El plan Bannon: una visión prospectiva
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El plan Bannon: una visión prospectiva

◆   21 de marzo de 2026  ·  Javier Ledo

El plan Bannon (Parte-I 2026): Cuando el golpe de estado se viste de «Limpieza Electoral»

Hay noticias que lees y tienes que parar. Releer. Frotarte los ojos.

No porque no las entiendas… sino porque no puedes creer que alguien tenga la cara dura de decirlo así, con esa tranquilidad, delante de millones de personas.

Pues bien, Steve Bannon lo ha dicho. Sin eufemismos. Sin rodeos. Con la boca bien grande.

Que agentes federales de inmigración —los mismos que separan familias, que hacen redadas en barrios enteros, que deportan gente a países que llevan décadas sin pisar— rodeen los colegios electorales en las próximas elecciones americanas. Que hay que «tomar las instituciones» antes de que sea demasiado tarde. Que el voto por correo tiene que desaparecer. Que ha movilizado a doscientos mil «voluntarios» para vigilar los recuentos.

A ver, que alguien me lo explique: ¿cómo se llama esto si no es intimidación? ¿Cómo narices lo llamas si no es un intento en toda regla de reventar la democracia desde dentro?

Porque llamarlo «integridad electoral» es de juzgado de guardia.

Quién es este señor y por qué nos importa

Antes de entrar en harina, hay que contextualizar. Porque en España a veces Bannon nos suena a villano de película americana, a algo que pasa lejos y no va con nosotros.

Error. Error garrafal.

Bannon no es un lunático suelto que grita desde el sótano de su casa. Es el arquitecto ideológico de la derecha populista global. El tipo que exportó su manual de demolición democrática a media Europa. Que se reunió con Vox cuando nadie en este país sabía todavía quiénes eran. Que estuvo detrás de la creación de una red de partidos ultras coordinados en todo el continente, desde Marine Le Pen hasta los herederos ideológicos de los que en este país todavía no se atreven a decir según qué cosas en voz alta… aunque cada vez se atrevan más.

Fue condenado por fraude. Le indultaron. Y ahí sigue, tan ancho, con su podcast War Room y sus millones de seguidores, diseñando lo que ya no se molesta en disimular que es un golpe institucional en cámara lenta.

Eso es lo que más me pone de los nervios, la verdad. Que ya ni disimulan.

Agentes de inmigración rodeando las urnas. Así, tal cual.

Vamos a pensarlo un momento en concreto. Sin abstracciones.

Imagina que eres una persona latina en Estados Unidos. O que tienes familia sin papeles. O que simplemente tienes la piel morena y vives en un barrio donde la policía de inmigración ya ha hecho redadas. Llegas al colegio electoral —que es tu derecho, que llevas años esperando poder ejercer— y te encuentras uniformes del servicio de deportaciones en la puerta.

¿Entras?

Eso es exactamente lo que Bannon quiere. Que no entres. Que el miedo haga el trabajo que las leyes ya no pueden hacer a cara descubierta. Porque la intimidación no necesita amenazas explícitas para funcionar. Basta con el uniforme. Con la mirada. Con saber que si algo sale mal, te pueden pedir los papeles en la acera.

Y mira, en España esto nos debería sonar a algo. Nos debería sonar a las décadas en que según quién no podía según qué. Nos debería sonar a cuando votar era un acto de valentía porque delante del colegio electoral podías encontrarte con alguien tomando nota. Tenemos memoria histórica suficiente como para reconocer esto por lo que es.

Los propios funcionarios electorales americanos han dicho que esto podría ser ilegal según la legislación federal. La Ley de Derechos Electorales —conseguida a base de palos, cárceles y muertos en el movimiento por los derechos civiles— prohíbe expresamente la intimidación de votantes.

Pero claro… ¿a quién le importa la ley cuando tienes al presidente firmando indultos y al fiscal general mirando para otro lado?

El voto por correo: Aquí viene la trampa

La cruzada de Bannon contra el voto por correo tiene una lógica que, una vez que la ves, no puedes dejar de verla.

El argumento oficial es que facilita el fraude. Que es inseguro. Que no hay forma de garantizar que los votos son legítimos.

Mentira. Mentira documentada, auditada y desmentida por decenas de investigaciones independientes, jueces de todos los colores políticos y organismos electorales de todo el país. No hay evidencia de fraude masivo. No hay conspiración. No hay pucherazo organizado. Lo que sí hay es una estrategia calculadísima para eliminar las vías de participación que usan los sectores más vulnerables de la sociedad.

Porque, ¿quién vota por correo? La gente mayor que no puede desplazarse. Las personas con discapacidad. Los trabajadores con turnos de doce horas. Las familias que viven lejos de un colegio electoral. La gente con menos recursos, menos tiempo, menos todo.

¿Casualidad? Venga ya.

En España tenemos el voto por correo, y cualquiera que haya intentado usarlo sabe que ya de por sí es un trámite bastante engorroso. Imaginaos si encima hubiera una campaña organizada para hacerlo directamente ilegal. Así funciona esto: no hace falta prohibir que la gente vote. Basta con ponérselo tan difícil que al final se cansen.

Doscientos mil «voluntarios». Que te piden el DNI pero con otra cara

Este es el detalle que más me ha llamado la atención, con diferencia.

Bannon ha movilizado, a través de su podcast, a más de 200.000 personas para estar presentes en los recuentos de votos. Los llama «voluntarios de integridad electoral». Ciudadanos comprometidos con la democracia. Gente de bien que solo quiere que las cosas se hagan bien.

Suena casi bonito, ¿a que sí?

Pues claro que no. Pensad en lo que significa en la práctica: 200.000 personas coordinadas, con un argumentario prefabricado de que las elecciones son un fraude, presentes en los recuentos, listas para objetar cada papeleta que no les guste, para retrasar procesos, para agotar a los trabajadores electorales, para sembrar dudas y caos en cada mesa donde puedan.

No son voluntarios. Son una milicia burocrática. Con cara de ciudadano ejemplar pero con el objetivo de hacer el proceso tan caótico, tan agotador, tan lleno de recursos y litigios que la democracia se rinda simplemente por extenuación.

Esto, por cierto, tampoco nos debería resultar del todo ajeno. En España hemos visto ya cómo determinadas fuerzas políticas han convertido la judicialización de la política en un deporte de combate. Cuando no puedes ganar en las urnas, ganas en los juzgados. Cuando no puedes ganar en los juzgados, ganas por agotamiento. La estrategia es universal.

«Tomar las instituciones». Esto ya lo hemos visto antes

Hay una frase de Bannon que debería estar en todos los análisis políticos serios. Ha dicho, literalmente, que hay que «tomar las instituciones» antes de que sea demasiado tarde. Antes de que sus aliados acaben entre rejas.

Parad aquí un momento.

Bannon no habla de ganar elecciones. Habla de controlar quién cuenta los votos. Quién certifica los resultados. Quién puede anular una decisión judicial incómoda. Habla de construir una arquitectura de poder que haga las victorias irreversibles y las derrotas imposibles.

En ciencia política esto tiene nombre: se llama autocratización. Es lo que hizo Orbán en Hungría durante quince años, vaciando la democracia desde dentro hasta que solo quedó la fachada. Es lo que hizo Erdoğan en Turquía. Cambios uno a uno, aparentemente menores, perfectamente legales en papel, que juntos construyen un sistema donde las elecciones siguen celebrándose pero el resultado ya está decidido de antemano.

Y en Europa, ojo, tenemos nuestros propios experimentos en curso. No hace falta cruzar el Atlántico para verlo.

En España, con nuestra memoria particular, esto debería encendernos todas las alarmas. Tenemos cuarenta años de dictadura en el cuerpo. Sabemos perfectamente lo que pasa cuando las instituciones caen en manos de quien las usa para perpetuarse en el poder. No lo vivimos nosotros directamente, la mayoría, pero nuestras familias sí. Nuestros abuelos sí.

Y una de las grandes lecciones de la Transición —con todos sus defectos, que los tuvo, y gordos— es que la democracia no se defiende sola. Hay que cuidarla. Hay que pelear por ella. Todos los días.

¿Y esto qué tiene que ver con nosotros?

«Pero bueno, esto es América, que es otro mundo.»

Lo he escuchado ya demasiadas veces y me pone de los nervios, con todo el respeto.

Las ideas de Bannon llevan años cruzando el charco. El discurso del «gran reemplazo» —la teoría de que la inmigración es una conspiración para sustituir a la población europea— llegó aquí con Vox y se ha ido colando en el discurso del PP como si tal cosa. La narrativa de que las elecciones pueden estar amañadas, que los medios son el enemigo del pueblo, que hay que depurar las instituciones de los traidores… todo eso suena ya familiar, ¿verdad?

La ultraderecha es una franquicia global. Comparten manual, comparten financiación, comparten estrategia. Lo que Bannon prueba hoy en Estados Unidos, otros lo probarán aquí mañana. Ya lo están haciendo, en realidad.

Por eso no podemos mirar para otro lado. Por eso no vale el «uf, menuda locura la de los americanos» y cambiar de pestaña.

Llamemos a las cosas por su nombre

Al final de todo, esto se reduce a una sola cosa: al nombre correcto de las cosas.

Cuando alguien propone rodear las urnas con agentes de deportaciones, eso se llama supresión del voto.

Cuando alguien elimina el voto por correo para que voten menos personas, eso se llama restricción antidemocrática.

Cuando alguien moviliza a 200.000 personas para desestabilizar los recuentos, eso se llama sabotaje electoral.

Y cuando alguien dice abiertamente que hay que «tomar las instituciones» para que sus amigos no acaben en la cárcel… eso, sin más rodeos, se llama golpe de estado. Lento, institucional, con corbata y podcast, pero golpe al fin y al cabo.

Podemos seguir siendo finos. Podemos hablar de «visiones distintas sobre la integridad del proceso democrático» y de «legítimas preocupaciones ciudadanas». Podemos matizar, contextualizar, buscar el equilibrio.

O podemos decir la verdad de una vez.

Bannon no quiere ganar elecciones. Quiere que dejen de tener sentido.

Y si creemos en algo —en la democracia real, en que el voto de un albañil vale igual que el de un millonario, en que este sistema tan imperfecto sigue siendo lo mejor que hemos inventado para vivir juntos sin matarnos— no podemos permitirlo.

Ni aquí ni allí.


El plan Bannon (Parte II-2027): Crónica de una democracia que murió de cansancio

[Nota del autor: Lo que sigue es una proyección ficticia. Una distopía construida a partir de tendencias reales, declaraciones documentadas y procesos históricos verificables. Si le resulta demasiado cercana a la realidad… quizás eso nos diga algo.]

Noviembre de 2026. Los resultados tardan cuatro días en certificarse.

No es inusual, dicen los analistas en televisión. Es normal que los recuentos lleven tiempo. Es normal que haya impugnaciones. Es normal, repiten, con esa sonrisa tensa de quien sabe perfectamente que no es normal pero ha decidido que el pánico en cámara no le beneficia profesionalmente.

Lo que no dicen es que en 47 condados de seis estados clave, los trabajadores electorales han abandonado sus puestos. No por voluntad propia. Por agotamiento. Por miedo. Porque llevan setenta y dos horas seguidas siendo grabados, intimidados y acusados de fraude por grupos de «voluntarios» que se turnan en la puerta y que tienen abogados esperando en el aparcamiento.

Lo que no dicen es que tres jueces federales han recibido amenazas de muerte esta semana.

Lo que no dicen es que en Phoenix, Arizona, dos funcionarias del registro electoral —mujeres de cincuenta y tantos años que llevan veinte años haciendo este trabajo sin que nadie les prestara la menor atención— han tenido que ser escoltadas por la policía hasta sus casas.

La democracia no muere con un disparo. Muere de extenuación. Muere cuando la gente que la sostiene —que son personas normales, con sueldos normales y vidas normales— decide que ya no puede más.

El año en que todo empezó a moverse muy rápido

2027 llega con una mayoría republicana reforzada en el Congreso y una arquitectura legal que nadie habría imaginado posible dos años antes.

La primera gran medida: el voto por correo queda restringido a «casos de necesidad médica certificada». En la práctica, esto significa que millones de personas —mayores, trabajadores con turnos imposibles, residentes en zonas rurales— tienen que elegir entre votar y vivir su vida. Muchos eligen lo segundo. No porque no les importe la democracia. Sino porque tienen facturas que pagar.

La segunda: se aprueba una ley que permite a las legislaturas estatales «revisar y corregir» los resultados electorales en caso de «irregularidades documentadas». El estándar para considerar algo una irregularidad lo fijan… las propias legislaturas estatales. El círculo se cierra solo.

En España lo seguimos desde aquí con esa mezcla de horror y distancia que nos permite decir «menuda locura» y seguir con lo nuestro. Los telediarios le dedican un minuto y medio entre el tiempo y el fútbol. Algunos columnistas escriben piezas preocupadas. Algunos partidos emiten comunicados.

Nadie hace gran cosa.

Las mujeres fueron las primeras en notarlo

Antes de hablar de lo que vino después, hay que hablar de las mujeres. Porque siempre son las primeras en notar cuando algo se tuerce. Y siempre son las últimas a las que se escucha.

Ya en 2025, con la reversión de Roe v. Wade consolidada y sin perspectivas de reversión, el mapa de Estados Unidos se había dividido en dos realidades sanitarias completamente distintas. En 22 estados, el aborto era ilegal o prácticamente inaccesible. Las mujeres con dinero se desplazaban. Las que no lo tenían… se arreglaban como podían. O no se arreglaban.

Pero 2027 trajo algo nuevo. Algo que en su momento pareció un tecnicismo legal y que con el tiempo se reveló como la primera piedra de algo mucho más oscuro.

La Corte Suprema —con su mayoría conservadora ya consolidada para una generación— empezó a revisar casos relacionados con el concepto de «personalidad fetal». Casos aparentemente menores, formulados con lenguaje técnico, que muy poca gente entendió en su momento.

Margaret Atwood, que lleva décadas advirtiendo de que El Cuento de la Criada no es ciencia ficción sino historia anticipada, lo dijo en una entrevista de aquella época: «Nunca inventé nada. Todo lo que escribí ya había ocurrido en algún lugar del mundo. Solo lo puse junto.»

Nadie la escuchó entonces con suficiente atención.

2028: La elección que no fue una elección

Las presidenciales de 2028 se celebran. Eso hay que reconocerlo. Las urnas abren, la gente vota, se hace el recuento.

La participación cae un 23% respecto a 2024. En comunidades latinas, un 41%. En barrios negros de las grandes ciudades, un 38%.

Los analistas hablan de «apatía ciudadana». De «desafección democrática». De que «la gente joven ya no se interesa por la política».

Lo que no dicen —o no pueden decir, porque el ecosistema mediático lleva ya dos años sufriendo una purga silenciosa de voces críticas vía presión publicitaria, compras corporativas y una ley de «responsabilidad de medios» aprobada casi sin debate— es que esa gente no se ha ido a su casa por apatía.

Se ha quedado en casa por miedo. Por agotamiento. Porque en su barrio las últimas dos veces que fueron a votar había uniformes en la puerta y alguien tomando fotos de las matrículas en el aparcamiento.

El candidato republicano gana. La certificación se produce sin incidentes porque las piezas llevan tres años colocándose en su sitio. No hace falta el caos de 2020 porque esta vez el sistema ya está diseñado para producir el resultado correcto.

Bannon aparece en su podcast esa noche con una copa de vino. «Os lo dije», dice. Solo eso. «Os lo dije.»

El cuento empieza a parecerse a un cuento

2029-2030 Las cosas se mueven despacio, pero se mueven.

No hay ningún momento dramático. Ningún toque de queda. Ningún discurso en que alguien diga «a partir de hoy esto es una dictadura». Las dictaduras del siglo XXI no funcionan así. Son aburridas. Son administrativas. Son una serie interminable de leyes pequeñas, regulaciones técnicas, cambios de procedimiento que nadie lee porque están escritos en el lenguaje deliberadamente opaco de los documentos legales.

Pero el efecto acumulado es devastador.

Las universidades que reciben financiación federal —que son casi todas— tienen que demostrar que sus programas de estudios no «promueven ideologías contrarias a los valores americanos». Los departamentos de Estudios de Género desaparecen primero. Luego los de Estudios Étnicos. Luego cualquier cosa que huela a pensamiento crítico.

Las organizaciones sin ánimo de lucro que trabajan con comunidades inmigrantes, con mujeres en situaciones de violencia, con población LGTBI, pierden sus exenciones fiscales. No las cierran. Solo las arruinan económicamente.

Las bibliotecas públicas —sí, las bibliotecas, ese símbolo tan aparentemente inocente— reciben listas de libros que no pueden tener en sus estantes si quieren mantener la financiación municipal. Las listas empiezan con libros sobre sexualidad y raza. Acaban incluyendo novelas. Poesía. Historia.

Y mientras todo esto ocurre, hay elecciones. Regulares, puntuales, con sus urnas y sus papeletas. Solo que para entonces el perímetro de lo posible se ha reducido tanto que votar se parece más a elegir entre dos sabores del mismo helado que a ejercer ningún tipo de soberanía real.

Las mujeres, otra vez

Hacia 2031, el mapa sanitario ya no es de dos Américas. Es de una América donde los derechos reproductivos han dejado de existir como concepto legal en más de treinta estados.

No es solo el aborto. Es la anticoncepción en algunos condados. Es el tratamiento de fertilidad, curiosamente, vigilado de cerca porque implica embriones que ahora tienen estatus legal propio. Es la atención médica a mujeres embarazadas en situaciones de riesgo, que los médicos ya no pueden manejar con criterio clínico porque encima de su mesa hay un abogado invisible preguntando si lo que están a punto de hacer podría interpretarse como un delito.

Las mujeres con recursos se van. A Canadá, a Europa, a cualquier lugar donde su cuerpo siga siendo legalmente suyo.

Las que no tienen recursos se quedan. Y van aprendiendo, igual que aprendieron las mujeres en el Cuento de la Criada, a vivir dentro de los márgenes. A hablar con cuidado. A confiar solo en quien conocen de toda la vida. A tener dos vidas: la oficial y la real.

Atwood llamó a este proceso «la normalización del horror». El momento en que lo que hace seis meses te habría parecido completamente inaceptable empieza a parecerte simplemente… la realidad. Lo que hay. Lo que es.

¿Por qué nadie lo paró?

Esta es la pregunta que nos haremos. Que ya nos estamos haciendo, en realidad, porque esto no es futuro puro: muchas de estas piezas ya están en movimiento.

¿Por qué nadie lo paró?

La respuesta honesta es incómoda. Porque mucha gente lo vio venir y pensó que era exagerado. Porque los medios necesitaban equilibrio y no podían decir que un lado era simplemente un peligro para la democracia sin parecer partidistas. Porque la izquierda se entretuvo demasiado tiempo discutiendo entre ella, peleando por la pureza ideológica, decidiendo quién era suficientemente progresista y quién no.

Porque en Europa —en España— miramos desde lejos y dijimos «es que América es otro mundo» y nos fuimos a cenar.

Porque Bannon y los suyos fueron pacientes. Extraordinariamente pacientes. Trabajaron durante décadas, controlaron escuelas locales, luego juntas electorales de condado, luego legislaturas estatales. Construyeron desde los cimientos hacia arriba mientras la izquierda miraba las elecciones presidenciales como si fueran lo único que importara.

Y porque las democracias tienen un defecto estructural terrible: son muy buenas protegiendo los derechos de quienes quieren destruirlas. La libertad de expresión protege al que predica su eliminación. La libertad de organización protege a quien se organiza para acabar con ella.

El Cuento de la Criada no empieza con un golpe. Empieza con gente razonable que piensa que está siendo razonable.

El final que todavía podemos evitar

Esta segunda parte termina aquí. En este punto exacto.

Porque la diferencia entre la ficción y la realidad es que la ficción ya está escrita. La realidad todavía no.

Todavía estamos en el capítulo donde se puede cambiar el final. Donde las piezas están en movimiento pero ninguna ha llegado a su posición definitiva. Donde Bannon sigue siendo un agitador con podcast y no el arquitecto de un sistema consumado.

Pero la ventana no estará abierta para siempre.

Las distopías no llegan de golpe. Llegan como esto. Como una noticia que te parece exagerada. Como una ley que suena a tecnicismo. Como unas elecciones con poca participación de las que nadie habla demasiado. Como un artículo que lees un sábado por la mañana y que piensas que quizás es demasiado alarmista.

Ofelia, la protagonista del Cuento de la Criada, tiene una frase que me persigue desde que la leí: «No debería haberme sorprendido. Las señales estaban ahí.»

Las señales están ahí.

La pregunta es qué hacemos con ellas.

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3 respuestas a “El plan Bannon: una visión prospectiva”

  1. Gran artículo y gran historia en la segunda parte que se acercaría mucho a la realidad.
    Hay una frase de Fromm en El miedo a la libertad que dice: «La victoria de la libertad solo es posible si la democracia no retrocede ante el fascismo bajo cualquiera de sus disfraces».
    Un saludo

  2. Muy buena reflexión, Javier. Para echarse a temblar. Lo que hoy parece aún una utopía, mañana puede ser una realidad. Tremendo. En España la derecha y la ultraderecha ya siembran también las dudas sobre los procesos electorales, pero callan cuando los resultados les son favorables.
    Alguien dijo ya que el neofascismo vendría disfrazado de libertad. Creo que estamos muy cerca de que eso pueda ocurrir. Y esa realidad exige aparcar diferencias y priorizar la batalla de los que tienen como objetivo cargarse la democracia.

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