Madrid, la ciudad «castiza» fundada por los árabes
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Madrid, la ciudad «castiza» fundada por los árabes

◆   2 de junio de 2026  ·  Javier Ledo

Hay una frase que recorre la cultura oral de Madrid desde hace siglos, transmitida en verso como si fuera un conjuro: «Madrid, castillo famoso, que al rey moro alivia el miedo.» Lo escribió Moratín. Y lo curioso es que nadie parecía escandalizarse demasiado. La ciudad más española de España, capital del reino, símbolo del poder castellano… fundada por los árabes. Ahí está, en los propios versos que cantaban los madrileños de otra época.

Y sin embargo, hoy ese dato sigue siendo para muchos una sorpresa. Una incomodidad, casi. Como si la historia hubiera decidido gastar una broma larga y elaborada.

Mayrit nació del agua

Antes del siglo IX, donde hoy está Madrid no había nada que mereciera llamarse ciudad. Campo, viento, la meseta abierta… y agua. Mucha más agua de la que imaginamos hoy.

Fue el Emir Mohamed I de Córdoba quien fundó el primer asentamiento permanente, levantando una atalaya en el valle medio del río, justo donde se encuentra ahora el Palacio Real. Su función era vigilar el paso hacia el puerto de Guadarrama. Una posición estratégica de primera. Madrid era un enclave militar formado por la Almudaina —del árabe al-mudayna, ciudadela— y por la Medina, los barrios intramuros. La posición era inmejorable: setenta metros de altura sobre el río Manzanares.

No era una ciudad de comercio ni de cultura, al menos al principio. Era un puesto de vigilancia. Un punto en el mapa de la frontera.

Mayrit formaba parte de la Marca Media de los territorios fronterizos de Al-Ándalus, cuya capital era Toledo. Una franja larga y tensa que cruzaba la Península de oeste a este, llena de atalayas, castillos y pequeños núcleos de población que vivían con un ojo puesto en el horizonte.

Y el nombre… el nombre lo dice todo. Existen dos hipótesis sobre el significado de Mayrit. Por un lado, podría venir del árabe Mayra —madre o matriz— con el sufijo it que indica lugar. Por otro, podría ser un híbrido entre el árabe Maǧra, cauce o curso de agua, y ese mismo sufijo romance, dando como resultado algo así como «lugar abundante en aguas».

Agua. Siempre el agua. Hay investigadores que incluso proponen que el origen del nombre es anterior al periodo musulmán, remontándose a un asentamiento visigodo llamado Matrice, madre de aguas, en referencia a una gran fuente de la que emanaba un arroyo hacia el Manzanares. Después llegaron los árabes, vieron el potencial del lugar, y levantaron su ciudad encima. O más bien… debajo. Porque lo que más les interesaba estaba bajo tierra.

Como maestros en la canalización de aguas, emplearon diversas técnicas: la noria, las acequias, los canales, las albercas, y el qanat, o aprovechamiento de las aguas subterráneas a través de la conducción. Esas galerías subterráneas, construidas en el siglo IX, siguieron dando agua a los madrileños durante siglos. Generaciones y generaciones bebiendo del ingenio árabe sin saberlo.

El lema que nadie recuerda —y que lo explica todo

Aquí viene algo que me parece alucinante. Y que pocos madrileños conocen.

En el siglo XII, tres siglos después de la fundación, aparece el primer emblema de Madrid. Su lema decía: «Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón.»

Párate un momento. La propia ciudad, en su primer símbolo oficial, está reconociendo que fue construida sobre aguas subterráneas árabes. Y los «muros de fuego»… hacen referencia a las murallas construidas con piedras de sílex o pedernal, un tipo de cuarzo extremadamente duro. De noche, cuando las flechas de los atacantes cristianos chocaban contra ese sílex, saltaban chispas. Literalmente, muros que echaban fuego.

Ese lema todavía puede verse en el centro de la ciudad. Está ahí, a la vista, para quien quiera mirarlo. La ciudad hablando de sí misma, reconociendo su origen en piedra y en agua árabe.

La osa, las estrellas y el astrónomo olvidado

Todos conocemos el escudo de Madrid. La osa apoyada en el madroño, con estrellas encima. Tan familiar que ya casi no lo vemos.

Pero esas estrellas… no están ahí por casualidad.

La primera referencia histórica a la osa del escudo data de en torno al año 1212, en la enseña que las milicias de Alfonso VIII llevaron a la batalla de las Navas de Tolosa. Aparecía una osa con siete estrellas que hacen referencia a la constelación de la Osa Mayor, en respuesta a la gran importancia que tuvo la astronomía en Madrid desde sus orígenes.

¿Y por qué era Madrid un lugar importante para la astronomía? Pues porque de allí salió uno de los grandes intelectuales del mundo islámico medieval. Maslama al-Mayriti, conocido como «el Euclides de España», fue un gran astrónomo, intelectual destacado del Califato, y polígrafo hispanoárabe nacido en la actual capital de España. Un hombre que llevaba en su propio apellido el nombre de su ciudad: al-Mayriti, el de Mayrit. El madrileño.

No se habla de él en los colegios. No tiene una estatua en la Gran Vía ni un nombre de calle demasiado visible. Pero fue uno de los grandes sabios de su época. Y era, para entendernos, de Madrid.

El dicho popular «De Madrid, al cielo» cobra otra dimensión cuando sabes esto, ¿verdad? No es solo presunción castiza. Es un eco de siglos mirando al cielo desde esa meseta.

San Isidro: ¿el santón bereber de la Puerta de los Moros?

Y ahora viene el capítulo más sorprendente de todos. El que más levanta cejas. El que, si lo cuentas en una cena de madrileños castizos, provoca un silencio incómodo seguido de un «¿en serio?»

San Isidro Labrador. El patrón de Madrid. El santo del 15 de mayo, las chulapas, la pradera, las rosquillas tontas y las rosquillas listas. El icono más reconocible del imaginario castizo madrileño. Pues bien… hay investigadores serios que proponen que San Isidro podría tener origen islámico.

Lo que conocemos de San Isidro, cuya beatificación y nombramiento como patrón fue promocionado por Felipe II cuando trasladó la corte a Madrid, proviene de la tradición oral en la que confluyen mitología y realidad. Las fuentes escritas son tardías, contradictorias, y no siempre fiables.

La historiadora Matilde Fernández Montes, en un estudio detallado sobre la figura de San Isidro en el códice de Juan Diácono, comparándola con las biografías de santos musulmanes de la época, afirma que solo se puede verificar que en el siglo XIII se documentó la historia de una figura más bien legendaria que supuestamente existió un siglo antes, y que podría incluso ser anterior, ya que se transmitió únicamente por tradición oral.

¿Y por qué sospechan que podría ser de origen islámico? Porque el perfil encaja muy mal con los santos cristianos de la época. En aquel periodo histórico, los santos cristianos respondían al perfil de eclesiásticos u hombres de familia noble, cuyos milagros se vinculaban a la oración. En cambio, los santos musulmanes, especialmente los de origen bereber o amazigh, procedían de la clase trabajadora y sus milagros estaban relacionados con sus actividades laborales.

San Isidro es un campesino. Un laico. Un hombre casado que alcanza la santidad a través de milagros agrícolas. Eso, en el contexto cristiano medieval, es rarísimo. Investigadores e historiadores han identificado en él características propias de la religión islámica, donde se realzan valores como el matrimonio y el trabajo esforzado. Fernández Montes encuentra paralelismos directos con la figura del Wali islámico, el santón protector y ayudante.

Y hay más. La arqueología ha revelado la existencia de un barrio islámico de campesinos de origen bereber, durante los siglos X, XI y XII, en el lugar donde fue enterrado el cuerpo de San Isidro. También es significativo que esa zona se llamara «Puerta de los Moros» tras la toma de Mayrit por Alfonso VI.

El nombre en árabe de Isidro, por cierto, sería Driss. Y recuerda aquel primer lema de la ciudad: «por Driss patronada». Ahí estaba, escondido a plena vista, desde el siglo XII.

La muralla que aún está en pie

De toda esa Madrid árabe, queda un testigo físico que cualquiera puede ir a ver. Aún permanecen vestigios de la gran muralla árabe de Madrid, considerada la construcción en pie más antigua de la capital, con una extensión de nueve hectáreas.

Está en la Cuesta de la Vega, junto al parque que lleva el nombre del Emir Mohamed I. Si alguna vez has pasado por allí y no te has parado a mirarla de verdad, vale la pena hacerlo. Esos bloques oscuros de pedernal llevan ahí desde el siglo IX. Más de mil años. Han visto pasar a los castellanos de Alfonso VI, a los tercios de Felipe II, a los franceses de Napoleón, a los milicianos de la República, a los turistas con selfie stick del siglo XXI.

Y siguen en pie. Callados, pero ahí.

Lo «castizo» y sus raíces inesperadas

Hay una paradoja preciosa en todo esto.

La palabra castizo evoca lo más genuino, lo más puro, lo más auténtico de Madrid. El acento del barrio, el chulismo desenfadado, el orgullo de ser de aquí. Y sin embargo, cuanto más rascas en esa identidad castiza, más árabe encuentras debajo.

El nombre de la ciudad: árabe. El primer lema: habla de agua árabe y murallas de sílex árabe. El escudo, con sus estrellas: homenaje a un astrónomo árabe nacido aquí. La patrona, la Almudena: nombre árabe. El patrón, San Isidro: posiblemente de origen bereber. Las calles más antiguas y laberínticas: trazado árabe.

Y el dicho más madrileño de todos, «de Madrid, al cielo», podría ser un eco de aquellos astrónomos que miraban las estrellas desde esta meseta hace más de mil años.

No es que Madrid sea una ciudad árabe. Es que Madrid es las dos cosas a la vez, y muchas más. Es la suma de todas las manos que la construyeron, todos los idiomas que sonaron en sus calles, todas las culturas que dejaron algo antes de marcharse —o de quedarse.

Una historia que aún no se cuenta del todo

Sería ingenuo no reconocerlo: durante siglos, España construyó su identidad nacional mirando hacia otro lado. La limpieza de sangre, el catolicismo como seña de identidad, la Reconquista como relato fundacional… Todo ese discurso necesitaba minimizar, cuando no borrar directamente, los siglos de presencia árabe en la Península.

Madrid encaja perfectamente en esa paradoja. La capital del reino, el símbolo más visible del poder español, fue fundada por el emirato de Córdoba. Y durante mucho tiempo, eso simplemente no se enseñaba. O se mencionaba de pasada, como una anécdota menor, sin detenerse en lo que realmente implica.

Hoy la historia es más honesta. El parque del Emir Mohamed I existe. Los restos de la muralla están protegidos. El Centro de Estudios del Madrid Islámico, impulsado por la FUNCI, lleva años recuperando y difundiendo esta memoria. Pero en el imaginario popular, en la identidad de chulapos y verbenas, ese origen sigue siendo para muchos un dato raro. Casi una curiosidad exótica.

Cuando debería ser exactamente lo contrario: una razón de orgullo. La prueba de que Madrid, desde antes de llamarse Madrid, fue un lugar donde confluían culturas, saberes e ingenios distintos. Que su grandeza no vino a pesar de esa mezcla, sino gracias a ella.

Para terminar

Hay un verso antiguo que resume todo esto mejor que cualquier análisis. El primer lema de Madrid, el del siglo XII, el que todavía se puede leer en el centro de la ciudad:

«Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son.»

Agua árabe. Muros de sílex árabe. Una osa mirando a las estrellas de un astrónomo árabe. Un santo patrón que quizás rezaba mirando a La Meca. Y encima de todo eso, siglos y siglos de historia cristiana, castellana, imperial, moderna… que no borraron nada, sino que simplemente añadieron capas.

Madrid es eso. Una ciudad que lleva su contradicción en el nombre desde hace más de mil años. Que es castiza y árabe al mismo tiempo, sin que una cosa quite nada a la otra.

Al contrario.

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