A buenas horas, mangas verdes
Política

A buenas horas, mangas verdes

◆   25 de marzo de 2026  ·  Javier Ledo

Hay una escena que se repite en la política española con una puntualidad casi cómica. La izquierda llega tarde. No a la cita, no al debate… sino a sí misma.

Lo llevamos viendo décadas. Cada vez que se abre una ventana de oportunidad —unas elecciones clave, una moción de censura, una negociación decisiva— el bloque progresista aparece fragmentado, con los egos por delante y los votos por detrás. Unos tiran para un lado, otros para el otro, y mientras tanto, la derecha observa desde la barrera con una sonrisa de oreja a oreja.

No es que falten ideas. Ni talento. Ni votantes. Es que falta, con demasiada frecuencia, algo mucho más básico: la voluntad de aparcar el yo para construir el nosotros.

El síndrome de la reunión eterna

Imagina que tienes que mudarte de casa este fin de semana. Tus amigos prometieron ayudarte. Pero uno llega dos horas tarde, otro se trae a alguien que nadie conocía y que resulta que tiene sus propias ideas sobre cómo hay que colocar los muebles, y el tercero… directamente no aparece porque sigue enfadado por aquello de hace tres meses.

Pues bien. Eso, pero con partidos políticos, escaños y el futuro del país.

La izquierda española lleva años atrapada en ese piso a medio desembalar. PSOE, Podemos, Sumar, IU, Más Madrid… cada formación con su historia, sus heridas, sus líderes que no se soportan en privado aunque se abracen ante las cámaras. La cocina de las coaliciones progresistas huele, demasiado a menudo, a rencor recalentado.

Y cuando la cosa se pone seria de verdad, cuando hay algo real en juego, esa incapacidad estructural para ponerse de acuerdo se convierte en algo más que un defecto estético. Se convierte en derrota. En años de oposición. En políticas que no se aplican porque nadie supo sumar a tiempo.

Andalucía, 2026. La ventana está abierta. Por poco tiempo.

El lunes 23 de marzo, Juanma Moreno sorprendió a propios y extraños con el anuncio de la convocatoria de elecciones autonómicas para el domingo 17 de mayo de 2026. Un adelanto que pilló descolocado a más de uno. No debería, porque el calendario lo dejaba intuir, pero ya se sabe cómo funciona esto: la izquierda siempre parece pillada por sorpresa aunque el tren lleve meses en el andén.

Moreno eligió esa fecha porque la considera «idónea» para facilitar la máxima participación, y porque quiere que Andalucía «llegue al verano con un horizonte político despejado». Que traducido al cristiano significa: quiero ganar rápido, instalarme antes del calor y que los de enfrente no tengan tiempo de organizarse.

Pues bien. Los de enfrente tienen exactamente eso: poco tiempo. Las candidaturas deben registrar sus coaliciones entre el 1 y el 16 de abril, y presentar sus listas provinciales entre el 8 y el 13 de abril. Estamos hablando de días. No de semanas. Días.

Y la izquierda… está reunida. Deliberando. Hablando de condiciones. Midiendo cuotas.

Como siempre.

Los números no mienten (pero la izquierda prefiere ignorarlos)

Porque si hay algo que debería concentrar mentes y acelerar acuerdos, son las encuestas. El bloque de derechas proyecta entre 73 y 76 escaños, frente a los 30-35 de la izquierda. Escrito así, en frío, da vértigo.

El PP de Moreno cuenta con un 40,4% de intención de voto y entre 53 y 55 escaños, pese a una ligera caída respecto a su techo histórico. Una «ligera caída» que, en cualquier caso, les sigue dejando en posición de gobernar cómodamente, solos o con Vox.

¿Y la izquierda? Dispersa. Dividida en siglas que compiten entre sí más que contra el adversario común. El PSOE andaluz arrastra sus propios fantasmas. Sumar existe, pero con un perfil tan difuminado que cuesta verla en el mapa. Las confluencias de izquierda alternativa se miran con desconfianza mutua. Y mientras tanto, los escaños no se suman solos.

Aquí es donde el refrán adquiere toda su dimensión.

Cuando por fin se ponen de acuerdo… ya es tarde

«A buenas horas, mangas verdes.»

Por si alguien no lo conoce: viene de los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que vestían mangas verdes y tenían fama de aparecer siempre cuando el crimen ya estaba cometido, el criminal huido y los vecinos recogiendo los trozos. Llegaban, sí. Pero tarde. Muy tarde.

La izquierda española ha protagonizado varios de esos momentos memorables a lo largo de la historia reciente. Esa llamada de última hora para sumar apoyos cuando ya los números no daban. Ese comunicado conjunto publicado justo cuando la votación había terminado. Esa candidatura de unidad anunciada con fanfarria… tres días después de que el plazo de presentación hubiera cerrado.

Espectacular, de verdad.

Y en Andalucía, el patrón se repite con una fidelidad que ya roza lo artístico. En 2018 tuvieron su gran oportunidad histórica, con el PP en caída libre y Ciudadanos comiéndose el centro. Llegaron tarde a la coordinación, con mensajes contradictorios y sin un relato común. La derecha, con Vox de invitado sorpresa, tomó el poder por primera vez en cuarenta años. Cuarenta. Y desde entonces, Moreno lleva tres legislaturas —la última con mayoría absoluta— gobernando la comunidad más poblada de España.

¿Aprendió algo la izquierda de aquello? Cuesta verlo.

La aritmética es tozuda, pero el orgullo más

El problema de fondo no es ideológico. Nadie espera que el PSOE y la izquierda alternativa compartan cada coma de su programa. Eso sería utópico e incluso innecesario. Las coaliciones no requieren unanimidad. Requieren pragmatismo. Requieren decir: «oye, que solos no llegamos, y juntos quizás sí.»

Pero ahí está el muro invisible. El ego de las siglas. La pelea por los puestos en las listas. Quién va el primero. Quién lleva la cabeza de cartel. Quién cede la marca. Como si la marca importara más que el resultado.

Mientras negocian eso, Moreno ya tiene sus carteles en la calle.

Es un poco como dos equipos de fútbol que en vez de preparar el partido están discutiendo quién pone el balón. Y el partido ya ha empezado.

El reloj corre. Y no para

La campaña electoral arranca el 1 de mayo y finaliza el 15. Eso significa que lo que no esté construido antes del 1 de abril —coaliciones registradas, listas acordadas, discurso común mínimamente coherente— no existirá. No habrá tiempo de rectificar, ni de renegociar, ni de hacer grandes gestos de unidad en las últimas semanas. El marco electoral no perdona.

Y la izquierda lo sabe. Lo sabe perfectamente. El problema no es de información, es de voluntad.

Porque seamos honestos: llevan meses sabiendo que estas elecciones eran inminentes. En las semanas previas a la convocatoria, la actividad institucional del Gobierno andaluz se intensificó notablemente en inauguraciones y anuncios de proyectos, algo que cualquier político con experiencia interpreta sin dificultad. Los semáforos estaban en ámbar desde enero. Y aun así, sin una estrategia clara, sin una oferta común trabajada, sin los acuerdos sobre la mesa.

La convocatoria llegó el lunes. Y la izquierda llegará… a ver cuándo llega.

¿Por qué pasa esto?

Hay varias teorías. La más generosa dice que es la naturaleza de la izquierda: plural, crítica, poco dada a la disciplina vertical. Que es más democrática por dentro, aunque sea más caótica por fuera. Que sus debates son reales, no de cartón.

La menos generosa dice, simplemente, que los egos mandan. Que hay demasiados líderes que prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león. Que nadie quiere ceder la marca, el logo, el cargo o el discurso de investidura.

Y la más realista… mezcla un poco de las dos.

El problema no es la diversidad de ideas. Eso es riqueza, de verdad. El problema es cuando esa diversidad se convierte en parálisis. Cuando los matices se usan como excusa para no llegar a ningún sitio. Cuando la pureza ideológica vale más que el resultado práctico. Cuando se prefiere perder con dignidad a ganar con concesiones.

Hay algo profundamente autodestructivo en esa actitud. Y lo peor es que lo reconocen. En privado, muchos dirigentes de izquierda te lo admiten entre risas amargas. «Somos así.» Como si fuera un rasgo de carácter entrañable en vez de una patología política que lleva décadas costando gobiernos.

El precio de llegar tarde

Cada vez que la izquierda llega tarde a su propia cita, alguien paga el precio. No los líderes, claro. Ellos seguirán teniendo su tribuna, su sueldo, su cuota de cámaras. Perder tampoco les arruina la vida.

El precio lo pagan los votantes que confiaron. Las personas que esperaban políticas concretas en sanidad, en vivienda, en empleo, y se encontraron con meses de negociaciones estériles seguidos de años de oposición. Los que pusieron su papeleta pensando que esta vez sí, que esta vez habían aprendido la lección.

En Andalucía, eso tiene consecuencias concretas y cotidianas. Las listas de espera sanitarias que llevan años siendo noticia. La precariedad laboral en una comunidad con una de las tasas de paro más altas de España. Una vivienda que se ha vuelto inalcanzable para los jóvenes. Políticas que podrían haberse aplicado, o al menos intentado, si el bloque alternativo hubiera sido capaz de sumar.

Pero no. Las mangas seguían siendo verdes. Y seguían llegando tarde.

Lo que viene

El resultado andaluz influirá directamente en el posicionamiento de Feijóo y Sánchez a nivel nacional. Un triunfo popular aceleraría las presiones por unas elecciones generales anticipadas, mientras que un batacazo socialista debilitaría a Montero como posible sucesora de Sánchez. O sea, que lo que pase el 17 de mayo en Sevilla, Málaga o Cádiz tiene un eco que llega mucho más lejos que la frontera de Despeñaperros.

¿Y la izquierda lo entiende así? ¿Le da la dimensión real que tiene? Ojalá. Porque las semanas que vienen van a ser decisivas. No el día de las elecciones, sino estas semanas. Las negociaciones de ahora mismo, las listas que se están cerrando hoy, los acuerdos o desacuerdos que se están cocinando en despachos que no salen en las noticias.

Si llegan unidos, con un proyecto mínimamente coherente y una candidatura que convenza, tendrán opciones. No de ganar, seamos realistas con los números, pero sí de erosionar la mayoría popular, de evitar que Vox entre por la puerta grande, de plantar una semilla para lo que venga después.

Si llegan como siempre… pues ya sabemos cómo acaba la película.

¿Tiene solución?

Quizás. Algunos dirán que la nueva generación de líderes lo hará mejor. Que las estructuras están cambiando. Que la sociedad no aguanta más este espectáculo de peleas de patio mientras la derecha gobierna tranquilamente.

Puede ser. Ojalá.

Pero mientras tanto, aquí estamos. Con las elecciones convocadas, el calendario echando humo, los plazos para las coaliciones a la vuelta de la esquina, y la izquierda andaluza todavía buscando el punto de encuentro que debería llevar meses acordado.

Viendo cómo, una vez más, cuando por fin se ponen de acuerdo, el momento ya pasó. El tren ya salió. Y ellos, en el andén, con sus mangas verdes bien puestas, mirando el horizonte con cara de circunstancias.

La campaña arranca el 1 de mayo. Las elecciones son el 17. El reloj no espera.

A buenas horas.

Y si por algún milagro esta vez consiguen llegar a tiempo, que conste que nos alegraremos. De verdad. Pero no apostemos demasiado por ello.

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