No éramos los raros. Éramos los primeros.
Política

No éramos los raros. Éramos los primeros.

◆   28 de marzo de 2026  ·  Javier Ledo

Había algo casi solitario en aquella imagen. Un presidente del Gobierno español plantándose ante el mundo entero y diciendo, con cuatro palabras, lo que muchos pensaban pero pocos se atrevían a pronunciar: «No a la guerra.»

Era el 28 de febrero de 2026. Estados Unidos e Israel acababan de lanzar la Operación Furia Épica sobre Irán. Los mercados energéticos se disparaban. El estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo mundial, empezaba a cerrarse. Y Pedro Sánchez, en lugar de esconderse detrás de la ambigüedad diplomática de rigor, salió a la televisión a decirle a Trump lo que nadie más quería decirle: que no, que España no iba a ser cómplice.

La respuesta de Washington fue inmediata y furibunda. «Vamos a cortar todo el comercio con España. No queremos tener nada que ver con España.» Así de simple. Así de amenazante.

Y en ese momento, claro, la derecha española se frotó las manos.

Los primeros días: España sola, o casi

Aquellas primeras semanas fueron duras. No vamos a engañarnos. Trump declaró que España había sido «terrible» y «muy, muy poco cooperativa», y amenazó con represalias comerciales. El senador republicano Lindsey Graham pedía directamente cerrar las bases de Rota y Morón. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en lugar de defender la soberanía de sus aliados europeos, se apresuró a ponerse del lado de Trump, calificando sus acciones como «críticamente importantes».

Europa, en esos primeros días, guardó un silencio incómodo. Algunos gobiernos intentaron nadar entre dos aguas. La propia Ursula von der Leyen restó importancia, en un primer momento, a lo del orden internacional basado en reglas.

España parecía sola. O eso decían.

Pero hay algo que la historia ha demostrado una y otra vez: que quien tiene razón, aunque tarde, acaba acompañado. Y lo que ha pasado en estas semanas es exactamente eso.

Europa despertó

Poco a poco, a medida que la guerra se alargaba y los precios de los combustibles subían, cada vez más voces europeas se fueron acercando a las posiciones defendidas por Sánchez. La UE pasó de cerrar filas con Washington a asegurar, en palabras de la alta representante Kaja Kallas, que «esta guerra no es la suya».

El cambio fue visible y rotundo en el Consejo Europeo de Bruselas: todos los Estados miembros se negaron a enviar una misión militar al estrecho de Ormuz. Era la primera vez desde el inicio del conflicto que la UE mostraba una posición unitaria y contundente.

La misma Ursula von der Leyen que había mirado para otro lado tuvo que dar marcha atrás y salir a defender el derecho internacional. El mismo derecho que Sánchez llevaba semanas invocando desde la soledad.

No era la primera vez que esto le pasaba a España, por cierto. Pasó igual con el reconocimiento del Estado palestino, cuando España fue uno de los primeros países europeos en dar el paso y luego otros fueron siguiéndole. Hay una pauta aquí. Una forma de estar en el mundo que no siempre gana el aplauso inmediato, pero que termina siendo la correcta.

Los premios inesperados: gas, amistad y libre navegación

Pero más allá de la geopolítica en abstracto, la postura de España ha tenido consecuencias muy concretas. Tangibles. De esas que se notan en la factura.

Argelia, que llevaba más de tres años con las relaciones diplomáticas congeladas por el asunto del Sáhara, ha dado un giro histórico. El presidente argelino Tebún comunicó al ministro Albares su decisión de reactivar el Tratado de Amistad con España, suspendido desde 2022, como reconocimiento al posicionamiento del Gobierno español sobre los bombardeos en Irán y el genocidio en Gaza.

Y no solo eso. Argelia incrementará el bombeo de gas a España por el gasoducto Medgaz de 28 a 32 millones de metros cúbicos diarios, casi el máximo que permite la infraestructura, como premio a la posición española en Oriente Próximo. Un 12,5% más de gas, en condiciones mucho más competitivas que el precio de mercado, mientras el resto de Europa sufre tensiones de suministro. No está mal para un «pacifista de pacotilla», ¿verdad?

Y luego está Irán. Un gesto inusual, cargado de simbolismo. El presidente iraní Pezeshkian elogió públicamente la «conducta responsable» del Gobierno de Sánchez, destacando que su postura evidencia «ética y conciencias despiertas en Occidente». Y más allá de las palabras, Teherán habilitó la navegación de la flota mercante española en pleno bloqueo del estrecho de Ormuz, en un gesto político poco habitual. Mientras otros países ven sus barcos detenidos, los buques españoles pasan.

La coherencia tiene sus recompensas. A veces económicas, a veces diplomáticas. Siempre morales.

Feijóo y Abascal: el ridículo internacional

Y mientras todo esto ocurría… ¿qué hacían los líderes de la oposición española?

Pues bien. Ahí está lo más llamativo de todo. Cuando Sánchez compareció ante el Congreso el 25 de marzo para explicar la postura de España, Feijóo y Abascal tuvieron la oportunidad de estar a la altura del momento. De demostrar que la política exterior puede elevarse por encima de las trincheras partidistas.

No lo hicieron. Ni de lejos.

Feijóo comenzó su intervención con una foto propagandística iraní en la que aparecía un cohete con la imagen de Sánchez, y llegó a usar lenguaje soez, al que ya nos tiene acostumbrados. Una imagen que, sin proponérselo, resumió perfectamente la altura del debate que quería librar: la del insulto personal, la del espectáculo, la del «no a usted» como sustituto de cualquier posición coherente.

Ni Feijóo ni Abascal mencionaron en ningún momento a Trump, ni a Estados Unidos. El hombre que tomó la decisión de bombardear Irán sencillamente no existía en sus discursos. Increíble. Estamos hablando de una guerra iniciada por el presidente de Estados Unidos, y los líderes de PP y Vox fueron incapaces de pronunciar su nombre. ¿Por qué? Porque hacerlo les obligaría a posicionarse. Y posicionarse les incomodaría.

Abascal fue más allá y aseguró que a Sánchez «le gusta la guerra», porque «el ruido de las explosiones oculta sus corruptelas». Ante una guerra que está costando vidas, que está disparando los precios de la energía y que puede desestabilizar toda una región, la aportación de Vox al debate nacional fue esa. Ahí queda.

El paralelismo con el pasado es inevitable, y Sánchez lo señaló sin rodeos. Para el presidente, el patrón se repite: los líderes de PP y Vox ocupan hoy el lugar que antes tuvo Aznar, y Trump ocupa el que tenía George W. Bush. Con una diferencia importante: en 2003 Aznar era presidente y arrastró a España a una guerra que el 90% de los españoles rechazaba. Hoy, por suerte, quien gobierna es otro.

Como recordó Sánchez en el hemiciclo, Bush pidió perdón, Tony Blair pidió perdón, y Aznar no se ha arrepentido nunca. «Esa es la catadura moral de Aznar», dijo. Y los herederos políticos de aquella decisión, en lugar de aprender la lección, la repiten. Solo que esta vez sin el poder para hacer daño.

El lugar correcto de la historia

Hay momentos en política en los que el coraje y el cálculo coinciden. No siempre pasa. Pero cuando pasa, es bonito verlo.

España apostó por el derecho internacional cuando era incómodo hacerlo. Cuando Trump amenazaba con sanciones comerciales. Cuando la OTAN presionaba. Cuando parte de la prensa nacional pedía moderación y «responsabilidad». Y lo hizo con una claridad que se echa en falta con demasiada frecuencia en la política exterior europea.

La postura española, marcada por el rechazo a la intervención militar y el veto al uso de bases estadounidenses para operaciones ofensivas contra Irán, ha terminado siendo la postura que toda Europa asumió semanas después. Solo que Europa tardó más, cobró menos y habló menos alto.

Eso dice algo sobre quién estaba mirando el mapa completo desde el principio.

No es cuestión de triunfalismo fácil. La guerra sigue. El estrecho de Ormuz sigue siendo un polvorín. Los precios energéticos siguen tensionados. Y el decreto de medidas anticrisis aprobado en el Congreso, con 5.000 millones de euros para amortiguar el impacto sobre las familias, es la prueba de que gobernar en estos momentos no es gratis.

Pero hay algo que ya no puede discutirse: España estaba en el lado correcto de la historia. Desde el primer día. Mientras otros callaban, aplaudían o miraban para otro lado, aquí se levantó la mano y se dijo que no. Sin pedir permiso. Sin esperar a ver qué hacía el vecino.

Eso, en un mundo donde cada vez más líderes se pliegan ante los más fuertes, no es poca cosa. Es, quizás, lo más importante.

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