Hay una pregunta que llevamos décadas esquivando. Una pregunta incómoda, de esas que molestan en las cenas familiares y que ciertos medios prefieren que no nos hagamos. Y es esta: ¿para qué sirve una economía si no sirve para la gente?
Porque mira a tu alrededor. Mira los datos. Mira las colas en los bancos de alimentos. Mira los jóvenes que estudian, trabajan, se forman… y aun así no pueden pagar un alquiler. Mira los mayores eligiendo entre la calefacción y la cena. Y luego mira la otra orilla: los diez hombres más ricos del planeta que duplicaron su fortuna durante la pandemia. Mientras el mundo se moría, ellos multiplicaban cifras que ya no caben en ninguna pantalla.
Algo está roto. No un poco. Profundamente.
Y la economía del bien común dice, con una claridad que asusta a quien tiene mucho que perder: se puede hacer diferente.
Qué es esto del «bien común», exactamente
Vale, suena bonito. Pero ¿qué significa en la práctica?
La economía del bien común es un modelo económico alternativo, desarrollado principalmente por el economista austriaco Christian Felber a principios de los años 2010, que propone algo que parece de sentido común pero que resulta revolucionario en el mundo en que vivimos: que el objetivo de cualquier empresa, institución o sistema económico debería ser el bienestar de las personas y del planeta, no la acumulación ilimitada de beneficios privados.
Así de sencillo. Y así de radical.
En este modelo, las empresas no se evalúan solo por sus beneficios económicos. Se evalúan por cómo tratan a sus trabajadores, si respetan el medio ambiente, si contribuyen a la comunidad local, si tienen estructuras democráticas internas, si reducen desigualdades. Todo eso se mide en lo que se llama el Balance del Bien Común, una especie de auditoría ética que sustituye —o complementa— a la cuenta de resultados tradicional.
¿Y qué pasa con las empresas que puntúan bien? Pues que reciben ventajas fiscales, acceso preferente a contratos públicos, condiciones más favorables en créditos. Y las que puntúan mal, que externalicen costes medioambientales, que precaricen a sus trabajadores, que evadan impuestos… pagan más. Sencillo, justo, lógico.
No es anticapitalismo de manual soviético. No es «que el Estado lo controle todo». Es decir: las reglas del juego tienen que cambiar. Porque ahora mismo las reglas premian exactamente lo que nos destruye.
El sistema actual: una fábrica de desigualdad con muy buenas relaciones públicas
Antes de hablar del futuro, hay que mirar de frente al presente. Y el presente duele.
El sistema económico dominante —ese capitalismo financiero desregulado que nos vendieron como «el fin de la historia» en los noventa— ha demostrado ser extraordinariamente eficiente en una sola cosa: concentrar riqueza en muy pocas manos.
En España, el 1% más rico posee más riqueza que el 50% más pobre sumado. No es una opinión de izquierdas. Es un dato de Oxfam. En el mundo, ocho personas tienen más patrimonio que 3.600 millones. Ocho personas. Podrías meterlas en un autobús escolar.
Y mientras tanto, los grandes lobbies presionan para bajar impuestos a las grandes fortunas. Las multinacionales trasladan beneficios a Luxemburgo o Irlanda para no tributar donde realmente producen. Los oligopolios energéticos —esos que facturan miles de millones mientras la gente tirita— reciben subvenciones millonarias del Estado. El mismo Estado que luego dice no tener dinero para subir las pensiones.
Esto no es un accidente. No es mala suerte. Es el resultado de décadas de decisiones políticas tomadas por personas que nunca van a necesitar la sanidad pública, que nunca han esperado horas en urgencias, que tienen a sus hijos en colegios privados y sus ahorros en paraísos fiscales.
La economía del bien común lo dice con todas las letras: este sistema no falla. Funciona exactamente como está diseñado. El problema es para quién está diseñado.
El camino: ni revolución de película ni reforma cosmética
Aquí viene la parte donde la izquierda tiene que ser honesta consigo misma. Porque durante demasiado tiempo hemos oscilado entre dos extremos igualmente paralizantes: el maximalismo revolucionario que espera el Gran Cambio de un día para otro, y el reformismo tibio que retoca los bordes sin tocar la estructura.
La economía del bien común propone algo diferente. Un camino concreto, gradual pero profundo. Con pasos que se pueden dar hoy, no en un futuro mítico.
Primero, la transparencia radical. Que todas las empresas publiquen su Balance del Bien Común. Que los consumidores, los inversores, los ciudadanos sepan qué hay detrás de cada producto, cada servicio, cada empresa cotizada. La opacidad es el oxígeno de la injusticia. Sin ella, se asfixia sola.
Segundo, reformar el sistema fiscal de raíz. No parches. Reforma real. Que tribute más quien más tiene y más daño hace. Que los grandes patrimonios contribuyan de forma efectiva, no nominal. Que los dividendos de los accionistas no tributen menos que el salario de una enfermera. Que los paraísos fiscales dejen de ser una opción legal para los poderosos.
Tercero, democratizar la propiedad y la empresa. Fomentar cooperativas, empresas de propiedad compartida, modelos de gestión participativa. Que los trabajadores tengan voz real en las decisiones. Que la empresa no sea una monarquía privada donde el accionista mayoritario tiene poder absoluto.
Cuarto, reconvertir el sistema financiero. Los bancos no pueden seguir siendo instituciones privadas que socializan sus pérdidas y privatizan sus ganancias. Los rescates bancarios de 2008 lo dejaron claro: cuando quiebran, los pagamos todos. Cuando ganan, los beneficios son para unos pocos. Eso tiene que cambiar. La banca pública, el crédito orientado al bien social, las finanzas al servicio de la economía real y no al contrario.
Quinto, poner límites a la acumulación. Esto es lo que más escandaliza a la derecha, pero es lo más lógico del mundo. En una sociedad democrática, ¿tiene algún sentido que una persona pueda acumular una fortuna equivalente al PIB de un país mediano? La economía del bien común propone límites máximos de patrimonio, de herencia, de remuneración. No para castigar el éxito. Para que el éxito de unos no se construya sobre la exclusión de millones.
El enemigo que no duerme
Y aquí tenemos que ser claros. Sin eufemismos. Sin la falsa neutralidad que tanto daño ha hecho.
Todo esto que acabamos de describir tiene enemigos. Poderosos, organizados y con muchísimos recursos para defender sus privilegios.
La derecha tradicional —esa que se llena la boca con «libertad» pero que solo defiende la libertad de los ricos para hacer lo que quieran— lleva décadas construyendo un relato muy efectivo: que cualquier regulación es «intervencionismo», que subir impuestos a los ricos es «confiscatorio», que proteger los derechos laborales «mata el empleo». Es mentira. Pero es una mentira bien financiada y bien repetida.
La extrema derecha va un paso más allá, con una operación de ilusionismo brutal: convence a la gente que lo está pasando mal de que sus enemigos son los inmigrantes, los refugiados, los funcionarios, las feministas… Cualquier cosa menos los que realmente les están vaciando los bolsillos. Es una distracción perfecta. Y funciona, porque cuando la gente está asustada y desesperada, busca chivos expiatorios sencillos.
Las megafortunas y los oligopolios, mientras tanto, financian think tanks, compran medios de comunicación, presionan a partidos políticos de todos los colores, y gastan fortunas en lobby para que las leyes que podrían limitarles nunca lleguen a aprobarse. No conspiran en plan película. Lo hacen a la luz del día, con facturas y despachos de abogados.
Y luego están los grandes fondos de inversión. BlackRock, Vanguard, State Street… Entidades que son accionistas simultáneos de los principales bancos, aseguradoras, empresas energéticas, farmacéuticas y constructoras de medio mundo. No tienen patria, no tienen ideología, no tienen vecinos. Solo tienen rentabilidad. Y su poder para influir en políticas públicas es astronómico.
Frente a todo esto, la economía del bien común no es un seminario universitario ni un libro de pensamiento alternativo. Es una amenaza real para ese sistema. Por eso atacan tanto cualquier propuesta que apunte en esa dirección.
Por qué esto es el futuro más honesto
Porque las alternativas que nos ofrecen no son alternativas.
El crecimiento infinito en un planeta finito no es un modelo económico. Es un cuento. Los recursos naturales se acaban. El clima se rompe. Y el coste de esa ruptura —inundaciones, sequías, migraciones masivas, conflictos por el agua y la comida— lo van a pagar los de siempre. No los que tienen bunkers en Nueva Zelanda.
El «ya vendrá el mercado a solucionarlo» lleva cincuenta años sin solucionar nada que no sea rentable para alguien. Las enfermedades raras no tienen medicamentos porque no hay mercado suficiente. Hay barrios sin supermercados porque no son rentables. Hay pueblos sin médico porque no sale a cuenta. El mercado no tiene corazón. Tampoco tenía que tenerlo. Para eso estamos las personas.
La economía del bien común propone algo que, en el fondo, la mayoría de la gente ya intuye: que una sociedad funciona mejor cuando nadie queda atrás. Que la cooperación genera más bienestar que la competencia feroz. Que tener una sanidad pública fuerte, una educación de calidad universal, unos servicios básicos garantizados… no es un lujo de ricos. Es la base sobre la que se construye cualquier prosperidad real y duradera.
Los países nórdicos lo llevan demostrando décadas. No son perfectos. Pero sus ciudadanos trabajan menos horas, viven más años, tienen menos estrés, más tiempo para sus familias, más seguridad vital. ¿Porque son mejores personas? No. Porque tomaron decisiones políticas diferentes. Decidieron que la economía estaba al servicio de las personas, y no al revés.
Lo que podemos hacer hoy
La gran trampa del sistema es hacernos sentir impotentes. «Es muy complicado.» «Así funciona el mundo.» «Siempre ha sido así.» Mentira.
Cada persona tiene palancas, pequeñas o grandes, para empujar en esta dirección.
Votar, claro. Y votar informado, mirando quién financia a quién, qué leyes han apoyado y cuáles han tumbado. Pero también: consumir conscientemente cuando se puede. Elegir la cooperativa de energía antes que la gran eléctrica. Defender los servicios públicos como si fueran tuyos, porque lo son. Organizarse en el trabajo, en el barrio, en la comunidad.
Y también: contar esto. Hablar de ello. Porque el debate público lo controlan mucho los que tienen megáfonos de pago. Nosotros tenemos conversaciones reales, vínculos reales, historias reales. Y eso, cuando se suma, mueve montañas.
Para terminar: una economía a la altura de lo que somos
Somos capaces de cosas extraordinarias como especie. Hemos llegado a la Luna, erradicado enfermedades, creado arte que hace llorar, construido catedrales y sinfonías y algoritmos que resuelven problemas imposibles. No somos criaturas mediocres.
Pero tenemos un sistema económico diseñado como si lo fuéramos. Como si solo pudiéramos movernos por el miedo y la codicia. Como si la única forma de motivar a alguien fuera amenazarle con la miseria o prometerle una riqueza obscena.
La economía del bien común apuesta por algo más ambicioso. Apuesta por que somos capaces de organizarnos de otra manera. De medir el éxito de otra manera. De vivir de otra manera.
No es utopía. Es una propuesta técnica, concreta, con ejemplos reales, con empresas que ya la están implementando, con ciudades que ya experimentan con ella.
El futuro más honesto no se regala. Hay que pelearlo. Frente a quienes tienen demasiado que perder si las cosas cambian. Frente a la pereza de lo conocido. Frente al miedo que nos venden cada día en ciertos telediarios.
Pero está ahí. Al alcance de lo que podamos construir juntos.
Y eso, en el fondo, es de lo que siempre ha tratado la izquierda: de que el «juntos» no sea una metáfora bonita, sino una forma real de organizarnos para vivir mejor. Todos. No solo los que ya llegaron.
Hola, Javier.
He leído con detenimiento. Espero y deseo que la propuesta del bien común triunfe. Y, sin embargo, a pesar de que hay países que ya lo están implementando, sigo preguntándome si los dueños de los medios de producción, grandes banqueros y monopolistas, van a dejar que se ponga en práctica. Un comunista, te diría que hace falta que en las altas esferas del estado el pueblo trabajador también dirija sus resortes. Un socialista, te diría que haciendo avanzar reformas en determinados sectores. Un demócrata o gente progresista, que cambiemos el sentido del voto.
Yo solo puedo confirmar, con toda humildad que, estando de acuerdo en las premisas del bien común, si la gente de a pie, no empuja leyes ni actúa aplicándolas, los lobbies y grandes corporaciones, quienes poseen el capital, seguirán haciendo trusts y asociaciones monopolistas. Hay que hacer mucha fuerza desde abajo. Y aun así, tienes mi beneplácito. Gran artículo. Muchas gracias por dar todo esto a conocer.
Un abrazo