No en nuestro nombre
Política

No en nuestro nombre

◆   8 de marzo de 2026  ·  Javier Ledo

Hay guerras que llegan de golpe. Sin aviso, casi de madrugada. Y esta es una de ellas.

El sábado 1 de marzo, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva coordinada contra Irán. En cuestión de días, el conflicto se extendió por toda la región arrastrando al Líbano, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Bahréin, dejando varios muertos y miles de viajeros varados en aeropuertos sin vuelos. Y mientras las bombas caían, los mercados financieros… aguantaban. Porque hay cosas que no deberían sorprendernos ya, pero aun así duelen.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Una guerra sin nombre, pero con víctimas reales

Lo primero que llama la atención es la desvergüenza lingüística. El presidente de la Cámara, Mike Johnson, y otros líderes republicanos se negaron a llamar «guerra» a la acción militar estadounidense contra Irán cuando fueron preguntados directamente. Una guerra sin nombre. Como si cambiar la etiqueta cambiara lo que hay debajo.

Antes de atacar, Trump y sus principales asesores exageraron lo cerca que estaba Teherán de desarrollar un arma nuclear, según fuentes consultadas por CNN. Irán siempre ha insistido en que su programa nuclear es de carácter pacífico.

Pues bien. Eso es lo que hay. Una justificación construida sobre arena, presentada al mundo con la seguridad del que sabe que nadie le va a pedir cuentas. Ni el Congreso, ni los aliados europeos, ni casi nadie.

Los que pagan la cuenta

Mientras tanto, en Irán, la gente muere. Más de mil personas perdieron la vida desde que comenzó la guerra, según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos de Irán. Entre ellas, niños y niñas en una escuela primaria alcanzada por los ataques.

––Una escuela primaria.––

Cuando lees eso, no puedes seguir hablando de «objetivos militares» con la misma tranquilidad. No puedes seguir usando el lenguaje aséptico de los partes de guerra, ese que convierte personas en daños colaterales y niños en estadísticas.

Del lado americano, seis militares estadounidenses perdieron la vida en un ataque con drones iraníes contra un centro de operaciones improvisado en Kuwait, como represalia a la ofensiva inicial. Seis familias destrozadas. Seis personas que no eligieron esta guerra, que simplemente cumplían órdenes.

Porque al final siempre son los mismos los que ponen los muertos.

El petróleo y el miedo

Claro que hay intereses. Siempre los hay. Irán controla el estrecho de Ormuz, vital para el suministro de petróleo a China, Japón y Corea del Sur. En cuanto los mercados notaron lo que se venía, el precio del crudo subió un 20% desde el viernes anterior al inicio de la guerra, cerrando en más de 81 dólares el barril, su nivel más alto desde julio de 2024.

¿Quién gana con eso? No los trabajadores de Tokio o Seúl que van a pagar más la gasolina. No las familias iraníes bajo las bombas. No los soldados americanos en Kuwait.

Ganan, como siempre, los de siempre.

Algunos mercados asiáticos tienen reservas de combustible para apenas unas semanas. Indonesia contaba con 23 días de reservas. Australia, 36. El mundo entero contiene la respiración mientras unos pocos deciden el futuro del planeta desde despachos climatizados.

Trump y la lógica del espectáculo

Hay algo profundamente perturbador en cómo Trump ha gestionado todo esto. En una entrevista con CNN de nueve minutos, aseguró que las fuerzas estadounidenses están «destrozando» a Irán y que «la gran ola de ataques está por llegar».

Nueve minutos. Una entrevista de nueve minutos para hablar de una guerra que puede desestabilizar Oriente Medio durante décadas.

Durante su discurso del Estado de la Unión, apenas una semana antes del inicio de los bombardeos, Trump casi ni mencionó a Irán. Sin debate, sin consulta al Congreso, sin coalición internacional. Un hombre, un botón, una decisión.

Esto no es política exterior. Es un reality show con misiles de verdad.

Y Europa… ¿dónde está Europa?

Aquí es donde hay que mirarse al espejo. Porque la respuesta europea ha sido, en términos generales, la de siempre: lenta, tibia, llena de matices que en el fondo no son matices sino cobardía disfrazada de diplomacia.

Los grandes socios europeos, Francia y Alemania a la cabeza, han optado por la ambigüedad calculada. Comunicados de «preocupación», llamadas a la «desescalada», peticiones de «diálogo». Todo muy correcto. Todo completamente inútil cuando caen bombas sobre una escuela.

El Reino Unido, eternamente a remolque de Washington desde el Brexit, ni siquiera ha encontrado las palabras para desmarcarse con dignidad. Y los países del este de Europa, con la mirada puesta en Rusia y en los fondos de la OTAN, han preferido guardar silencio para no irritar a quien todavía consideran su protector atlántico.

En ese contexto de voces apagadas y pasillos diplomáticos llenos de susurros, la posición de Pedro Sánchez ha destacado con una claridad que, francamente, no es tan habitual en los líderes europeos.

El «no a la guerra» de Sánchez y lo que significa realmente

El presidente del Gobierno español ha sido de los pocos líderes occidentales en pronunciarse con contundencia. Su mensaje ha sido directo: España no respalda esta acción militar, no comparte la justificación esgrimida, y exige el regreso a las vías diplomáticas. Sin ambigüedades. Sin la habitual salsa de «comprendemos las preocupaciones de nuestros aliados pero…»

Y eso, en el contexto europeo actual, es mucho más de lo que parece.

Porque decir «no» en voz alta cuando todo el mundo murmura tiene un coste. Implica tensión con Washington. Implica miradas incómodas en las cumbres de la OTAN. Implica titulares hostiles en ciertos medios que equiparan cualquier crítica a la política exterior americana con ingenuidad o, directamente, con debilidad.

Pero Sánchez lo ha dicho. Y lo ha dicho con los argumentos correctos: el derecho internacional, la necesidad de mandato de la ONU, la protección de la población civil. No son argumentos nuevos. Son los de siempre, los mismos que llevan décadas siendo ignorados cada vez que una potencia decide que tiene razones suficientes para actuar por su cuenta.

Lo que hace especial la posición española no es la originalidad, sino la coherencia. España ha mantenido una línea clara en materia de conflictos internacionales —desde el apoyo al reconocimiento del Estado palestino hasta las posiciones en el conflicto de Ucrania— que la sitúa en un espacio distinto al de sus socios europeos más poderosos. Un espacio incómodo a veces, sí. Pero moralmente sostenible.

El seguidismo europeo: los pies de plomo de los demás

Frente al liderazgo, aunque sea relativo, de España, el resto de Europa arrastra los pies con una parsimonia que resulta difícil de justificar.

Macron, que tanto gusta de hablar de «autonomía estratégica europea», ha tardado días en pronunciarse, y cuando lo ha hecho ha sido con la vaguedad suficiente como para no comprometerse con nada. La posición francesa es un ejercicio de equilibrismo: no quedar como cómplice, pero tampoco irritar a un socio atlántico del que todavía dependen demasiadas cosas.

Alemania, en plena transición política tras las elecciones de febrero, ha optado directamente por el silencio institucional. Con Scholz en funciones y el nuevo gobierno aún tomando forma, Berlín ha preferido no mojarse. Comprensible desde el punto de vista táctico. Imperdonable desde el punto de vista ético.

Italia, Polonia, los países bálticos… cada uno con sus propios cálculos, sus propias dependencias, sus propias razones para no levantar la voz cuando habría que hacerlo.

Y así, Europa, ese proyecto que nació precisamente del horror de las guerras del siglo XX, contempla otra guerra, en otra región, con otra excusa, y responde con la misma mezcla de burocracia y cobardía que ya conocemos.

En Nueva York, miles de personas salieron a manifestarse frente a la Torre Trump contra la guerra en Irán. En Europa… mucho menos. Como si esto fuera algo que pasa lejos. Algo que no nos toca.

Nos toca. El precio de la energía nos toca. La inestabilidad regional nos toca. El mensaje que se manda al mundo cuando se permite que una potencia ataque a otro país sin consecuencias nos toca a todos.

No a la guerra, sí a la vergüenza

Hay una frase que se repite en tiempos de guerra y que vale la pena rescatar: las guerras las declaran los viejos y las pelean los jóvenes. Y las pagan siempre los mismos: los que no tienen dónde refugiarse, los que no tienen reservas de petróleo para semanas, los que se mueren en una escuela en Hormozgan o en un cuartel en Kuwait.

Desde una perspectiva de izquierdas, la condena tiene que ser clara y sin matices incómodos. Esta guerra no tiene justificación moral. Fue iniciada con pretextos inflados, sin autorización parlamentaria, sin consenso internacional y con consecuencias humanitarias devastadoras que ya están sobre la mesa.

No es suficiente con decir que «la situación es compleja». No es suficiente con pedir «proporcionalidad» cuando ya hay más de mil muertos civiles. La complejidad no puede convertirse en excusa para la inacción moral.

Lo que hace falta ahora, en Europa y en España, es exactamente lo que Sánchez ha intentado hacer: nombrar las cosas. Llamar guerra a la guerra. Llamar víctimas a las víctimas. Y decir, con la misma claridad con que se dicen otras cosas, que esto está mal. Que no puede normalizarse. Que no vamos a mirar hacia otro lado.

Decir «no a la guerra» no es ingenuidad. Es la única posición coherente cuando lo que está en juego son vidas humanas que valen exactamente lo mismo en Teherán que en Toledo.

Y si ese mensaje suena incómodo en algunos despachos de Bruselas o Washington… pues bien. Que suene.

La crítica al poder es una obligación democrática, especialmente cuando ese poder decide cuándo empieza y cuándo termina una guerra.

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