Hay cosas que no cambian. El sol sale por el este, el invierno llega después del otoño y el Grupo Prisa, cuando huele el viento cambiar de dirección, ya está mirando cómo recolocar los muebles. Lleva décadas haciéndolo. Y sin embargo, cada vez que ocurre, hay gente que se sorprende. Yo ya no me sorprendo. Pero sí me indigno. Porque una cosa es entender el cinismo y otra es aceptarlo con una sonrisa.
Vamos a hablar claro.
La Cadena SER ha construido durante años una imagen cuidadosamente fabricada: la de la radio progresista, la voz crítica, el bastión del periodismo independiente frente a los poderes fácticos. Horas y horas de tertulia densa, de indignación moral bien calibrada, de miradas al poder con el ceño fruncido. Ángels Barceló presentando Hoy por hoy con esa serenidad que transmitía rigor, compromiso, credibilidad. Una voz que muchos oyentes asociaban con algo que ya escasea: la integridad periodística.
Y de repente, fuera.
Sin explicaciones claras. Sin una despedida a la altura. Como se retira una pieza del tablero que ya no encaja en la nueva partida.
¿Alguien se esperaba esto? Quizás no. ¿Alguien debería habérselo esperado? Absolutamente sí. Porque la SER no es lo que dice ser. Nunca lo ha sido del todo. Y la historia, si uno se toma el trabajo de leerla sin nostalgia, es bastante elocuente.
Retrocedamos a 1992. Ese año, Antena 3 Radio era la emisora más escuchada de España. Había ganado ese lugar legítimamente, a golpe de audiencia, de trabajo, de credibilidad. Tenía nombres propios que la gente seguía con devoción: Manuel Martín Ferrand, José María Garcia, entre otros. Era un proyecto periodístico real, con identidad propia y una base de oyentes que la había elegido libre y voluntariamente.
¿Qué hizo Prisa? Lo que no pudo conseguir por las buenas, lo consiguió por las malas.
A través de maniobras de despacho, de palancas políticas bien engrasadas, de esas negociaciones que nunca salen en los titulares pero que mueven el mundo real, el grupo se hizo con las frecuencias de Antena 3 Radio y las convirtió en Sinfo Radio. Una emisora de música clásica. Bonita, sí. Pero eso no era lo que estaba ahí. Lo que había ahí era una radio que la gente quería, y que alguien decidió que tenía que desaparecer porque competía demasiado.
Aquello fue un pirateo. Así, en puro castellano. Una operación de eliminación del competidor más incómodo usando la política como palanca. Y desde entonces, Prisa lleva más de treinta años dándonos lecciones de ética periodística, libertad de prensa y defensa de la democracia. La ironía tiene un límite, pero ellos llevan décadas superándolo.
La relación de Prisa con el poder político es de las más fascinantes que uno puede estudiar si le gustan los malabarismos. No tienen ideología fija. Tienen intereses fijos. Eso es muy diferente.
Con el PSOE de los noventa, encantados. Con Aznar, tensión… hasta que la tensión se volvió inconveniente. Con Zapatero, amor casi filial. Con Rajoy, oposición editorial más o menos sostenida. Con Sánchez… ahí la cosa se pone interesante, porque Sánchez lleva tiempo en el poder y Prisa ha sabido navegar esas aguas con su habitual destreza anfibia.
Siempre arrodillados ante el que manda. Siempre. No es un juicio de valor, es una descripción de comportamiento. Lo que varía es quién ocupa el trono, no la postura de genuflexión. Y cuando el que manda cambia, ellos cambian con él. Con una velocidad y una elegancia que, si no fuera tan cínica, casi daría que admirar.
El problema es que mientras hacen eso, siguen en el escenario dando lecciones. Siguen levantando el dedo. Siguen construyendo esa imagen de superioridad moral que les resulta tan rentable con cierta parte de su audiencia. Y ahí está el nudo de todo esto.
Ángels Barceló no era una cualquiera en la SER. Era, en buena medida, el rostro de esa promesa implícita: aquí hacemos periodismo de verdad, aquí no nos doblegan, aquí resistimos. Su salida no es solo un cambio de parrilla. Es un síntoma. Y un aviso.
Porque la pregunta que hay que hacerse no es si le han renovado o no el contrato. La pregunta es: ¿por qué ahora? ¿Qué están preparando?
La respuesta, si uno observa el panorama político con los ojos abiertos, no es difícil de intuir. El viento está cambiando en España. La derecha avanza. La extrema derecha ha dejado de ser una anomalía para convertirse en una fuerza política que aspira a gobernar. Y Prisa, fiel a su tradición histórica, ya está mirando de qué lado va a estar cuando eso ocurra.
Soltar lastre. Eso es lo que están haciendo. Reposicionarse. Deshacerse de las piezas que podrían resultar incómodas en el nuevo tablero. Barceló era demasiado identificable con una línea editorial que quizás ya no les conviene defender con tanta energía. Así que… fuera. Sin drama. Con la frialdad quirúrgica de quien sabe exactamente lo que hace.
Lo más doloroso de todo esto no es la hipocresía en sí misma. La hipocresía en los medios de comunicación es casi un deporte nacional, y Prisa no tiene el monopolio. Lo más doloroso es la sofisticación con la que la ejercen.
Porque Prisa no es un medio de comunicación ordinariamente corrupto. No es una empresa que abiertamente venda líneas editoriales al mejor postor. Es mucho más sutil que eso, y por tanto mucho más peligroso. Son maestros en vestir los intereses de interés general. En envolver la conveniencia con el lenguaje de los valores. En hablar de libertad de prensa mientras toman decisiones que ninguna persona que realmente creyera en ella podría tomar.
Eso es lo que hace que cueste tanto verlos venir. Porque cuando escuchas a alguien hablar con convicción de periodismo independiente, de responsabilidad informativa, de defensa de la democracia… tiendes a creerle. O al menos a dudar. Y esa duda es exactamente la que ellos necesitan para operar.
La mentira más efectiva no es la que se dice en voz alta. Es la que se insinúa, la que se construye ladrillo a ladrillo durante años, la que se sostiene sobre la reputación prestada de profesionales honestos que trabajan dentro del sistema sin saber muy bien para qué proyecto trabajan en realidad.
Hay algo que merece decirse aquí sobre los periodistas que forman parte de esa casa. Muchos de ellos son buenos. Algunos son excelentes. Hay gente dentro de la SER que hace su trabajo con honestidad, con rigor, con convicción genuina. Y el problema que tienen esas personas es exactamente ese: que están dentro de una estructura que los usa como escudo.
Su credibilidad le da credibilidad al grupo. Su trabajo honesto financia, simbólicamente, las maniobras que se hacen en los despachos. Es una situación incómoda, probablemente insostenible a largo plazo para quien tiene conciencia, y desde luego injusta para ellos. Pero también es una situación que cada uno tiene que gestionar por su cuenta.
Volvamos a 2026 y al momento presente. La salida de Barceló es una señal. Quizás la primera de una serie. Prisa está recalibrando, ajustando posiciones, preparando el terreno para lo que viene. No sabemos exactamente cómo va a quedar el mapa político español en los próximos meses o años. Pero ellos sí están apostando por algo. Y lo que resulta revelador es que esa apuesta implica desprenderse de una de las figuras más asociadas a una determinada sensibilidad editorial.
Eso dice mucho. Dice que esa sensibilidad ya no les resulta tan útil como antes. Dice que están mirando hacia otro lado. Y dice, sobre todo, que están dispuestos a hacer lo que siempre han hecho: adaptarse. Sobrevivir. Prosperar, si pueden. A costa de lo que haga falta.
Yo he escuchado la SER durante años. He tenido esa relación de amor-odio que uno tiene con las cosas que admiras a medias y desconfías a medias. Amor por los momentos en que daban la talla, por las coberturas que importaban, por los periodistas que desde dentro del monstruo conseguían hacer algo decente. Odio, o más bien desencanto, por todo lo que había debajo: la arquitectura de intereses, las complicidades calladas, la doble moral tan bien barnizada.
Porque eso es lo que más duele del fariseo. No que sea mala persona. Es que sabe perfectamente lo que hace. Esa es la diferencia entre el hipócrita y el ignorante: el hipócrita conoce la distancia entre lo que dice y lo que hace, y elige seguir diciéndolo igualmente. Prisa conoce esa distancia. Siempre la ha conocido.
La pregunta que nos queda es qué hacemos nosotros con esto. Desconectar la radio, en sentido literal y figurado, es tentador. Pero también es un poco ingenuo, porque si no escuchamos a los medios que hacen las cosas mal, ¿cómo vamos a saber lo que están haciendo?
Lo que sí podemos hacer es escuchar de otra manera. Con menos fe ciega. Con más memoria histórica. Recordando lo de Antena 3 Radio cuando nos hablen de pluralismo. Recordando el posicionamiento de hoy cuando mañana vuelvan a darnos lecciones de progresismo. Recordando que detrás de cada emisora hay un grupo empresarial, y que los grupos empresariales no tienen ideología: tienen balances.
Y la SER, con todo el respeto que merecen los profesionales que trabajan dentro de ella, es ante todo la radio de Prisa. Eso siempre ha sido así. Y la salida de Ángels Barceló nos lo acaba de recordar, por si alguien lo había olvidado.