Bienvenidos a la iglesia del partido
Política

Bienvenidos a la iglesia del partido

◆   16 de mayo de 2026  ·  Javier Ledo

Hay cosas que incomodan nombrar. Que están pasando delante de nuestros ojos, que se ven, que se escuchan en plazas y esquinas cualquier domingo… y sin embargo, cuesta pronunciarse. Porque enseguida alguien te acusa de intolerante, de anticristiano, de perseguidor de la fe ajena.

Pues bien. Vamos a nombrarlo igualmente.

En los últimos años, las iglesias pentecostales y evangélicas de corte ultraconservador han crecido de forma espectacular. En España, en América Latina, en el África subsahariana, en buena parte del mundo hispanohablante. Y no están creciendo por azar. No es el Espíritu Santo soplando en la dirección correcta. Hay dinero. Muchísimo dinero. Y ese dinero viene, en gran medida, de fundaciones, redes de donantes y estructuras vinculadas a la derecha radical estadounidense.

¿Qué suena a teoría de la conspiración? Ojalá lo fuera.

Las investigaciones periodísticas más sólidas de los últimos años —desde The Guardian hasta el New York Times, pasando por reportajes de El País— han documentado, con nombres y cifras, cómo organizaciones como Focus on the Family, Alliance Defending Freedom o el World Congress of Families llevan décadas financiando la expansión de un protestantismo ultraconservador que va mucho más allá de lo espiritual. Su agenda es política. Su objetivo, cultural. Y su enemigo declarado es una cierta idea de la modernidad progresista: los derechos LGTBI, el feminismo, la educación sexual, el Estado laico.

Pero vayamos por partes.

¿Qué es el pentecostalismo y por qué ha crecido tanto?

El movimiento pentecostal nació a principios del siglo XX en Estados Unidos. Emocional, comunitario, centrado en la experiencia directa de lo divino: los dones, las lenguas, la sanación. Durante décadas fue algo periférico. Ahora es la corriente cristiana que más crece en el mundo, con entre 500 y 600 millones de fieles.

¿Por qué crece? Hay que ser honestos aquí. Parte de ese éxito tiene que ver con lo que las iglesias tradicionales —incluida la católica— han fallado en ofrecer: comunidad real, contención emocional, pertenencia, respuestas sencillas a preguntas enormes. En barrios periféricos de São Paulo, en colonias populares de Ciudad de México, en zonas rurales de Uganda o en el cinturón industrial de Sevilla, estas iglesias dan lo que el Estado no llega a dar. Alguien que te escucha. Una red de apoyo cuando te quedas sin trabajo o cuando tu hijo se mete en problemas.

No se entiende el fenómeno si no entendemos eso primero. El pentecostalismo prospera donde el Estado abandona y donde la izquierda ha dejado de hablar con la gente corriente. Ahí, en ese hueco, se instala. Y lo hace muy bien.

Pero —y aquí viene el pero importante— una cosa es ese protestantismo popular, genuino, nacido desde abajo, y otra muy distinta es la maquinaria política ultraconservadora que lo ha capturado, financiado y convertido en ariete cultural.

El dinero. Siempre el dinero.

En 2019, openDemocracy publicó una investigación que documentaba cómo grupos religiosos ultraconservadores vinculados a donantes republicanos habían canalizado al menos 50 millones de dólares hacia Europa en una sola década. Para financiar campañas contra el matrimonio igualitario, contra el aborto, contra la llamada «ideología de género». España aparecía en esa lista. Italia también. Polonia, Hungría, Rumanía.

No estamos hablando de pequeñas comunidades de oración reunidas en un local de barrio. Estamos hablando de redes bien organizadas, con asesores de comunicación, lobistas, abogados especializados en litigación estratégica y estructuras de financiación que fluyen a través de fundaciones, asociaciones culturales y, sí, iglesias registradas como entidades sin ánimo de lucro. Con todas las ventajas fiscales que eso conlleva.

El modelo es sencillo y muy efectivo: se financia una iglesia local, se forma a su pastor en seminarios conservadores norteamericanos, se le conecta con una red de activismo político, y se usa esa comunidad —real, viva, llena de gente de carne y hueso— como base electoral y cultural de una agenda que no tiene nada de espiritual. Tiene mucho de geopolítico.

Esto no es nuevo. En América Latina lleva décadas ocurriendo. La penetración evangélica ultraconservadora en Brasil, Guatemala, El Salvador o Perú ha reconfigurado completamente los mapas políticos de esos países. El ascenso de Bolsonaro, de Bukele, de Milei —con sus vínculos con sectores evangélicos y carismáticos— no se entiende sin esta matriz religiosa y sin su financiación exterior.

Y aquí viene algo que no podemos pasarnos por alto: todo esto ocurre con el beneplácito activo —no solo la permisividad— de la derecha y la extrema derecha europea. No lo sufren. Lo necesitan. Lo usan. Vox en España, la Liga en Italia, el PiS en Polonia: estos partidos no son víctimas inocentes de una influencia externa. Son socios. Comparten agenda, comparten financiadores y comparten enemigos declarados. Cuando Vox habla de «ideología de género» o cuando la extrema derecha europea blinda las exenciones fiscales a entidades religiosas que hacen campaña política, no están cayendo en una trampa. Están poniendo la alfombra.

¿Son sectas? ¿Son peligrosas?

No todas las iglesias pentecostales son iguales. Hay una diferencia enorme entre una pequeña comunidad carismática que ayuda a sus vecinos y una megaiglesia dirigida por un pastor millonario que hace negocios con el Partido Republicano y coordina campañas de desinformación. Meter a todo el mundo en el mismo saco sería un error tan burdo como meter a todos los católicos en el cajón de los que abusaron de menores durante décadas.

Pero sí hay rasgos en algunas de estas estructuras —especialmente en las más vinculadas a la derecha norteamericana— que generan una preocupación completamente legítima. La dependencia emocional extrema del pastor. La doctrina del diezmo que drena economías ya precarias. La ruptura con familias que no comparten la fe. El adoctrinamiento de menores con una rigidez que no admite la duda ni el pensamiento crítico. El rechazo a la medicina convencional en algunos casos documentados.

Hay sectas, en el sentido técnico y legal del término, con control coercitivo documentado. Hay que nombrarlas. Pero el problema más amplio no son cuatro grupos aislados: es una corriente cultural que, financiada y organizada desde fuera, está introduciéndose en nuestras escuelas, nuestros parlamentos y nuestros barrios con una agenda que no tiene nada que ver con el amor al prójimo.

La iglesia católica: ¿la víctima del relato?

Hay un discurso que circula, especialmente en medios conservadores españoles, que presenta a la iglesia católica como la gran víctima de esta ofensiva pentecostal. La iglesia amenazada, desplazada, acorralada por el protestantismo americano.

Conviene no tragarse ese relato sin masticarlo bien.

La iglesia católica española es una institución con un poder económico, social y político descomunal. Miles de millones en patrimonio exento de impuestos. Influencia directa sobre el sistema educativo público a través de la asignatura de religión y los conciertos educativos. Acceso privilegiado a los medios. Una historia de complicidad con el franquismo que nunca ha sido del todo saldada.

Que esa institución tenga ahora un competidor agresivo en el mercado de las almas no la convierte automáticamente en el bando bueno. Porque en muchos países del mundo, la Iglesia Católica y los movimientos evangélicos ultraconservadores no son adversarios: son aliados. Coordinan campañas contra el aborto, contra la eutanasia, contra la educación afectivo-sexual en las escuelas. Cuando existe guerra entre ellas, es sobre todo una guerra por el territorio y los fieles. No una guerra de valores.

¿Peligro para la convivencia?

Sí. Pero con matices imprescindibles.

El peligro real no viene de que alguien rece de una forma distinta, hable en lenguas o levante los brazos en un culto dominical. La libertad religiosa es un derecho fundamental y hay que defenderla sin complejos, también para las minorías protestantes históricamente discriminadas en España.

El peligro viene de otra cosa. Del uso de la religión como instrumento político para dividir, para señalar al diferente, para construir un «nosotros» excluyente frente a un «ellos» demonizado. El peligro viene cuando una comunidad religiosa —cualquiera, sea del signo que sea— se convierte en correa de transmisión de una agenda antidemocrática financiada desde el exterior. Cuando niega los derechos de las mujeres o de las personas LGTBI desde el púlpito. Cuando adoctrina en el odio disfrazado de amor.

Y el peligro se multiplica cuando los partidos políticos que deberían vigilar esos abusos —que deberían exigir transparencia, regulación y rendición de cuentas— son precisamente los que abren las puertas de par en par. La derecha y la extrema derecha española llevan años bloqueando cualquier regulación del lobby religioso, blindando exenciones fiscales para entidades que hacen campaña política con dinero opaco, y usando exactamente el mismo lenguaje —»familia natural», «libertad educativa», «ideología de género»— que estas redes importan de Estados Unidos.

No es coincidencia. Es coordinación.

La respuesta desde la izquierda no puede ser el desprecio hacia los creyentes. Ni la condescendencia de quien mira desde arriba a quien busca consuelo en la fe. Eso sería un error político y también un error humano. La respuesta tiene que ser más y mejor política pública. Más Estado presente donde el Estado ha abandonado. Más comunidad construida desde lo laico y lo común. Y más valentía para nombrar las cosas por su nombre: cuando detrás de una iglesia hay una red de financiación política opaca con agenda antidemocrática, eso no es religión. Es lobby. Y los lobbies se regulan, se transparentan y se combaten con la ley.

Las almas no son un mercado. Pero alguien lleva décadas apostando a que sí lo son.

Y de momento, con la complicidad entusiasta de la derecha española, le está funcionando bastante bien.

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Una respuesta a “Bienvenidos a la iglesia del partido”

  1. Como muy bien dices, en España hay libertad de culto. No nos debería preocupar el dogma, el problema es la utilización de la religión como instrumento político, resorte del Estado y financiado por lobbies aliados de organizaciones ultra radicales. Tu artículo abre una problemática de muy necesaria denuncia y que es necesario visibilizar. Gracias por traerlo.
    Un abrazo

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