Vox fagocita al PP: crónica de una derechización anunciada
Hay una vieja fábula que viene al pelo. La de la rana metida en agua templada que no se da cuenta de que la están cociendo. Pues bien, el Partido Popular lleva meses sumergido en un caldo que sube de temperatura cada semana, y lo curioso es que nadie en Génova parece querer saltar de la olla.
Porque lo que está pasando con el PP de Alberto Núñez Feijóo ya no se puede describir como un giro puntual, ni como una estrategia electoral pasajera. Es algo más profundo. Más estructural. Lo que estamos presenciando —y lo voy a decir sin rodeos— es la absorción ideológica del principal partido conservador español por los postulados de la extrema derecha. Vox no necesita ganar las elecciones. Le basta con ganar el relato. Y vaya si lo está consiguiendo.
De la moderación gallega al grito de Génova
Cuando Feijóo aterrizó en Madrid a finales de 2022, venía envuelto en el aura del político pragmático. El gestor tranquilo de Galicia. El hombre que iba a devolver al PP al centro-derecha europeo, a la sensatez institucional, al diálogo de Estado. La promesa era clara: reconstruir una derecha «homologable».
¿Qué queda de aquello? Prácticamente nada.
La presión de Vox por un lado y el protagonismo desmesurado de Isabel Díaz Ayuso por otro han ido erosionando ese capital político hasta dejarlo irreconocible. El PP de hoy no solo ha abandonado cualquier intento serio de interlocución institucional con el Gobierno —salvo la renovación del CGPJ—, sino que ha abrazado una oposición de trinchera donde la crispación ocupa el lugar del debate y la deslegitimación del adversario se ha convertido en estrategia central.
La ponencia política aprobada en el XXI Congreso Nacional del PP lo certifica. Un partido que en 2017 reconocía el cambio climático, defendía la cooperación internacional, apostaba por la vivienda pública y hablaba de la migración como oportunidad… ahora combate activamente esos mismos valores. No es que los haya matizado. Es que les ha dado la vuelta como un calcetín.
Inmigración: el campo de batalla donde PP y Vox ya son indistinguibles
Si hay un tema donde la fagocitación es más evidente, ése es la inmigración. Y aquí hay que ser muy claros: lo que el PP está haciendo no es «endurecer su discurso». Es copiar, punto por punto, el argumentario de Vox. Solo que con eufemismos.
Feijóo presentó en octubre de 2025 su Plan de Inmigración con un lema que sonaba como salido de un mitin de Abascal: «La nacionalidad española no se regala, se merece». Habló de deportaciones —aunque prefirió llamarlas «pérdida de residencia»—, de «visados por puntos», de exigencias lingüísticas y culturales, y de cómo no iba a permitir que la política migratoria convirtiera barrios enteros en «lugares irreconocibles».
¿Te suena? Normal. Es el mismo marco mental que Vox lleva años construyendo.
Y luego están los bulos. Las mentiras directas. Feijóo dijo en Murcia que bastaba con empadronarse para cobrar el Ingreso Mínimo Vital. La Seguridad Social y la Agencia EFE lo desmintieron: solo entre el 12 y el 17% de los perceptores del IMV no han nacido en España. La plataforma Maldita.es lleva años desmontando la narrativa de los «MENA» como amenaza, esos supuestos adultos que dicen ser menores para evitar la expulsión. Algo que jamás se ha probado.
Pero da igual. El bulo ya cumplió su función. Se lanzó, se amplificó, caló en una parte de la opinión pública… y a otra cosa. El propio Feijóo, desde Bruselas, acaba de vincular la regularización de migrantes con posibles atentados terroristas derivados de la guerra de Irán. Una afirmación sin base real —las normas europeas no permiten la libre circulación de personas extracomunitarias solo por tener permiso de trabajo— pero que alimenta el miedo. Exactamente la misma receta que usa Vox.
La paradoja es brutal: el PP votó en 2024 a favor de tramitar la Iniciativa Legislativa Popular sobre regularización. Y ahora, arrastrado por la competición con Vox, se opone frontalmente a ella. Coherencia, la justa.
Los datos no mienten: el giro alimenta a Vox, no lo frena
Aquí viene lo realmente revelador. El PP endurece su discurso con la esperanza de arrebatar votantes a Vox. Pero los números dicen exactamente lo contrario.
Según una encuesta de Sigma Dos, el 14,5% de quienes votaron al PP en julio de 2023 cambiarían ahora su papeleta por la de Vox. Más de un millón de personas. Hace un año, esa cifra era apenas del 6,3%. Es decir: cuanto más se parece el PP a Vox, más votantes piensan «¿para qué votar a la copia si puedo votar al original?».
Es la trampa perfecta. Un círculo vicioso del que Feijóo no sabe —o no quiere— salir. Y mientras tanto, Vox crece. En las recientes elecciones de Castilla y León, la extrema derecha ha alcanzado su porcentaje de voto más alto en cualquier cita electoral. En Extremadura y Aragón, el repunte ha sido evidente. El PP gana, sí, pero cada vez es más dependiente de Abascal para gobernar.
La portavoz del PSOE lo resumió con claridad: «Me sorprende que esté todo el mundo tan contento en el PP, cuando elección tras elección son más dependientes del señor Abascal».
Ir al exterior a hablar mal de tu propio país
Pero hay algo que a muchos nos resulta especialmente difícil de digerir. Y es ver al líder de la oposición viajando a Bruselas no para defender los intereses de España, sino para atacar a su propio Gobierno ante los socios europeos.
Lo ha hecho esta misma semana, en vísperas del Consejo Europeo. Feijóo ha afirmado ante líderes del PPE que ha «percibido preocupación» por la deriva del Gobierno español. Ha dicho que España recibe «felicitaciones y aplausos de Hamás y Hezbolá». Ha calificado la política exterior del Ejecutivo como «un disparate absoluto». Ha asegurado que Sánchez está «alejando a España de las democracias occidentales».
Pensemos un momento en lo que eso significa. Cuando Estados Unidos amenazó a España con cortar relaciones comerciales tras la negativa a permitir el uso de las bases de Rota y Morón para atacar Irán, la respuesta de Feijóo no fue cerrar filas con su país. Fue cargar contra el Gobierno en redes sociales y dar argumentos a Trump. No existe en las democracias europeas consolidadas un líder de la oposición que haga algo así con tanta naturalidad.
Y sobre la guerra de Irán, el espectáculo ha sido de manual. Feijóo empezó felicitándose por los ataques y la muerte del líder supremo iraní. Dieciocho días de bombardeos después, cuando las encuestas dejaron claro que la sociedad española rechazaba la guerra, viró hacia un «no a la guerra» lleno de matices, condiciones y reproches. Un «no» que no es un «no». Un posicionamiento diseñado no para defender la paz, sino para desgastar al Gobierno.
Como ha señalado algún analista: no busca liderar un consenso nacional sobre el conflicto, sino usar la guerra como palanca política. Mientras, Francia, Italia y hasta Alemania —cuyo canciller Merz lidera el partido hermano del PP— adoptaron posiciones similares a las de España. Pero eso Feijóo prefiere no contarlo.
El espejo europeo: lo que otros no hacen
Y aquí es donde la excepcionalidad española se vuelve más preocupante. En Alemania, Friedrich Merz ha reiterado públicamente su negativa a pactar con la ultraderechista AfD, incluso tras las victorias de esta formación. En Polonia, Donald Tusk devolvió el gobierno a los partidos democráticos tras años de autoritarismo, comprometiéndose con una agenda clara de aislamiento de la ultraderecha.
En España, en cambio, no hay cordón sanitario. Hay pasillos alfombrados. PP y Vox ya se repartieron el poder en más de 150 ayuntamientos y seis comunidades autónomas tras las elecciones de 2023. Y ahora, con tres nuevas comunidades en negociación —Castilla y León, Extremadura y Aragón—, la simbiosis se profundiza.
La derecha española ya no se enfrenta al dilema moral de pactar con la extrema derecha. Simplemente, ha dejado de considerarla extrema.
¿Quién manda realmente en el PP?
Hay una pregunta que sobrevuela todo esto y que cada vez tiene una respuesta más incómoda: ¿quién marca realmente la agenda del PP? ¿Feijóo… o Ayuso?
La presidenta madrileña no solo impone el tono, sino también la agenda cultural y política del partido. Confrontación permanente, deslegitimación del adversario, y una retórica que conecta sin complejos con los postulados de Vox. Cuando habla de inmigración, distingue entre la «hispana» —que no considera inmigración— y la de menores musulmanes, sobre los que no tiene reparo en decir que «mienten sobre su edad para dar vueltas por Europa».
Feijóo aparece cada vez más como un líder condicionado. Incapaz de imponer un relato propio. Atrapado entre una base militante que mira a Ayuso, un electorado que se escora hacia Vox, y unos barones moderados que observan con inquietud pero callan.
El fondo de la cuestión
Lo que está en juego no es solo la identidad de un partido. Es la calidad de nuestra democracia. Cuando el principal partido de la oposición adopta el marco mental de la extrema derecha —en inmigración, en política exterior, en la relación con las instituciones—, el espectro político entero se desplaza.
Vox no necesita llegar a la Moncloa. Ya ha conseguido algo quizá más valioso: que sus ideas gobiernen a través de otros. Que el PP diga en lenguaje institucional lo que Vox grita en la calle. Que el debate sobre derechos, convivencia e integración quede envenenado por bulos que nadie se molesta en desmentir con la misma energía con que se difunden.
La rana sigue en el agua. Y la temperatura no para de subir.