempre argumentó que no sabía exactamente a qué se dedicaba Dorado. Puede que sea cierto. Pero un político que aspira a la presidencia del Gobierno de España, con toda la información disponible que tiene un presidente autonómico de Galicia, relacionándose durante años con alguien del perfil de Dorado… eso habla de una dejadez o de una ingenuidad que, en cualquier caso, no casa con el perfil que se necesita para gobernar.
Los traspiés, sumados, no son anécdotas aisladas. Son un patrón. Y los patrones, en política, importan muchísimo.
El presidente autonómico que no deja huella
Aquí hay que ser justos. Feijóo gobernó Galicia durante más de una década. Cuatro mandatos consecutivos. Una mayoría absoluta tras otra. Eso, en términos electorales, es un mérito incuestionable.
Pero cuando uno pregunta: ¿y qué dejó?, la respuesta es sorprendentemente vaga. No hay una transformación económica reseñable de Galicia bajo su mandato. No hay un proyecto industrial que haya cambiado el tejido productivo de la comunidad. La despoblación rural, uno de los dramas estructurales de Galicia, siguió su curso. La sanidad pública gallega acumuló sus propios problemas. No hubo una apuesta educativa diferencial, ni un modelo propio de innovación, ni una política energética que aprovechara el potencial eólico y marítimo de esa costa.
Lo que hubo fue gestión. Correcta, en líneas generales. Sin grandes escándalos —salvo el ya mencionado—. Sin experimentos arriesgados. Sin visión transformadora.
Eso puede ser suficiente para presidir una comunidad autónoma con una estructura consolidada. Pero trasladar ese modelo de gestión funcionarial y discreta a la presidencia del Gobierno de España es otra dimensión completamente distinta. España no necesita un administrador de lo que hay. Necesita alguien capaz de imaginar lo que puede ser.
El problema de fondo: la altura del cargo
Mira, nadie espera que un político sea perfecto. Sería absurdo y además aburrido. Pero sí se le puede pedir —se le debe exigir— que tenga ideas propias, altura de miras real y autonomía genuina para tomar decisiones incómodas.
España no es un país pequeño ni sencillo. Es la cuarta economía de la eurozona. Un país con una estructura territorial que sigue siendo una herida abierta. Con una transición energética que no espera a nadie. Con una crisis de vivienda que está expulsando a los jóvenes de las ciudades y cerrando el ascensor social. Con una relación compleja con Marruecos, con una presión migratoria real en Canarias y Ceuta, con una industria del automóvil en reconversión forzosa, con un sistema de pensiones bajo presión demográfica permanente.
Ese país necesita un líder que haya pensado en serio sobre todas esas cosas. Que tenga respuestas, aunque sean imperfectas. Que sea capaz de sentarse con un líder europeo y sostener una conversación de fondo sobre política energética o integración fiscal. Que inspire, aunque sea un poco, algo más que el alivio de «al menos no es el otro».
Feijóo, hasta ahora, no ha dado señales de ser ese líder. Y eso no es un juicio moral. Es una observación política basada en lo que ha mostrado: años de oposición sin propuesta alternativa, una investidura fallida que no supo leer, una dependencia estructural de figuras que le superan en carisma y en agenda, y una serie de errores que revelan una preparación insuficiente para el cargo más exigente del Estado.
Puede que lo tenga dentro y no lo haya mostrado. Puede que la presión combinada de Ayuso, Aznar y Abascal no le deje ser quien quiere ser. O puede, simplemente, que lo que vemos sea lo que hay.
Y eso, en política, es lo más grave de todo. Porque el tiempo no se detiene, los problemas de España no esperan a que nadie madure en el cargo, y la oposición tiene una obligación democrática que va mucho más allá de señalar lo que hace mal el gobierno.
Hay que proponer. Hay que construir. Hay que liderar de verdad.
Y ahí, de momento, hay un vacío que Alberto Núñez Feijóo lleva demasiado tiempo sin llenar.
P.D.: La democracia necesita oposición fuerte, inteligente y propositiva. España la merece. Lo que no puede permitirse es confundir la oposición con el simple ejercicio del enfrentamiento permanente. Feijóo todavía está a tiempo de demostrarnos que hay algo más. Pero el tiempo, como siempre en política, no es infinito.
Muy bien perfilada la figura de Feijo.Sin programa político, sin proyecto de País, fagocitado por Ayuso y Abascal. Sin propuestas políticas, anulandose desde los principios, apoyando el si a la guerra, y como nódulo de su alternativa, ir contra el sanchismo.
Muy buen análisis.
Un saludo