El mundo ante el abismo
Política

El mundo ante el abismo

◆   14 de marzo de 2026  ·  Javier Ledo

Hay fechas que marcan un antes y un después. El 28 de febrero de 2026 puede ser una de ellas. Esa madrugada, mientras las negociaciones diplomáticas todavía estaban sobre la mesa, Estados Unidos e Israel lanzaron una serie de bombardeos por sorpresa sobre varias ciudades de Irán, dando inicio a lo que los iraníes llaman la Guerra del Ramadán y el resto del mundo observa con una mezcla de horror y perplejidad.

Que los ataques se produjeran mientras se negociaba no es un detalle menor. Es, en realidad, el corazón de todo el asunto.

Porque lo que está pasando no es solo una guerra más en Oriente Medio. Es algo cualitativamente distinto. Es el anuncio en voz alta, con bombas, de que el orden internacional tal y como lo conocíamos… ya no existe.

Lo que pasó, y cómo pasó

Para entender el presente hay que mirar brevemente atrás. Esta guerra fue precedida por la llamada Guerra de los Doce Días de junio de 2025, y por las grandes protestas iraníes de 2025-2026. Israel ya había golpeado las instalaciones nucleares iraníes ese verano. La situación interna en Irán era explosiva. Y Trump vio la oportunidad.

En enero de 2026, Trump anunció que una armada estadounidense se dirigía a Oriente Medio. Washington había presentado a Irán tres exigencias: cese permanente del enriquecimiento de uranio, límites al programa de misiles balísticos y fin del apoyo a aliados como Hamás, Hezbolá y los hutíes. Irán, sorprendentemente, mostró señales reales de ceder. Poco antes de los ataques, Irán declaró públicamente su disposición a entregar su uranio enriquecido, permitir visitas del OIEA a sus instalaciones y negociar sobre su programa de misiles.

No sirvió de nada. El 28 de febrero, Trump dio la orden.

El Pentágono denominó al ataque Operación Furia Épica, mientras que Israel lo bautizó como Operación Rugido del León. Los nombres lo dicen todo. No hay aquí voluntad de diálogo, sino de aplastamiento.

Las consecuencias inmediatas fueron devastadoras. Los ataques resultaron en el asesinato de Alí Jameneí, el líder supremo iraní, y de otros altos mandos, así como miles de muertes y heridos, especialmente civiles iraníes. Fuentes alternativas estiman al menos 1.858 muertes, incluyendo civiles y personal militar, aunque el Gobierno de Irán no ha actualizado su recuento oficial en más de una semana.

Entre los muertos, niños. El ataque contra la escuela primaria Shajare Tayebé se convirtió en uno de los episodios más cruentos y denunciados del conflicto.

Irán respondió con todo lo que tenía. Lanzó misiles y drones contra Israel y contra bases militares estadounidenses en Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak. La guerra se extendió por toda la región como el fuego sobre petróleo.

El desastre económico: el mundo pagando la factura

Seamos directos: cuando los poderosos hacen la guerra, son los de siempre quienes pagan los platos rotos.

El precio del petróleo se disparó por encima de 100 dólares por barril, la primera vez que cruzaba ese umbral desde la invasión rusa a Ucrania en 2022. Trump, con su habitual desparpajo, lo llamó «un precio muy bajo a pagar por la seguridad y la paz de Estados Unidos y del mundo.» Fácil decirlo desde Mar-a-Lago.

La realidad es bastante más brutal. La isla de Kharg, que gestiona aproximadamente el 90% de las exportaciones de crudo de Irán, fue finalmente atacada por Estados Unidos el 14 de marzo. El estrecho de Ormuz, esa garganta por la que pasa el 20% del petróleo mundial, se convirtió en zona de guerra. El conflicto amenaza rutas comerciales clave y está afectando cadenas de suministro estratégicas: combustibles, fertilizantes, alimentos, medicamentos y materias primas industriales.

En Asia, el impacto es brutal. En Bangladesh hay largas colas en las gasolineras porque las autoridades limitan el suministro. India invocó poderes de emergencia para desviar gas licuado de los usuarios industriales a los hogares. Pakistán ordenó medidas de austeridad, desde el cierre de escuelas hasta el traslado de servicios a internet. Corea del Sur impuso un límite al precio del combustible por primera vez en 30 años.

¿Y en Europa? Los automovilistas ya están pagando precios más altos en las gasolineras. En Alemania, los precios de la gasolina y el diésel subieron dos dígitos en una semana. Goldman Sachs advirtió que si los precios del petróleo se mantienen en niveles actuales durante varios meses, la inflación en EEUU podría subir del 2,4% al 3% para finales de año, lo que haría aún más difícil que la Reserva Federal aplique recortes de tasas.

¿Y quién gana con todo esto? Ah, esa es la pregunta incómoda. Rusia es, por ahora, el único «ganador» de la guerra en Oriente Medio, declaró el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, debido entre otras cosas al fuerte aumento de los precios del petróleo. Las empresas petroleras estadounidenses de fracking también están frotándose las manos. Los de siempre ganando. Los de siempre perdiendo.

La demolición del derecho internacional

Aquí viene la parte que más debería preocuparnos a largo plazo. Y es que lo que está ocurriendo no es solo una tragedia humana y económica. Es el derrumbe silencioso, pero sistemático, de las reglas que se supone rigen el mundo desde 1945.

El representante permanente de Irán ante la ONU denunció que los ataques del 28 de febrero constituyeron «una flagrante violación de la prohibición del uso de la fuerza estipulada en el artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas y de la norma imperativa de la prohibición de la agresión.» No es solo la posición iraní. Es la de gran parte del mundo.

El ministro de Defensa italiano, Guido Crosetto, dijo ante el Parlamento que la decisión de EEUU e Israel de atacar a Irán estuvo «fuera de las normas del derecho internacional». Italia, aliada de la OTAN. No un país hostil a Occidente. Un aliado.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, se convirtió en el crítico más duro de Europa de la guerra. Y el secretario general de la ONU, António Guterres, lo dejó muy claro: pidió negociaciones diplomáticas serias para detener los combates, advirtiendo que «la situación podría escapar al control de cualquiera».

¿Y el Consejo de Seguridad? Pues exactamente lo que siempre: la resolución que logró aprobarse, la 2817, fue la que condenó los ataques de Irán contra los países del Golfo, no la que condenaba el ataque inicial de EEUU e Israel. El veto estadounidense bloqueó cualquier pronunciamiento sobre el acto de agresión original. El Consejo de Seguridad, una vez más, brilló por su inutilidad frente a los poderosos.

Hay algo profundamente obsceno en esta dinámica. EEUU ataca un país soberano mientras negociaba con él. Asesina a su líder supremo. Mata a miles de civiles. Y luego usa su veto para que la ONU no pueda condenarlo. Y encima exige que el mundo lo aplauda en nombre de la «seguridad global».

Las consecuencias geopolíticas: un mundo que se reordena

Esta guerra no solo destruye infraestructuras. Destruye confianzas. Y eso tarda décadas en reconstruirse.

El mundo que emerge de aquí tiene algunas certezas muy claras, y muy incómodas.

Primera: ningún país que no tenga armas nucleares puede sentirse seguro si no gusta en Washington. Irak no las tenía. Libia no las tenía. Irán llevaba años diciendo que no las quería. Los atacaron igual. El mensaje para Corea del Norte, para cualquier nación que viva bajo la sombra del Imperio, es meridiano: o tienes el arma definitiva, o eres vulnerable.

Segunda: Taiwán obtenía casi el 70% de su petróleo crudo de la región e importaba casi el 34% de su gas natural licuado de Qatar. Esta guerra le ha mostrado a Asia entera lo frágil que es el sistema energético global, y lo peligroso que es depender de rutas controladas por la dinámica de la potencia americana. Eso acelerará movimientos de autonomía estratégica que ya venían cocinándose.

Tercera: China y Rusia se abstuvieron en las resoluciones clave del Consejo de Seguridad, pero no han condenado los ataques iniciales de EEUU. El mundo multipolar que viene no será necesariamente más justo ni más pacífico. Simplemente habrá más potencias capaces de hacer lo que EEUU hace hoy con impunidad.

Cuarta: Europa sigue sin saber qué es. Friedrich Merz fue el primer líder europeo en visitar Washington desde el inicio de la guerra. No para protestar. Para coordinar. Europa, una vez más, siguiendo el paso del amo.

Las víctimas invisibles: la moral del mundo

Hay una pregunta que nadie en los grandes medios occidentales quiere hacer en voz alta. La hago yo: ¿cuándo fue la última vez que un país árabe, musulmán, del Sur Global, atacó a otro sin consecuencias? ¿Cuántas veces hemos visto al Consejo de Seguridad paralizado para actuar cuando son las grandes potencias occidentales las que bombardean?

Hay una doble moral tan evidente que ya casi resulta difícil de mirar. Cuando Rusia invadió Ucrania, el mundo entero se levantó. Con razón. Era una violación del derecho internacional. Pero cuando EEUU e Israel atacaron Irán, que estaba negociando activamente, muchos de los mismos gobiernos miraron para otro lado, o tardaron días en articular una crítica tímida.

El alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos alertó de que la crisis está generando una peligrosa confusión sobre las normas internacionales, lamentando que «algunos han ridiculizado abiertamente los valores fundamentales de nuestra humanidad común».

Eso es exactamente lo que está pasando. Se está ridiculizando la humanidad común. Se está normalizando la idea de que los poderosos pueden saltarse las reglas que ellos mismos escribieron. Y eso, a largo plazo, es más peligroso que cualquier misil.

Los bombardeos israelíes desataron incendios y derrames de petróleo en depósitos de combustible de Teherán, con humo tóxico que se extendió 50 kilómetros, reabriendo el debate sobre la proporcionalidad de los ataques según el derecho internacional. Proporcionalidad. Una palabra que suena casi absurda en este contexto.

El futuro: el mundo que nos dejan

Estamos ante un punto de inflexión histórico. No exagero.

Si esta guerra se consolida como la nueva normalidad —es decir, si resulta que una potencia puede atacar a otra mientras negocia con ella, asesinar a su líder, matar a miles de civiles y salir impune— entonces el derecho internacional no es más que una decoración. Una ficción útil para aplicar a los débiles y olvidar cuando conviene a los fuertes.

Las consecuencias de largo plazo son aterradoras. Analistas del banco Morgan Stanley advirtieron que si las tensiones persisten, los efectos inflacionarios se extenderán a múltiples economías, golpeando especialmente a los países más vulnerables. Pero más allá de lo económico, hay algo más profundo: la erosión de la idea misma de que existe una comunidad internacional con reglas compartidas.

Y luego está lo que Trump dijo, con toda la desfachatez del mundo, ante la pregunta de si se justificaba el costo humano: «Los precios del petróleo a corto plazo son un precio muy bajo a pagar por la seguridad y la paz.» Los que pagan ese «precio bajo» no son él, claro. Son las familias iraníes que duermen bajo los bombardeos. Son los trabajadores asiáticos que no pueden pagar la gasolina. Son los agricultores a quienes el precio del combustible y los fertilizantes les arruina la cosecha.

El belicismo tiene siempre la misma estructura: los que deciden la guerra nunca son los que la padecen.

Es hora de decirlo claro

Hay que decirlo sin eufemismos: lo que EEUU e Israel han hecho en Irán es una agresión militar ilegal contra un Estado soberano que estaba negociando de buena fe. Es un crimen de guerra en curso. Y el hecho de que no se llame así en la mayoría de los medios occidentales no lo convierte en otra cosa.

No se trata de defender al régimen iraní, que tiene sus propios crímenes sobre la conciencia. Se trata de defender el principio elemental de que los países no pueden ser bombardeados impunemente mientras negocian. De que los civiles no pueden ser objetivo de guerra. De que el asesinato de un jefe de Estado soberano es un crimen, no un logro militar que celebrar con tuits en Truth Social.

El mundo que sale de esta guerra será más inseguro, más desigual y más cínico. Más inseguro, porque más países buscarán el arma atómica como única garantía de supervivencia. Más desigual, porque la crisis energética golpeará a los más pobres muchísimo más que a los ricos. Y más cínico, porque habremos normalizado que las reglas del juego solo se aplican a quien no tiene el veto en el Consejo de Seguridad.

Hoy, mientras escribo esto, el petróleo supera los 100 dólares. Los mercados tiemblan. Las familias en Teherán entierran a sus muertos. Y Trump amenaza con golpear «veinte veces más fuerte» si Irán no abre el estrecho de Ormuz.

Bienvenidos al siglo XXI.

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Una respuesta a “El mundo ante el abismo”

  1. El matonismo político se ha instalado en nuestras vidas y estamos teniendo la misma actitud estupefacta y lamentable que se tuvo con los totalitarismos de los años 30. Solo miedo y terror.

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