Todo o nada. Y casi siempre nada.
Política

Todo o nada. Y casi siempre nada.

◆   28 de abril de 2026  ·  Javier Ledo

Hay algo que me incomoda desde hace tiempo. No es cómodo de decir, sobre todo viniendo de alguien que se considera de izquierdas. Pero precisamente por eso lo digo.

La izquierda española lleva años encerrada en sí misma. Mirándose el ombligo. Discutiendo con sus propios espejos. Y mientras tanto, la gente real, la que madruga, la que llega justa a fin de mes, la que vive en un piso de alquiler que sube cada año… esa gente ha dejado de sentirse representada. No toda, claro. Pero demasiada.

¿Cómo hemos llegado aquí?

Parte de la respuesta, me temo, tiene que ver con un fenómeno que llevamos demasiado tiempo sin nombrar con claridad: la izquierda se ha vuelto, en buena medida, una izquierda de clase alta. Una izquierda de másters, de Twitter académico, de titulaciones en Ciencias Políticas cursadas en universidades privadas de Madrid. Una izquierda que habla mucho de los trabajadores pero que lleva años sin pisar un polígono industrial, sin sentarse en una cafetería de extrarradio, sin conocer a nadie que vote diferente a ella fuera del contexto de un análisis electoral de madrugada.

La izquierda pija. Ahí lo dejo.

No es un término mío. Circula desde hace tiempo. Pero nombrar el problema no significa haberlo resuelto, ni mucho menos. Porque la izquierda pija no es solo una cuestión de origen social, que también. Es una cuestión de actitud. De dónde pones el foco. De con quién hablas realmente y con quién solo finges hablar mientras te diriges, en realidad, a los que ya están de acuerdo contigo.

Hay algo paradójico, y bastante triste, en ver a cuadros políticos que se reclaman herederos de la clase obrera y que sin embargo han construido sus carreras dentro de burbujas perfectamente selladas: el partido, la universidad, el think tank, el podcast de izquierdas escuchado por otros convencidos de izquierdas, el congreso de jóvenes activistas que se parecen todos entre sí. Un ecosistema cerrado, autocomplaciente, que se retroalimenta de sus propias certezas.

Y desde esa burbuja, claro, es muy fácil el maximalismo.

Hablemos del podemismo. Porque Podemos fue, en su momento, una bocanada de aire fresco. Lo fue de verdad. Llegó para decir cosas que nadie se atrevía a decir. Rompió el tablero. Democratizó el debate político. Puso sobre la mesa la corrupción sistémica, la captura del Estado por los poderes económicos, la brecha social que la crisis de 2008 había convertido en un abismo.

Eso fue real. No lo borro.

Pero hubo un punto de inflexión. Un momento en que la energía transformadora empezó a cuajar en algo distinto. Más rígido. Más identitario. Más… ensimismado. El «o todo o nada» se fue convirtiendo en marca de la casa. La pureza ideológica, en moneda de cambio interno. Y la política real, la de los acuerdos posibles, la de los avances graduales, empezó a oler a traición.

Ese es el veneno del maximalismo. No que tenga grandes aspiraciones, que está bien tenerlas. Sino que convierte cualquier paso intermedio en colaboracionismo, cualquier pacto en rendición, cualquier gobierno de coalición imperfecto en un fraude histórico.

¿Qué ocurre cuando todo lo que no es perfecto es inaceptable?

Pues que no avanzas nada. O avanzas tan poco que el desgaste supera el beneficio. Y la gente que esperaba cambios concretos, mejoras tangibles en su vida cotidiana, acaba sintiéndose estafada. No por el sistema en abstracto, sino por quienes se postularon para cambiarlo.

El maximalismo es, en el fondo, una forma de autoprotección. Si pones el listón tan alto que nadie puede alcanzarlo, nunca tienes que rendir cuentas. Siempre podrás decir que la traición fue de los otros. Que la correlación de fuerzas no acompañó. Que el enemigo era demasiado poderoso. Que hacía falta más tiempo, más conciencia, más organización. Mientras tanto, la lista de espera de la vivienda social sigue creciendo, los salarios siguen por los suelos y la precariedad laboral de los jóvenes sigue siendo estructural.

Pero oye, al menos la pureza ideológica está intacta.

Y luego está el lenguaje. Dios mío, el lenguaje.

La izquierda contemporánea ha desarrollado una jerga interna tan densa, tan autorreferencial, tan llena de conceptos que requieren glosario, que ha terminado siendo inaccesible para la mayoría de las personas a las que dice querer representar. El análisis interseccional es una herramienta útil para entender ciertas desigualdades. Claro que lo es. Pero si una trabajadora del supermercado de cuarenta y cinco años no puede seguir la conversación sin sentirse estúpida, algo estamos haciendo mal.

No digo que haya que bajar el nivel intelectual. Digo que hay una diferencia entre complejidad real y oscuridad performativa. Entre pensar de verdad y demostrar que has leído los libros correctos.

La izquierda académica, la de los papers y los seminarios, confunde demasiado a menudo el lenguaje técnico con el pensamiento riguroso. Y eso tiene un coste. El coste de la distancia. El coste de ser percibida como una élite cultural que mira a los de abajo con condescendencia mientras les explica cómo deberían sentirse oprimidos.

Aquí viene la parte que más duele, porque interpela directamente a quienes, como yo, se sitúan en ese espacio político.

El ego.

La izquierda tiene un problema serio con el ego. Con el yo, el mí, el me, el conmigo. Hay una tendencia, especialmente acusada en ciertos sectores, a hacer de la política un proyecto de autorrealización personal. A confundir la militancia con la construcción de una marca personal. A medir el compromiso no por los cambios conseguidos sino por la visibilidad alcanzada, por los seguidores en redes, por las invitaciones a debates televisivos, por el libro publicado con una editorial de izquierdas que venden en La Central.

No es que esté mal tener proyección pública. Es que cuando la proyección pública se convierte en el fin y no en el medio, algo fundamental se ha torcido.

Cuántos líderes progresistas hemos visto estos años más preocupados por su relato personal que por los resultados de sus políticas. Cuántas peleas internas de partido que eran, en realidad, disputas de ego disfrazadas de debate ideológico. Cuántas escisiones, cuántas rupturas, cuántos «yo tengo razón y los demás se han vendido» que han dejado el terreno sembrado de cadáveres políticos y votantes huérfanos que no saben ya a quién mirar.

Y sin embargo.

Sin embargo, los problemas que la izquierda señala siguen ahí. La desigualdad no ha disminuido. La concentración de riqueza no ha disminuido. La precariedad laboral, la crisis habitacional, la emergencia climática, el deterioro de los servicios públicos… todo eso sigue siendo urgente. Más urgente que nunca, en algunos casos.

El problema no es el diagnóstico. El problema es el médico.

O más exactamente, el problema es que el médico lleva demasiado tiempo mirándose en el espejo mientras el paciente empeora.

¿Qué necesita la izquierda para volver a ser relevante? No en términos electorales, aunque también, sino en términos reales, de influencia sobre la vida concreta de las personas.

Necesita escuchar más y hablar menos. Necesita salir de sus círculos y entrar en los de los demás, aunque sean incómodos, aunque piensen distinto en algunas cosas, aunque voten a partidos que considera equivocados. Necesita entender que la gente que se ha alejado no lo ha hecho porque sea estúpida o porque haya sido manipulada, sino porque, en algún momento, dejó de reconocerse en lo que veía.

Necesita abandonar el maximalismo como identidad y recuperarlo como horizonte. Hay una diferencia enorme entre tener grandes ambiciones y negarse a aceptar cualquier avance que no sea total. La segunda opción no es valentía. Es parálisis disfrazada de principios.

Necesita, en definitiva, dejar de ser el partido de los que ya están convencidos y empezar a ser, de nuevo, la esperanza de los que todavía dudan.

Lo que más me entristece de todo esto no es la izquierda en sí. Es lo que podría haber sido y no ha sido. Es el espacio que ha dejado vacío y que otros, con mucho menos escrúpulos y mucha más desfachatez, se han apresurado a ocupar.

La historia no espera a los puros.

Y los que más lo necesitan, tampoco.

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