El 28 de febrero de 2026, sin aviso previo a sus aliados, sin debate parlamentario, sin resolución del Consejo de Seguridad de la ONU… Estados Unidos e Israel bombardearon Irán.
Así, sin más. Así de simple y así de grave.
Desde ese día, el mundo lleva más de un mes mirando a la Casa Blanca con una mezcla de incredulidad y pánico contenido, intentando descifrar qué demonios está pensando Donald Trump. El problema es que Trump tampoco lo sabe. O si lo sabe, lo olvida antes de la próxima rueda de prensa.
Lo que ha quedado para la historia —y esto no es exageración ni ironía fácil— es un rosario de declaraciones tan contradictorias, tan incoherentes, tan desconcertantes incluso para sus propios aliados, que un alto funcionario iraní lo resumió con una frialdad que corta: «Este rasgo refleja una personalidad inestable y excéntrica.»
No lo dijo un periodista de izquierdas. No lo dijo un analista europeo. Lo dijo el gobierno al que Trump está bombardeando.
Tomemos nota.
«Lo termino en dos o tres semanas.» (Dicho cuatro veces.)
Empecemos por el principio, porque el principio ya es revelador.
Cuando arrancó la guerra, Trump prometió que sería corta. Rápida. Limpia. Un asunto de semanas. «Las fuerzas de Estados Unidos se habrán marchado o habrán terminado con la guerra creo que en dos semanas, o tal vez tres. Nos iremos, porque no hay razón para que nosotros estemos haciendo esto.» Lo dijo en el Despacho Oval. Con esa seguridad suya tan característica.
Bien. Han pasado más de cuatro semanas. La guerra sigue. Y Trump ha vuelto a decir exactamente lo mismo. Otra vez. El presidente ha emitido varias declaraciones contradictorias sobre el cronograma de la guerra con Irán y, en ocasiones anteriores, ya había pronosticado su inminente finalización.
Pero aquí viene el detalle que hace que todo se vuelva surrealista: en la misma declaración en que prometía que en dos o tres semanas habrían acabado todo… se contradijo a sí mismo. En el mismo evento, pareció contradecirse respecto a cuándo podría finalizar la intervención. «Cuando consideremos que han sido devueltos a la Edad de Piedra por un largo periodo de tiempo y que no desarrollarán un arma nuclear, entonces nos marcharemos.»
¿Dos semanas o la Edad de Piedra? Elige una, Donald.
¿Quieren negociar o no quieren? Depende del día
Uno de los espectáculos más bochornosos de este conflicto ha sido seguir la política diplomática de Trump en tiempo real. Es como intentar construir un puzle cuyos bordes cambian cada 24 horas.
Un día, Trump dice que Irán está deseando negociar. Que ha habido conversaciones «serias» con un «nuevo régimen iraní más razonable». Publica mensajes en Truth Social llenos de optimismo. Los mercados respiran. Los aliados europeos se relajan un poco.
Al día siguiente, Trump declaró que «me da igual» llegar a un acuerdo, pocos días después de celebrar los avances hacia la negociación de una resolución «completa y total» de la guerra.
¿Y qué dice Irán? Pues que no hay tal negociación. El ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, declaró que su país no negocia bajo presión: «No se puede hablar con el pueblo de Irán en términos de amenazas y plazos.»
Mientras tanto, Trump envía más tropas a la región. El presidente ha insistido en que Irán está deseoso de negociar una tregua, al tiempo que ha ordenado el envío de miles de tropas más a la región en los próximos días y semanas.
Paz y escalada al mismo tiempo. Diálogo y bombardeos simultáneos. Es la cuadratura del círculo, versión geopolítica.
El «cambio de régimen» que nadie sabe si ocurrió
Si hay un episodio que sintetiza el caos conceptual de esta administración, es este.
Trump inició la guerra con un objetivo declarado: impedir que Irán obtenga armas nucleares. Pero luego el secretario de Defensa, Pete Hegseth, dijo en rueda de prensa que ya se había producido «un cambio de régimen.» Que el nuevo régimen iraní «debería ser más sabio que el anterior.»
¿Un nuevo régimen? El secretario de Estado Marco Rubio, ese mismo día, dijo algo diferente: que los objetivos de la guerra «no tenían nada que ver con los dirigentes.» Esos son algunos de los mensajes vertiginosos que han llegado del presidente Donald Trump y sus ayudantes en los días más recientes. Se ha producido un cambio de régimen en Irán. O no. Es un objetivo de la guerra. Excepto que no lo es.
La Casa Blanca no sabía si había ganado o no su objetivo principal. Y lo que es peor: tampoco sabía cuál era ese objetivo principal.
Los propios republicanos empezaron a perder los nervios. Las vacilaciones minuto a minuto y las señales contradictorias que emanan de la Casa Blanca han inquietado a legisladores, aliados políticos e incluso a algunos asesores y colaboradores de Trump, quienes reconocen que tienen poca idea de lo que sucederá a continuación.
Cuando tus propios asesores no tienen ni idea de lo que va a pasar… algo no funciona bien. Y no hablo de estrategia geopolítica.
La justificación que tampoco era verdad
Detengámonos un momento en el origen de todo esto. Porque es importante.
La Casa Blanca justificó el ataque a Irán argumentando que el país estaba a dos semanas de obtener la bomba atómica. Urgencia máxima. Amenaza inminente. Había que actuar.
Pues bien. La Casa Blanca afirmó que lo hicieron porque Irán estaba dos semanas de tomar y de tener el arma nuclear. Pero varios altos cargos de las agencias y de departamentos de seguridad de Estados Unidos han declarado públicamente que en este país «no había un programa estructurado para fabricar armas nucleares.» Y que, por tanto, Irán no presentaba una amenaza inminente para Occidente.
Las bombas cayeron de todas formas.
Más de 40.000 viviendas destruidas. Hospitales. Aeropuertos. Escuelas. Más de dos mil muertos en el primer mes. Cuatro millones de desplazados. Y el pretexto que lo justificaba todo… resultó ser falso según los propios servicios de inteligencia estadounidenses.
¿Dónde hemos escuchado esto antes? En 2003. En Irak. Con las armas de destrucción masiva que nunca existieron. Aznar lo sabe. Bush lo sabe. Y pidieron perdón. El expresidente George Bush pidió perdón por esa guerra ilegal. El primer ministro británico pidió perdón por esa guerra ilegal.
La historia se repite. Esta vez, según Sánchez, no como farsa. Como tragedia.
Una duda razonable: ¿qué está pasando realmente?
Aquí hay que parar. Respirar. Y decir lo que muchos piensan pero pocos se atreven a escribir con claridad.
No voy a hacer un diagnóstico clínico. No soy psiquiatra. Pero sí puedo señalar lo que está documentado, lo que es observable, lo que está ocurriendo ante nuestros ojos.
Trump afirma que Estados Unidos está ganando la guerra con Irán, incluso mientras miles de soldados estadounidenses adicionales se despliegan en Medio Oriente. Ha arremetido contra otros países por no ayudar a Estados Unidos, para luego decir que no necesita su asistencia.
¿Eso es estrategia? ¿Es táctica de negociación? ¿O es la expresión de alguien que genuinamente no mantiene un hilo de coherencia narrativa más de 72 horas?
Porque hay un patrón. Lo han visto todos. Sus aliados republicanos lo ven. Sus propios asesores lo ven. El mundo entero lo ve. Trump proclama la victoria cuando nadie ha ganado nada. Proclama que hay acuerdos cuando no los hay. Proclama que Irán negocia cuando Irán lo niega. Amenaza a sus propios aliados. Los elogia. Los amenaza otra vez.
Expertos advierten que podría haber una «ampliación de los objetivos iniciales» si Trump se niega a «salir de esta guerra y aceptar que no ha podido lograr la mayor parte de sus metas estratégicas.»
Y ahí está el verdadero peligro. No en la incoherencia como anécdota. Sino en la incoherencia como política de Estado, en una guerra real, con armas reales, contra un país de ochenta y cinco millones de personas, dos veces más poblado que Irak, con más soldados regulares que Alemania, Francia e Italia juntos.
El mundo no puede permitirse que el hombre con el dedo en el gatillo no sepa muy bien qué está disparando, ni por qué, ni cuándo va a parar.
España dice no. Y eso importa más de lo que parece
En medio de todo este caos, España ha hecho algo que merece ser nombrado sin eufemismos: ha dicho que no.
No en voz baja. No en los márgenes de un comunicado diplomático. España no será «cómplice de algo malo para el mundo» como es la actual guerra en Medio Oriente «solo por el miedo a las represalias de alguno.» Lo dijo Pedro Sánchez. Con nombre y apellidos. Frente a Trump.
España cerró su espacio aéreo a vuelos vinculados con ataques contra Irán. Una decisión concreta. Con consecuencias reales. Que costó presión diplomática, amenazas comerciales, y la ira visible de la Casa Blanca.
Y la posición del gobierno se resumió en cuatro palabras que llevan décadas resonando en este país: No a la guerra. El mismo grito que llenó las calles en 2003. La misma convicción que hoy, veintitrés años después, vuelve a ser necesaria.
Sánchez conecta esa posición con la memoria de las manifestaciones del 15 de febrero de 2003 contra la guerra de Irak, de las que dice haber aprendido lo que ocurre cuando un gobierno da la espalda a su gente y se pliega ante intereses extranjeros.
No es nostalgia. Es memoria. Y la memoria, en política exterior, salva vidas.
Y entonces Trump cogió la pancarta
Aquí llegamos al momento más irónico —y más revelador— de todo este delirio geopolítico.
Porque Trump, en su furia contra los aliados europeos que se niegan a apoyar su guerra, ha decidido amenazar con lo impensable: Trump sugirió que Estados Unidos está considerando salir de la alianza de la OTAN. Definió a la coalición como un «tigre de papel», es decir, algo que parece amenazante, pero en realidad no lo es.
Un momento. Párense aquí.
El presidente de Estados Unidos, agitando metafóricamente una pancarta contra la OTAN. Pidiendo bases fuera. Cuestionando toda la arquitectura de seguridad occidental. ¿Les suena de algo?
Eso es exactamente lo que la izquierda española lleva cuarenta años gritando. «OTAN ¡NO! ¡BASES FUERA!» Lo gritábamos en los ochenta, cuando González llevó a España a la alianza en un referéndum que dividió al país. Lo gritamos después. Lo seguimos diciendo.
La diferencia —y es una diferencia abismal— es el porqué.
Cuando la izquierda dice que no a la OTAN, lo dice porque cree en un mundo sin bloques militares, porque entiende que la seguridad no se construye apilando ojivas nucleares, porque defiende la soberanía real de los pueblos frente a la tutela imperial. Lo dice desde la solidaridad internacional, desde el internacionalismo, desde la convicción de que la paz es posible y que merece la pena pelearla.
Cuando Trump dice que no a la OTAN… lo dice porque Europa no le ha prestado sus bases para bombardear Irán. «Estuvimos allí automáticamente, incluida Ucrania. Ucrania no era nuestro problema, pero estuvimos allí por ellos. Pero ellos no han estado allí por nosotros.»
Es decir: si no me ayudas a hacer la guerra, me llevo mis juguetes y me voy a casa.
Eso no es pacifismo. No es antibelicismo. Es el berrinche transaccional de un hombre que entiende las alianzas internacionales como un negocio de corto plazo, y la seguridad global como una partida de póker en la que él siempre tiene que ganar.
Ahí está la caricatura. Ahí está, con su traje azul y su corbata roja, alzando el puño, gritando que no quiere la OTAN, que las bases fuera. Y detrás, los aviones de combate sobrevolando el Golfo Pérsico. Los mismos aviones que él mismo envió. Contra el mismo Irán que él mismo bombardeó. Sin plan. Sin objetivo claro. Sin final a la vista.
Lo gracioso —si es que algo de esto tiene gracia— es que la imagen es idéntica a la de cualquier cartel de los ochenta en una manifestación pacifista. Solo que el autor no es un movimiento por la paz. Es el presidente de la primera potencia militar del mundo.
Para terminar: el precio del ruido
Los precios del petróleo subieron y las acciones cayeron después de que las declaraciones incendiarias del presidente Donald Trump frustraran las esperanzas de los inversores de un pronto fin a la guerra.
Eso es lo que produce el ruido de Trump. Consecuencias reales. Facturas de la luz más caras en Fuerteventura. Hipotecas subiendo en Sevilla. Familias en Teherán bajo las bombas. Cuatro millones de personas desplazadas que no tienen a dónde volver.
El ruido de Trump no es inofensivo. Es el ruido más peligroso del mundo.
Por eso importa que España diga no. Por eso importa que haya voces en Europa que no se plieguen. Por eso importa que la izquierda mantenga el horizonte cuando todo el tablero está patas arriba.
Porque cuando se apague este ruido —y se apagará, como se apaga todo— habrá que reconstruir. Y para reconstruir, alguien tiene que haber guardado los planos de cómo debería ser el mundo.
España lleva guardándolos desde 2003. Quizás es hora de sacarlos otra vez.
No a la guerra. Sí a la vida.
P.D.: Este artículo recoge declaraciones públicas documentadas de fuentes periodísticas internacionales. Las valoraciones sobre el estado cognitivo del presidente son de carácter político y periodístico, no clínico.