«La sociedad es un ecosistema frágil. Si se deslumbra a la gente con las mentiras correctas, al final se volverá ciega ante la locura que tiene delante de las narices.»
Esta frase no necesita explicación. No habla de teorías ni de historia lejana. Habla de hoy. De lo que está pasando mientras lees esto.
Y lo más inquietante no es la frase en sí… sino que, si miras alrededor, cuesta poco encontrar los ejemplos.
El ecosistema que nadie cuida
Piensa en un bosque. Un bosque sano tiene árboles de distintas alturas, hongos en el suelo, insectos que parecen inútiles pero mantienen todo en equilibrio. Es complejo, sí. Pero esa complejidad es precisamente lo que lo hace resistente. Cuando algo falla, el sistema lo absorbe, lo compensa.
Una sociedad funciona igual.
La diversidad de opiniones, la prensa independiente, los jueces que no deben favores a nadie, las instituciones que frenan los abusos del poder… todo eso parece burocrático y aburrido hasta que desaparece. Y entonces te das cuenta de lo que sostenía.
El problema es que los ecosistemas se destruyen despacio. Tan despacio que a veces no lo ves venir. Un árbol cae. Luego otro. Y un día te despiertas y donde había bosque hay tierra reseca.
El arte de deslumbrar
La derecha y la ultraderecha contemporáneas han aprendido algo que los viejos totalitarismos hacían a martillazos y que ellos hacen con bisturí: no necesitas prohibir la verdad. Solo tienes que hacer que la gente no quiera escucharla.
¿Cómo se consigue eso? Con las mentiras correctas.
No cualquier mentira sirve. Las mentiras torpes se notan, se desmontan, generan anticuerpos. Las mentiras que funcionan son las que aterrizan justo donde duele. Las que validan lo que ya sientes. Las que tienen la textura de lo verdadero aunque estén construidas sobre arena.
«Los inmigrantes te están quitando el trabajo.» Mentira. Pero si llevas tres años con el sueldo congelado y el alquiler disparado… esa frase llega. Conecta. Se instala.
«La ideología de género adoctrina a tus hijos.» Mentira. Pero si sientes que el mundo cambia demasiado rápido y nadie te pregunta cómo te sientes al respecto… esa frase llega. Conecta. Se instala.
«Los medios mienten, solo nosotros decimos la verdad.» Mentira sobre mentiras. Pero si llevas años desconfiando de todo y todos… ¿a quién le vas a dar el beneficio de la duda?
El deslumbramiento no es un flash de luz. Es una luz blanca y constante que, poco a poco, va quemando la retina.
La locura que está delante de las narices
Aquí está la parte que más vértigo da.
Cuando alguien lleva suficiente tiempo mirando esa luz, ya no puede ver bien lo que tiene delante. No porque sea tonto. No porque sea malo. Sino porque sus ojos se han adaptado a una realidad fabricada, y la verdadera les resulta incómoda, borrosa, amenazante.
Hablamos de fenómenos que hace quince años habrían parecido ciencia ficción política. Partidos que niegan el cambio climático ganando elecciones. Líderes que se burlan de los muertos en pandemia y aumentan su popularidad. Discursos que recuperan sin sonrojo vocabulario de los años treinta del siglo pasado… y llenan estadios.
Esto no es una metáfora. Es lo que hay.
Y lo más desconcertante es que mucha gente lo ve. Lo comenta. Se alarma. Y al día siguiente sigue votando igual, consumiendo los mismos canales, repitiendo los mismos argumentos. Porque la ceguera que produce el deslumbramiento no es pasiva. Es activa. Es una ceguera que se elige, aunque no se sepa que se está eligiendo.
El manual no escrito
No existe ningún documento secreto. Ninguna conspiración de película. Lo que sí existe es un conjunto de técnicas que se repiten con una coherencia que asusta.
Primero, atacar la credibilidad de cualquier fuente que pueda contradecirte. La ciencia tiene intereses. Los jueces están comprados. Los periodistas mienten. La universidad adoctrina. Si destruyes la autoridad epistémica de todos, solo queda la tuya.
Segundo, convertir la complejidad en enemigo. Los problemas complejos tienen soluciones complejas, y eso es agotador. Mucho mejor un relato simple: ellos contra nosotros, los de siempre contra el pueblo, los de fuera contra los de aquí. La complejidad marea; la simplicidad tranquiliza. Aunque sea falsa.
Tercero, normalizar lo que antes era inaceptable. No de golpe. Poco a poco. Hoy un comentario que antes habría escandalizado. Mañana una propuesta que habría parecido delirante. Pasado mañana una ley que habría sido impensable. Cada paso es pequeño. El conjunto es un salto al vacío.
Y cuarto, y esto es quizás lo más perverso, hacer que la gente se avergüence de sus propias dudas. Si cuestionas el relato, eres un traidor, un ingenuo, un manipulado por los de siempre. El pensamiento crítico se convierte en sospechoso. La duda, en debilidad.
¿Y entonces qué?
Esta es la pregunta que se queda flotando después de un artículo como este. Porque describir el problema sin asomar aunque sea una rendija de salida parece un ejercicio de nihilismo político, y eso tampoco ayuda.
La rendija existe. Es estrecha, sí. Pero existe.
Los ecosistemas frágiles no se salvan con grandes gestos. Se salvan con cuidado cotidiano. Con pequeñas acciones que parecen insignificantes y que, sumadas, hacen que el sistema aguante.
Eso significa elegir bien dónde pones la atención. No es lo mismo consumir información que buscarla. No es lo mismo creer lo que llega que verificar lo que llega. No es lo mismo dejarse llevar por el algoritmo que decidir, conscientemente, qué quieres que entre en tu cabeza cada día.
Significa también hablar. No gritar, que eso no sirve de nada. Hablar. Con las personas de tu entorno que están empezando a ver borroso. Sin condescendencia, sin triunfalismo. Con la paciencia de quien sabe que las certezas falsas no se deshacen en una conversación, pero sí se van agrietando.
Y significa, sobre todo, no renunciar a la incomodidad de pensar por cuenta propia. Porque la ceguera que describe esta frase no viene de fuera. Nadie te arranca los ojos. La gente los cierra sola, en busca de alivio. Y la única forma de no hacerlo es aprender a tolerar la incertidumbre. A quedarse con las preguntas abiertas. A no necesitar que el mundo sea simple para sentirse seguro en él.
Para cerrar
Los bosques no mueren de un día para otro. Se talan árbol a árbol, y cada árbol que cae parece un incidente aislado hasta que miras atrás y no queda nada.
Las sociedades tampoco. Se erosionan conversación a conversación, elección a elección, silencio a silencio.
La frase con la que empezamos este texto no es un diagnóstico catastrófico. Es una advertencia. Y las advertencias solo sirven si alguien las escucha antes de que sea demasiado tarde.
Así que la pregunta no es si estamos siendo deslumbrados. La pregunta es si todavía podemos parpadear.
Las ideas expresadas reflejan una posición crítica ante el discurso político contemporáneo de la derecha radical y la ultraderecha, basada en la observación de tendencias documentadas en democracias occidentales.