Feijoo, un cadaver político
Política

Feijoo, un cadaver político

◆   25 de septiembre de 2025  ·  Javier Ledo

En la política española abundan los cadáveres que caminan, figuras que se mantienen en pie gracias al impulso de unas siglas, a la fidelidad de los aparatos y a la inercia de los medios de comunicación. Alberto Núñez Feijóo, presidente del Partido Popular, es el último exponente de esa estirpe: un político que llegó a Madrid con la aureola de “moderado” y “gestor solvente”, y que hoy sobrevive a base de titulares forzados y de una oposición convertida en ruido vacío.

Su recorrido como líder del PP es la crónica de un espejismo. En apenas dos años ha pasado de ser el hombre llamado a desalojar al PSOE de La Moncloa a convertirse en un político amortizado, atrapado entre las inercias reaccionarias de su partido y la falta absoluta de un proyecto de país.

El mito del “buen gestor gallego”

Feijóo desembarcó en la política estatal en 2022, tras la defenestración de Pablo Casado. El relato mediático de la derecha lo presentó como un “gestor tranquilo”, heredero de la tradición gallega de Manuel Fraga y del pragmatismo de los barones autonómicos. Se repetía sin descanso que había ganado cuatro mayorías absolutas en Galicia, como si ese expediente fuera suficiente para gobernar un país entero.

Pero la realidad es que Feijóo construyó su poder en Galicia sobre una base peculiar: una sociedad envejecida, con baja movilización social y con una red clientelar consolidada tras décadas de hegemonía conservadora. Su “modelo” era más bien un régimen local sostenido por la televisión autonómica, las subvenciones a los medios, la dependencia económica de las diputaciones y la resignación de una parte importante de la ciudadanía.

El supuesto “gestor” no fue más que un administrador dócil de intereses económicos: privatizó la sanidad gallega a golpe de conciertos, precarizó los servicios públicos y nunca planteó un horizonte de modernización productiva. La Galicia que dejó atrás estaba marcada por la emigración juvenil, el vaciamiento rural y la dependencia de sectores primarios sin valor añadido.

La travesía hacia Madrid

El salto a la política estatal se produjo en un contexto peculiar: la guerra interna entre Casado y Ayuso había dejado al PP al borde del colapso. Feijóo fue visto como el “hombre de consenso”, el barón tranquilo que podía recomponer la disciplina. Se presentó como el líder capaz de devolver al PP la centralidad perdida, de disputar a Pedro Sánchez el voto moderado.

Los primeros meses parecieron darle la razón: las encuestas lo situaban en cabeza, la prensa conservadora lo trataba con guantes de seda y se instaló la sensación de que la Moncloa estaba a tiro. Sin embargo, la realidad pronto se impuso. Feijóo carecía de discurso propio, y cuando intentaba improvisar uno, tropezaba en contradicciones. Sus lapsus parlamentarios, sus salidas de tono y su escaso dominio de la política estatal lo retrataron como lo que era: un político provincial sin talla de estadista.

El abrazo con la ultraderecha

La primera gran prueba llegó con las elecciones autonómicas y municipales de 2023. El PP logró un buen resultado, pero inmediatamente se vio obligado a pactar gobiernos con Vox en comunidades clave: Castilla y León, Extremadura, Comunidad Valenciana. Lo que se vendía como “moderación” se convirtió en una foto fija de Feijóo arrodillado ante Abascal, dispuesto a regalar poder a la ultraderecha con tal de arañar sillones.

Su pretendida “centralidad” se evaporó. El PSOE y Sumar encontraron en esa alianza un filón para movilizar al electorado progresista. Y la campaña electoral de las generales de 2023 se convirtió en un plebiscito: o un gobierno democrático plural de izquierdas o un bloque reaccionario con Vox en la sala de mandos.

El resultado fue claro: Feijóo ganó en votos, pero perdió la investidura. En democracia, gobernar no es cuestión de titulares, sino de mayorías parlamentarias, y el PP no tenía ninguna. La foto de Feijóo fracasando en su intento de ser investido fue el símbolo perfecto de su impotencia política.

El fracaso en la investidura

En septiembre de 2023, el líder popular se presentó en el Congreso con la esperanza de sumar apoyos suficientes para ser presidente. No lo logró. Las fuerzas nacionalistas —PNV, Junts, ERC, Bildu— le dieron la espalda, conscientes de que el PP sigue anclado en un discurso recentralizador y hostil a la diversidad plurinacional del Estado.

Feijóo intentó presentarse como un defensor de la Constitución, pero lo que mostró fue su absoluta incapacidad para dialogar con la España real, esa que no cabe en los moldes de Génova 13. Tras dos votaciones fallidas, salió del Congreso convertido en lo que hoy es: un cadáver político que sigue moviéndose porque no hay nadie en el PP dispuesto, de momento, a darle la puntilla.

La oposición del ruido

Desde entonces, la estrategia de Feijóo se ha reducido a un único guion: gritar. Gritar contra la amnistía, gritar contra Sánchez, gritar contra cualquier acuerdo que sostenga al Gobierno de coalición. El PP ha pasado de proponer políticas a convertirse en una máquina de generar ruido mediático.

El problema es que el ruido desgasta a quien lo emite. La ciudadanía empieza a percibir al PP como un partido incapaz de aportar soluciones, enredado en sus propias contradicciones. Mientras el Gobierno avanza con medidas sociales, laborales y fiscales, la oposición de Feijóo se limita a alimentar tertulias televisivas con exabruptos y titulares vacíos.

El cerco de Ayuso

A todo esto se suma un factor interno que agrava su debilidad: Isabel Díaz Ayuso. La presidenta madrileña, protegida por la derecha mediática más radicalizada, actúa como un poder en la sombra, desafiando a Feijóo con cada gesto y con cada discurso. Mientras él intenta mantener una fachada de “moderación”, Ayuso dispara contra Sánchez con insultos y descalificaciones, arrastrando al PP a posiciones ultras.

El liderazgo de Feijóo se convierte así en una ficción: no controla su partido, no marca la agenda y vive pendiente de las puñaladas internas. Muchos dirigentes populares lo ven ya como un candidato de transición, un puente hacia un futuro en el que Ayuso o algún otro barón intente disputar la jefatura.

La estrategia del cuanto peor, mejor

El PP de Feijóo se ha instalado en la táctica del bloqueo permanente. Incapaz de ganar mayorías, se dedica a torpedear la acción de gobierno: judicializa la política, alienta manifestaciones de ultraderecha, cuestiona la legitimidad del Parlamento y coquetea con discursos golpistas.

El cálculo es sencillo: desgastar al Ejecutivo a cualquier precio, aunque eso suponga deteriorar las instituciones y alimentar la crispación social. Feijóo ha renunciado a ser un líder de Estado y se ha convertido en un agitador más, un vocero del cuanto peor, mejor.

Pero esa estrategia también tiene costes. Una parte de la sociedad española, cansada de la bronca permanente, percibe al PP como un partido irresponsable, incapaz de asumir su papel en un sistema democrático que exige pactos y acuerdos.

El ocaso inevitable

Hoy, Feijóo se encuentra en una encrucijada sin salida. Su imagen pública se ha deteriorado, sus contradicciones internas se multiplican y su proyecto político es inexistente. No tiene programa económico más allá de bajar impuestos a los ricos, no tiene propuesta territorial más allá de recentralizar competencias, no tiene visión social más allá de recortar derechos.

Cada intervención en el Senado o en el Congreso confirma la sospecha: estamos ante un líder agotado, que se sostiene por pura inercia mediática y porque nadie en su partido se atreve, todavía, a descabalgarlo. Pero su final político está escrito. Como antes Rajoy, como antes Casado, Feijóo caerá. La cuestión es cuándo.

El papel de los medios

Un factor clave en la supervivencia artificial de Feijóo ha sido el blindaje mediático de la prensa conservadora. Editoriales, tertulias y columnas se han esforzado en mantener la imagen del “líder moderado”, minimizando sus errores y amplificando cualquier tropiezo del Gobierno.

Sin embargo, la maquinaria propagandística tiene límites. El paso del tiempo erosiona los relatos ficticios. Y el propio Feijóo, con sus torpezas constantes y su dependencia de Vox, ha dinamitado la credibilidad de ese relato.

El cadáver que camina

Feijóo es, hoy, un cadáver político. Un dirigente que llegó a Madrid con promesas de renovación y que se ha convertido en el símbolo de la impotencia de la derecha española. No lidera, no propone, no gobierna. Solo sobrevive, arrastrado por un partido dividido y por una ultraderecha que marca la agenda.

España se enfrenta a retos históricos: la transformación ecológica, la modernización productiva, la defensa de los servicios públicos, la construcción de un modelo federal y plurinacional. Y mientras tanto, el principal partido de la oposición sigue anclado en un pasado reaccionario, dirigido por un líder sin ideas ni coraje.

La historia de Feijóo al frente del PP no es la historia de un estadista frustrado. Es, simplemente, la historia de un cadáver político que aún respira gracias a los respiradores mediáticos, pero cuyo entierro ya está anunciado.

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