El fin del mercado político: por qué la izquierda real no puede nacer de lo que ya existe
El ciclo político actual ha sentenciado una verdad incómoda que muchos se resisten a aceptar bajo el calor de sus nóminas públicas: la izquierda, tal y como la conocemos, ha muerto por asfixia burocrática. Durante la última década, el concepto de «confluencia» se nos vendió como la pócima mágica para asaltar los cielos, pero el resultado ha sido un descenso a los infiernos de la irrelevancia y la fragmentación.
La tesis es cruda pero necesaria: la alternativa de izquierdas no surgirá nunca de la suma aritmética de los restos del naufragio. No nacerá de pactos de despacho entre siglas que se detestan, ni de la ingeniería electoral de quienes solo buscan salvar su escaño. La alternativa debe ser un incendio creador que arrase con los privilegios de los aparatos para construir, desde la base individual, una casa común que no pida permiso a los viejos fantasmas del pasado.
La patología de los «Reinos de Taifas»: El negocio de la derrota
En la historia de la península, los reinos de taifas representaron la debilidad frente al avance exterior debido a la ambición desmedida de pequeños soberanos locales. Hoy, la izquierda española —y europea— vive un proceso idéntico. Hemos pasado de la política de masas a la política de «nichos». Cada formación existente, desde las herederas del viejo comunismo hasta los experimentos del populismo digital, se ha convertido en una estructura de supervivencia patrimonial.
Estos partidos ya no operan como herramientas de transformación social, sino como franquicias electorales. Tienen su propia «clientela», sus propios canales de comunicación y, sobre todo, sus propios intereses de clase… de clase política. El «virrey» de turno no busca la hegemonía de la izquierda; busca que su marca sobreviva a la siguiente purga, que su cuota de liberación sindical o de asesores en la diputación se mantenga intacta.
La confluencia, en este contexto, es un fraude. No es la unión de voluntades, sino un tratado de no agresión entre oligarquías que se vigilan de reojo mientras afilan los cuchillos. Cada vez que se intenta una «suma», el debate no gira en torno al programa económico o la nacionalización de sectores estratégicos, sino al orden en las listas y al reparto de la subvención pública. Es la política convertida en un mercado de abastos.
El veneno de los prejuicios y la identidad de aparato
Cada formación política ha construido una mitología propia para justificar su existencia independiente. Unos se abrazan a la estética de la nostalgia y las esencias puras para esconder su incapacidad de hablar con el trabajador de hoy; otros apuestan por un lenguaje líquido y vacuo que termina por no decir nada a nadie.
Lo más grave es que estos colectivos han desarrollado anticuerpos contra el vecino. El militante de una organización es educado en el recelo hacia la organización de al lado. Se crean identidades de grupo que actúan como sectas: «ellos son los burócratas», «aquellos son los aventureros», «esos son los reformistas». Estos prejuicios no son ideológicos, son barreras de mercado. Si el votante percibe que no hay diferencia real entre las opciones, la razón de ser del aparato desaparece. Por eso, los aparatos necesitan alimentar el odio al compañero de viaje para justificar su propia oficina.
La alternativa real no puede heredar estos odios. No puede construirse con personas que miren el carné del de al lado para ver si «viene de» tal o cual sitio. La confluencia de lo existente solo logra que los vicios de cada casa se multipliquen en la nueva estructura.
El individuo frente al colectivo: Romper las «líneas rojas»
El mayor obstáculo para una izquierda ganadora es la estructura de «partido de partidos» o «coalición de colectivos». Cuando una plataforma se constituye como una suma de organizaciones, el resultado es el bloqueo permanente. Cada colectivo llega a la mesa de negociación con un fardo de «líneas rojas» que, en realidad, son las condiciones para que sus líderes no pierdan el control.
Es imperativo dar un salto cualitativo: la nueva alternativa debe constituirse como un partido de ciudadanos, no de siglas.
- Adhesión individual y directa: El poder debe residir en el individuo. El militante debe tener el mismo peso que cualquier otro, sin que existan «cuotas» reservadas para organizaciones previas.
- Muerte a la representación orgánica: Si una persona quiere participar, lo hace a título personal. Esto desactiva el poder de los burócratas de los colectivos menores que utilizan su capacidad de bloqueo para chantajear a la mayoría.
- Un programa, una voz: Al eliminar los colectivos como sujetos políticos internos, desaparecen las facciones que operan como quintacolumnistas de sus antiguas siglas.
El objetivo es crear un espacio donde el «yo soy de tal organización» carezca de valor político. La única credencial válida debe ser la voluntad de empujar un proyecto rupturista y transformador. Solo desnudando al militante de sus antiguas lealtades orgánicas se puede construir una lealtad nueva hacia el pueblo.
La ética del sacrificio: El fin de los privilegios
Para que este proyecto nazca con credibilidad, se requiere un acto de traición… de traición a la propia comodidad. El panorama político está lleno de cuadros que ven la política como un plan de pensiones. Personas que llevan décadas saltando de cargo en cargo, de sigla en sigla, siempre cayendo de pie.
Necesitamos una nueva generación de referentes —o veteranos con conciencia— que sean capaces de suicidarse políticamente en sus actuales estructuras. Líderes que digan: «Abandono mi escaño, abandono mi cargo en el aparato y me lanzo a construir algo desde cero, como uno más».
Este es el test de estrés de la izquierda real. Si un dirigente no es capaz de arriesgar su bagaje y sus privilegios en beneficio de una herramienta superior, entonces es que no es un dirigente de izquierdas, sino un gestor de su propia carrera. La generosidad no es un adorno moral; es una necesidad estratégica. Alguien debe dar el primer paso y quemar las naves para que el resto sepa que esta vez no se trata de otro «rebranding» cosmético.
Construir la «Casa Común» para opacar el ruido
La nueva alternativa no debe nacer para competir con los reinos de taifas, sino para hacerlos irrelevantes. No se trata de pedirles permiso para que se unan, ni de mendigar una unidad que siempre será falsa. Se trata de construir algo tan potente, tan democrático y tan conectado con la realidad material de la gente, que el resto de siglas queden reducidas a museos de cera.
La «Casa Común» de la izquierda real debe fundamentarse en tres pilares:
- Democracia Radical de Base: Donde las decisiones estratégicas no se tomen en un restaurante de Madrid, sino a través de mecanismos de participación vinculantes y transparentes.
- Independencia Financiera Total: Renunciar a la deuda bancaria que tiene encadenados a los actuales partidos. Un partido financiado solo por su gente es el único que puede intervenir la banca o regular el mercado energético sin que le tiemble el pulso.
- Arraigo Territorial y Laboral: Salir de la burbuja de las redes sociales para volver a las puertas de las fábricas, a los barrios dormitorio y a los centros de salud. La izquierda ha dejado de hablar el idioma de la clase trabajadora para hablar el dialecto de la academia. Hay que recuperar el lenguaje de lo común.
El momento del desgarro
Estamos en un momento histórico de bifurcación. O seguimos asistiendo a la agonía de una izquierda fragmentada, entretenida en sus propias batallas narcisistas mientras la derecha y la extrema derecha avanzan por el carril central de la historia, o nos atrevemos a dar el paso hacia lo desconocido.
La alternativa no vendrá de una reunión entre los líderes de los partidos actuales para pactar una nueva marca electoral. Eso es solo cambiar el envoltorio de un producto caducado. La alternativa surgirá cuando miles de individuos, hartos de la parálisis, decidan ignorar las órdenes de sus respectivos «virreyes» y se pongan a construir un instrumento nuevo, libre de hipotecas y de rencores heredados.
Es hora de dejar de ser «de los míos» para empezar a ser «de los nuestros». La izquierda real no es un logo, es una voluntad. Y esa voluntad solo se expresará cuando seamos capaces de derribar los muros de los reinos de taifas para levantar, sobre sus cenizas, la casa que el pueblo trabajador se merece.
No queremos una confluencia. Queremos una fundación.
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