Bienvenidas al pasado: pronto dejareis de votar
Política

Bienvenidas al pasado: pronto dejareis de votar

◆   18 de mayo de 2026  ·  Javier Ledo

Hay cosas que uno escucha y piensa: no puede ser verdad. Que en pleno siglo XXI, en el país que se presenta al mundo como modelo de democracia, haya voces —con micrófono, con seguidores, con influencia real— que estén poniendo sobre la mesa la posibilidad de retirarle el derecho al voto a las mujeres… es algo que hace que se te quede el cerebro en blanco un momento. Un segundo de puro estupor.

Pero es verdad. Y conviene mirarlo de frente.

No hablamos de comentarios marginales en rincones oscuros de internet. Hablamos de un discurso que lleva años cocinándose en ciertos sectores de la derecha americana —el llamado movimiento manosphere, los ideólogos del neorreaccionarismo, los influencers de la masculinidad tóxica— y que ha ido ganando terreno de forma preocupante. Primero fue una broma. Luego fue una «opinión polémica». Ahora empieza a sonar como propuesta.

Y eso, amigos, es exactamente cómo funciona el deslizamiento hacia lo impensable.

Un retroceso que no es nuevo, solo más descarado

Para entender de qué va esto, hay que recordar que el sufragio femenino en Estados Unidos tiene apenas un siglo. La 19ª Enmienda, que garantizó a las mujeres el derecho al voto, se aprobó en 1920. Un siglo. Nada. (En España incluso menos, solamente desde 1933). Y fue una conquista durísima, regada de décadas de lucha, de mujeres encarceladas, humilladas y ridiculizadas públicamente por atreverse a exigir lo que era suyo.

Las sufragistas no pedían un favor. Reclamaban un derecho que les pertenecía por el simple hecho de ser ciudadanas. Y aun así tuvieron que pelearlo como si fuera un privilegio que alguien les concedía por bondad.

Lo que está pasando ahora no es radicalmente distinto en su esencia. Cambia el lenguaje, claro. Ya nadie sale con un cartel diciendo «las mujeres no deben votar» —o casi nadie. El nuevo discurso es más sofisticado. Habla de «consecuencias inesperadas» del sufragio femenino, de que las mujeres «votan de forma diferente» a los hombres y eso «desequilibra» el sistema, de que el estado de bienestar o las políticas progresistas son, en el fondo, culpa de que las mujeres tengan voz política. Es una retórica pseudointelectual con aires de análisis social, pero el fondo es el mismo de siempre: el miedo al poder femenino.

Los nombres y las ideas que hay detrás

No hace falta inventar nada. Las fuentes hablan solas.

El pensador neorreaccionario Curtis Yarvin —uno de los ideólogos favoritos de ciertos círculos cercanos al trumpismo— lleva años defendiendo que la democracia en sí misma es un problema. Pero en su diagnóstico, el sufragio femenino ocupa un lugar especial: lo considera uno de los factores que llevó al «declive» de Occidente. Su influencia en determinados «think tanks» y en figuras como el empresario Peter Thiel no es anecdótica.

Luego están los influencers del estilo de Andrew Tate o sus clones, que llevan años construyendo un relato en el que las mujeres independientes —las que trabajan, las que votan, las que no dependen de un hombre— son el enemigo. No lo dicen siempre así de claro. Pero el mensaje está ahí, filtrándose en millones de feeds de jóvenes que consumen este contenido a diario.

Y más recientemente, con la vuelta de Trump y el auge del movimiento MAGA, algunos comentaristas y políticos han empezado a hacer declaraciones que antes habrían provocado una renuncia inmediata. Se habla de «corregir el error» del sufragio femenino. Se comparte en redes con un emoji de guiño, como si fuera una broma. Pero detrás de la broma hay una idea que alguien está tanteando para ver cuánto aguanta antes de normalizarse.

Por qué esto es una cuestión de poder, no de biología

El argumento más común que se esgrime —que las mujeres «votan de forma diferente» y eso produce resultados que la derecha no quiere— es, sin quererlo, el más honesto. Porque revela exactamente de qué va todo esto.

No es una discusión sobre capacidad. Nadie en serio puede sostener que las mujeres sean menos capaces de entender política que los hombres. La educación, la participación cívica, el interés en los asuntos públicos… en todos estos indicadores, las mujeres están al nivel de los hombres o los superan. No. El problema, para quienes plantean esto, es que las mujeres votan de cierta manera. Que tienden a apoyar más los sistemas de protección social, los derechos reproductivos, las políticas de igualdad. Y eso, para una derecha que quiere desmantelar todo eso, es un obstáculo.

Entonces la lógica es perversa pero coherente: si no puedes convencer a las mujeres de que voten lo que tú quieres, quita a las mujeres de la ecuación.

Es la misma lógica que llevó, en su día, a negar el voto a los negros. A los pobres. A los que no tenían propiedades. Siempre que el sufragio universal produce resultados que el poder establecido no controla, aparece alguien proponiendo recortarlo. La democracia es maravillosa… mientras vote la gente correcta.

El contexto no es una casualidad

Este debate no surge en el vacío. Hay que leerlo dentro de un proceso más amplio de regresión de derechos en Estados Unidos que afecta de manera desproporcionada a las mujeres.

La derogación de Roe v. Wade en 2022 fue un terremoto. Por primera vez en décadas, las mujeres americanas vieron cómo un derecho que consideraban consolidado les era arrebatado. El derecho a decidir sobre su propio cuerpo, su propio embarazo, su propia vida. Y lo que vino después fue una cascada de leyes estatales que restringen el aborto, algunos de ellos sin excepciones ni siquiera para violación o incesto. Casos reales, de mujeres reales, que terminaron en situaciones médicas desesperadas porque un legislador decidió que él sabía más que ella sobre lo que era mejor para su vida.

Todo esto tiene un hilo conductor. La derecha religiosa y ultraconservadora americana lleva décadas construyendo un proyecto ideológico que coloca a la mujer en un rol específico: madre, esposa, cuidadora. Un rol privado. Un rol doméstico. Y ese proyecto choca frontalmente con la autonomía que el voto representa.

Porque votar es, en el fondo, una declaración de presencia pública. De que tu opinión cuenta. De que tienes criterio sobre los asuntos colectivos. Y hay quienes, sinceramente, creen que las mujeres no deberían tener esa presencia. No porque sean inferiores —dirán—, sino porque su «lugar natural» es otro.

Lo que esto significa para nosotras, y para todos

Puede parecer que estamos hablando de algo lejano. Al fin y al cabo, esto es Estados Unidos, ¿no? Aquí estamos en Europa, las cosas son distintas…

Ojalá. Pero basta con mirar lo que está pasando en Hungría, en Italia, en ciertos discursos que ya suenan con comodidad en España, para entender que los marcos ideológicos viajan. Lo que se normaliza en un sitio, se propone en otro. Lo que se presenta como «polémica» en una legislatura, se convierte en ley en la siguiente.

Además, hay algo más profundo en juego. Cuando se ataca el voto femenino, no se está atacando solo a las mujeres. Se está atacando la idea misma de democracia universal. Se está diciendo que hay ciudadanas de primera y ciudadanas de segunda. Que el derecho a participar en la vida política depende de quién eres, no de lo que eres —un ser humano con dignidad y con intereses legítimos.

Y eso nos afecta a todos. A los hombres también. Porque una democracia que excluye a la mitad de la población no es una democracia. Es otra cosa. Y el nombre de esa otra cosa no es agradable.

Defender lo conquistado es también una forma de avanzar

A veces la política progresista se centra tanto en lo que falta por conquistar que olvida lo que hay que defender. Y hay momentos —este es uno de ellos— en que la defensa es la forma más urgente de avanzar.

El voto de las mujeres no es un privilegio. Es un derecho. Uno que costó sangre, cárcel y décadas de humillaciones. Un derecho que se traduce, todos los días, en que las mujeres puedan poner en el gobierno a quienes se comprometan a proteger sus cuerpos, su salud, su seguridad, su acceso a la educación, al trabajo, a una vida digna.

Cada vez que una mujer vota, está ejerciendo un poder que alguien, en algún momento de la historia, intentó negarle. Y cada vez que alguien propone —en broma o en serio— quitarle ese voto, está diciendo exactamente lo que piensa de ella: que no cuenta. Que su criterio no importa. Que su lugar no es aquí, en la plaza pública, sino en algún otro sitio más discreto y más silencioso.

La respuesta a eso no puede ser el silencio. Ni la ironía distante. Ni el «ya pasará».

La respuesta tiene que ser ruido. Claridad. Y las urnas.

Porque al final, lo más subversivo que puede hacer una mujer en un sistema que no la quiere dentro… es votar.

P.D.: Y aquí puede ocurrir lo mismo, o no.

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