Donald Trump regresó a la Asamblea General de Naciones Unidas para hacer lo que mejor sabe: provocar, insultar y distorsionar la realidad. Su discurso, plagado de amenazas y frases efectistas, fue menos un mensaje a la comunidad internacional que un mitin de campaña camuflado en un foro global. Una vez más, el expresidente demostró que prefiere incendiar puentes antes que tenderlos.

Migración: el eterno chivo expiatorio
Trump repitió su libreto de siempre: culpar a los migrantes de todos los males. Según él, “están destruyendo países enteros”. La evidencia dice lo contrario. La migración sostiene economías, rejuvenece sociedades envejecidas y aporta dinamismo cultural y laboral. Pero el expresidente no busca datos: busca miedos. En su narrativa, los migrantes son hordas invasoras, un monstruo que amenaza con devorar la civilización. La realidad es que son trabajadores, estudiantes, familias que huyen de la guerra o del hambre. Convertirlos en enemigos es tan cruel como políticamente rentable.
Cambio climático: la negación como dogma
Llamar al cambio climático “una estafa” es más que ignorancia: es irresponsabilidad criminal. Los datos son claros, los desastres climáticos se multiplican, y negar la crisis solo retrasa la acción que el planeta necesita con urgencia. Trump prefiere caricaturizar la transición energética como una conspiración “verde” que arruina empleos, cuando en realidad es la vía más segura para generar nuevas industrias, proteger la salud y evitar catástrofes futuras. Su postura no solo contradice a la ciencia: condena a las próximas generaciones.
La ONU: entre el desprecio y la necesidad
Trump ridiculizó a Naciones Unidas, tildándola de inútil, burocrática y llena de “palabras vacías”. Lo curioso es que, acto seguido, afirmó que Estados Unidos “está 100 % detrás” del organismo. Esa contradicción resume su estilo: deslegitimar lo que no controla, atacar lo que necesita, debilitar lo que le resulta incómodo. Sí, la ONU es imperfecta, pero es la única mesa en la que se sientan casi todos los países del mundo. Dinamitarla es dinamitar uno de los pocos espacios donde aún es posible el diálogo global.
Una visión estrecha para un mundo complejo
Trump insiste en su mantra de “America First”, como si los problemas del siglo XXI pudieran resolverse levantando muros y cerrando fronteras. La pandemia demostró lo contrario: sin cooperación internacional no hay salida. Lo mismo ocurre con el cambio climático, las crisis migratorias o el terrorismo. El aislacionismo de Trump no es una estrategia: es una huida hacia adelante, un discurso que reduce los desafíos globales a una batalla cultural contra enemigos imaginarios.
El ruido por encima de las soluciones
El discurso de Trump en la ONU no ofreció propuestas, solo enemigos. No trazó un camino, solo dibujó amenazas. Es el mismo guion de siempre: dividir, polarizar, encender titulares. Para su base, funciona; para el resto del mundo, es un espectáculo vacío.
La Asamblea General es un lugar para imaginar soluciones colectivas, no un escenario para alimentar resentimientos internos. Lo que Trump ofreció fue un insulto a la diplomacia y una ofensa a la inteligencia. Si algo quedó claro en su intervención, es que para él el ruido siempre vale más que los resultados.