España necesita a gente como ellos. Y no los merece.
Política

España necesita a gente como ellos. Y no los merece.

◆   28 de mayo de 2026  ·  Javier Ledo

Hay una imagen que me ronda desde hace días. Imagina a Gabriel Rufián y a Eduardo Madina sentados en la misma mesa. No en un debate de televisión donde cada uno defiende su trinchera. No. En una mesa de trabajo. Con un café, un mapa político encima, y la misma pregunta compartida: ¿cómo sacamos a este país del atolladero?

Es una imagen irreal. Lo sé. Ellos probablemente también lo saben.

Pero a veces lo irreal es lo único que vale la pena pensar.

Dos tipos que no deberían entenderse… y que se entenderían

Rufián viene de Sabadell. Del mundo obrero catalán, de la rabia contenida, de una generación que creció viendo cómo España se partía por el eje territorial y decidió que lo suyo era el independentismo. Lleva diez años en el Congreso, portavoz de ERC desde 2019, con un estilo que no deja indiferente a nadie: irónico, cortante, capaz de resumir una injusticia en una frase que se clava.

Madina viene de Bilbao. De una familia con memoria obrera también, su padre fue dirigente de UGT en Euskadi, su abuelo era minero. Sufrió un atentado de ETA con 26 años que le costó la pierna izquierda. Y en lugar de convertirse en símbolo del rencor, eligió la política del diálogo. En 2012, el Foro de Davos lo incluyó entre los 192 jóvenes más influyentes del mundo. Luego perdió unas primarias que quizás no perdió limpiamente… y se fue sin decir ni una mala palabra.

Son distintos. Mucho. Pero los dos tienen algo que escasea terriblemente en la política española: credibilidad moral. La que no se compra, la que se gana a golpes de vida.

El problema real que nadie quiere nombrar

España lleva años atrapada en una lógica de bloques que lo envenena todo. A la izquierda del PSOE hay un ecosistema fragmentado, desgastado, que suma votos en teoría pero que en la práctica se devora a sí mismo. Y a la derecha… bueno, la derecha ha encontrado su camino hacia la radicalización con una eficacia que da vértigo.

Rufián lleva meses defendiendo la necesidad de un espacio de ilusión a la izquierda del PSOE que frene a la ultraderecha y que multiplique. La idea es correcta. El diagnóstico es correcto. El problema es que cuando lo dice Rufián, la mitad de España deja de escuchar en cuanto aparece la etiqueta de ERC. Y eso no es justo, pero es real.

Ahí es donde entraría Madina.

Hoy trabaja como director de estrategia en Harmon, dirige el máster en Agenda Pública en ESADE y colabora en El País y la Cadena SER. Es decir: sigue pensando en política, sigue teniendo cosas que decir, pero lo hace desde fuera. Desde un lugar donde nadie le obliga a aplaudir lo que no cree ni a callar lo que piensa. Eso, en este país, vale muchísimo.

Madina tiene lo que Rufián no puede tener: capacidad de hablar a un electorado de centro-izquierda que desconfía de los independentismos, que votó al PSOE por inercia durante décadas y que ahora no sabe muy bien dónde está su sitio.

El complemento perfecto que la realidad no permite

Si existiera un tándem así, ¿cómo funcionaría? Pues imagínalo.

Rufián pondría el fuego. La conexión con la calle, el instinto para el titular, la capacidad de enmarcar un conflicto en términos que la gente entiende. Es un político que sabe cómo llegar, y eso no es poca cosa. Madina pondría la templanza. La solidez intelectual, el tono que genera confianza, la capacidad de convencer a alguien que no está de acuerdo contigo sin hacerle sentir el enemigo.

Uno agita. El otro construye. Uno abre la herida. El otro, sin negarla, busca cómo cerrarla.

Es exactamente lo que le falta a la política española. No más ruido. No más guerras culturales de baja intensidad que entretienen pero no resuelven nada. Sino alguien que tenga la honestidad de señalar los problemas de verdad: la vivienda, la precariedad, el cambio climático, la España vaciada, la desigualdad que no para de crecer… y que lo haga sin que cada discurso acabe siendo un arma arrojadiza entre bloques.

Por qué no va a pasar

Seamos honestos. Cuando Rufián propuso su gran alianza de izquierdas, incluyendo a Sumar, Podemos, Bildu, Más Madrid y otros, su propio partido le frenó. El líder de ERC, Oriol Junqueras, le desautorizó públicamente. La lógica de partido siempre gana. Siempre.

Y Madina lleva años construyendo una vida fuera de la política institucional. Volver tiene un precio personal que no todo el mundo está dispuesto a pagar, y menos aún cuando sabes lo que te espera: las descalificaciones, el ruido, la máquina de destrucción sistemática que activa cada bando en cuanto alguien intenta salirse del guion.

Así que no. No va a pasar. No como tándem explícito, no como proyecto compartido, probablemente ni como conversación pública.

Y eso… eso es exactamente el problema.

Porque este país tiene gente extraordinaria capaz de hacer cosas extraordinarias. Y el sistema político que hemos construido entre todos tiene una habilidad especial para hacer que esa gente o se domestique, o se vaya, o simplemente se quede fuera mirando desde la barrera, escribiendo artículos de opinión que mucha gente lee y nadie en el poder escucha.

Rufián y Madina son, cada uno a su manera, parte de lo mejor que ha dado la política española en los últimos veinte años. Juntos serían algo que este país no sabe si se merece.

Probablemente no.

Pero qué bonito habría sido verlo intentar.

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