Cuando la izquierda deja de callar y comienza a devolver los golpes

Durante décadas, la derecha política jugó cómoda en el terreno discursivo. Lanzaba acusaciones, apelaba a símbolos nacionales, agitaba el miedo al caos o al “enemigo interno”, y lo hacía casi siempre sin recibir una respuesta igual de contundente. La izquierda, por miedo a parecer radical o irresponsable, solía callar, esquivar, justificarse. Pero eso cambió. Hoy la izquierda responde, ironiza, devuelve el golpe. Y la derecha, acostumbrada a pelear contra un rival sumiso, se siente descolocada y reacciona con sobreactuación, indignación y hasta victimismo. ¿Por qué tanta sobreexcitación?
El hábito del adversario manso
La derecha estaba acostumbrada a atacar sin consecuencias. Pensemos en España: durante años, cuando el Partido Popular acusaba a la izquierda de “romper España” o de ser “antipatriota”, la respuesta era tibia. El PSOE o Izquierda Unida preferían refugiarse en tecnicismos económicos o sociales, sin entrar de lleno en la disputa simbólica. Resultado: el terreno de “la patria” quedaba en manos de la derecha.
En EE. UU., el trumpismo hizo lo mismo: apropiarse de la bandera, del himno, de la noción de “América verdadera”, mientras los demócratas respondían desde la gestión técnica o con discursos correctos pero poco emocionales.
En Argentina, la derecha liberal y conservadora, ahora con Javier Milei a la cabeza, acusa a la izquierda de “zurdos planeros”, de “enemigos de la libertad”. Durante mucho tiempo, la respuesta fue intentar suavizar el tono, buscando no quedar como “enemigos del mercado” o del progreso.
Ese silencio o esa defensa tímida generaron un hábito: la derecha asumió que podía dar golpes sin esperar devolución.
El cambio de escenario
Pero llegaron las redes sociales y con ellas una nueva generación de políticos y activistas que entendieron una cosa básica: quien calla, pierde.
Un ejemplo claro: cuando en España Vox acusa de “traidores” o “filoetarras” a sus adversarios, hoy recibe réplicas directas. La ministra Ione Belarra, por ejemplo, devolvió más de una vez acusando de “mafiosos” o “corruptos” a quienes la señalaban. El golpe vuelve, y la derecha, acostumbrada a un adversario silencioso, se sobresalta.
En Argentina, dirigentes kirchneristas no dudan en contestar con ironía a Milei. Cuando el presidente habla de “nidos de ratas” refiriéndose al Congreso, la réplica no se queda en tecnicismos institucionales: se le responde directamente, calificándolo de “autoritarismo disfrazado de libertad”.
En EE. UU., Alexandria Ocasio-Cortez o Bernie Sanders contestan frontalmente al discurso trumpista, denunciando su racismo, su machismo y su hipocresía. No se limitan a dar datos: devuelven el golpe en el mismo tono.
La izquierda entendió que, si no disputa el terreno simbólico, queda invisible. Y ese aprendizaje rompe la costumbre.
¿Por qué tanto escándalo?
La sobreexcitación de la derecha se explica por varias razones:
1. Pérdida de monopolio simbólico. La derecha siempre se creyó dueña de la patria, la libertad o la familia. Cuando la izquierda dice que la patria también son los servicios públicos, que la libertad es llegar a fin de mes, o que la familia necesita derechos laborales para sostenerse, la derecha siente que le invaden su terreno.
2. El espejo incómodo. Vox puede acusar de “enemigos de España” a sus rivales, pero cuando se les responde con “ladrones de lo público” o “corruptos”, el espejo duele. Lo mismo en Argentina: Milei habla de “zurdos resentidos” y recibe a cambio el título de “empleado del FMI”.
3. Ruptura de la costumbre. Durante décadas, la derecha se acostumbró a pelear contra un adversario prudente, casi tímido. Hoy, cuando recibe un golpe de vuelta, no sabe bien cómo reaccionar. Y reacciona exagerando: grita, se indigna, se victimiza.
La estrategia de la víctima poderosa
Un recurso curioso es cómo la derecha se coloca en el papel de víctima. En España, cuando Podemos o Sumar responden con dureza a insultos de la ultraderecha, los medios afines a Vox y PP lo convierten en noticia: “la izquierda radical insulta”.
En Argentina, Milei, que no ahorra insultos —“parásitos”, “delincuentes”, “zurdos de mierda”—, cuando recibe una réplica, se presenta como un perseguido. Su escándalo no es por el insulto en sí, sino porque se rompió la asimetría: ahora le contestan.
En EE. UU., Trump ha sido maestro de esa táctica: lanzar ataques despiadados y, al recibir respuesta, denunciar una “caza de brujas”. El poderoso convertido en víctima es un guion repetido.
Una batalla cultural más que política
Detrás de los gritos hay algo más profundo: la disputa por quién define las palabras clave.
• ¿Qué es “libertad”? Para Milei, la libertad es no pagar impuestos. Para la izquierda argentina, la libertad es poder estudiar sin endeudarse.
• ¿Qué es “patria”? Para Vox, es bandera y unidad centralizada. Para la izquierda, también es la sanidad pública o la diversidad cultural.
• ¿Qué es “orden”? Para Trump, mano dura policial. Para Sanders, orden es garantizar justicia social.
Cuando la izquierda responde, no solo devuelve el golpe: disputa la definición de esos valores. Y ahí está el verdadero motivo de la sobreexcitación.
El papel de los medios
Los grandes medios, en buena medida, amplifican esa dinámica. En España, programas de tertulia suelen dar megáfono a los exabruptos de la derecha y, cuando la izquierda contesta, el titular es “sube la crispación”. En Argentina, canales alineados con Milei reproducen la misma lógica. En EE. UU., Fox News hace exactamente eso con Trump.
Pero la novedad es que las redes sociales permiten saltar ese filtro. Una respuesta de AOC a un ataque republicano puede viralizarse en minutos y llegar a millones. Y eso desespera a la derecha, que ya no controla el relato.
Libertad de expresión… asimétrica
La paradoja es clara. La derecha defiende su “derecho a decir lo que piensa sin complejos”. Pero cuando la izquierda hace lo mismo, entonces se habla de “intolerancia”, “radicalidad” o “peligro democrático”.
Libertad de expresión, sí, pero con condiciones: yo puedo insultar; tú, no. Cuando esa asimetría se rompe, lo que se siente no es violencia, sino pérdida de privilegio.
Consecuencias políticas
Este cambio trae varios efectos:
1. El debate público se equilibra. Ya no es un monólogo de un lado.
2. La polarización aumenta. Porque, claro, cuando hay golpes y contragolpes, el tono sube.
3. Mayor claridad. Cada bloque se muestra con menos máscaras: Vox grita lo que piensa, y la izquierda responde igual de claro.
4. Riesgo de saturación. La ciudadanía puede cansarse de tanta bronca, aunque también se moviliza más porque las diferencias quedan visibles.
La sobreexcitación de la derecha, paradójicamente, puede volverse en su contra: cuanto más grita, más confirma que ya no tiene la última palabra.
Una historia que se repite
No es algo nuevo. La historia muestra que cada vez que la izquierda deja de callar, la derecha se escandaliza. Pasó en Europa en los años 30 con los movimientos obreros, pasó en América Latina cuando los sectores populares respondieron a las élites, pasó en EE. UU. cada vez que surgió un movimiento por los derechos civiles.
El patrón es el mismo: el que estaba acostumbrado al silencio del otro se sobresalta cuando ese silencio se rompe.
¿Qué viene ahora?
Podrían pasar varias cosas:
• Que la derecha se acostumbre y normalice que la izquierda responde.
• Que endurezca aún más su discurso para recuperar la iniciativa.
• Que la sociedad gane en pluralidad simbólica, porque ya nadie tiene el monopolio de la patria, la libertad o el orden.
• O que nos quedemos en una crispación crónica, un ring permanente que desgaste a la ciudadanía.
Fin de la impunidad discursiva
La sobreexcitación de la derecha no es casualidad. Es el resultado de perder un privilegio: hablar sin réplica. Hoy la izquierda contesta, ironiza, devuelve los golpes. Y eso descoloca.
En el fondo, la pregunta no es por qué la derecha grita tanto ahora, sino por qué la izquierda calló tanto tiempo. El silencio nunca fue neutral: mantenía una desigualdad. Romperlo no es radicalizar; es democratizar la palabra.
Y si eso les parece insoportable, quizá la explicación es más sencilla de lo que parece: lo que les irrita no es que la izquierda hable demasiado, sino que por fin hable en voz alta.
O dicho de otro modo, y con un poco de ironía: la derecha no está indignada porque la izquierda grite, está indignada porque ya no puede gritar sola.