La izquierda española: entre el dogma, el sectarismo y la burbuja moral
Política

La izquierda española: entre el dogma, el sectarismo y la burbuja moral

◆   22 de julio de 2025  ·  Javier Ledo

Por más que defienda causas nobles —la igualdad, los derechos sociales, los servicios públicos—, parte de la izquierda española parece cada vez más desconectada de la sociedad real. Mientras la ciudadanía navega entre la precariedad, la incertidumbre económica y un cambio cultural acelerado, ciertos sectores de la izquierda siguen enrocados en un lenguaje y una actitud que recuerdan más a una asamblea universitaria que a una fuerza de gobierno.

¿Unidad?

¿Qué está fallando? Una posible explicación pasa por tres males que la recorren desde dentro: el dogmatismo, el sectarismo y la superioridad moral. No son nuevos, pero hoy pesan más que nunca. Y si no se corrigen, pueden convertir a la izquierda en un actor irrelevante, encerrado en sí mismo.

–– Dogmatismo: cuando la ideología sustituye al análisis

Muchos discursos de izquierda siguen atrapados en un marco rígido, donde todo se reduce a “opresores contra oprimidos”, “ricos contra pobres”, “el pueblo contra las élites”. Este esquema, heredado del siglo XX, puede ser útil para denunciar injusticias, pero se queda corto para explicar una realidad mucho más compleja.

Hoy, problemas como la digitalización del empleo, la inteligencia artificial, la transición ecológica o la crisis de la vivienda requieren diagnósticos nuevos y respuestas flexibles. Pero cuando se antepone la pureza ideológica a la eficacia práctica, el resultado son propuestas poco realistas, desconectadas del día a día de la gente. La izquierda no puede permitirse seguir hablando solo para convencidos.

–– Sectarismo: la tendencia a dividir, incluso entre afines

El sectarismo es el cáncer de la izquierda. Se manifiesta en peleas internas, purgas simbólicas, escisiones absurdas y una incapacidad crónica para formar alianzas duraderas. Es el “nosotros o el caos”, incluso cuando el caos acaba gobernando.

Los ejemplos recientes abundan: formaciones que prefieren hundirse electoralmente antes que pactar con sus antiguos aliados; líderes que convierten sus diferencias personales en causas ideológicas; proyectos políticos que nacen y mueren en menos de un ciclo electoral por falta de visión de conjunto.

Pero el sectarismo no solo divide internamente. También proyecta una imagen de arrogancia y exclusión hacia fuera. Cualquier discrepancia —ya sea sobre migración, feminismo o seguridad— se convierte en sospecha de traición ideológica. Y así, millones de votantes potenciales se alejan.

–– Superioridad moral: el tono que espanta

Quizá el mayor obstáculo para reconectar con la mayoría social sea el tono. Muchos discursos de izquierda parten de una premisa implícita: “nosotros tenemos razón porque somos los buenos”. Esta actitud —tan habitual en redes sociales, tertulias y hasta en el Parlamento— no persuade, sino que repele.

Cuando la política se convierte en una guerra moral, en la que los adversarios no solo están equivocados sino que son malos, se rompe el diálogo. Se etiqueta de “facha” al que vota al centro-derecha, de “racista” al que expresa preocupación por la inmigración irregular, o de “machista” al que plantea dudas legítimas sobre ciertas políticas de género.

¿El resultado? Una parte de la sociedad percibe a la izquierda como una élite cultural, alejada de sus problemas reales, obsesionada con controlar el lenguaje y decirle a la gente cómo debe pensar.

–– Una izquierda encerrada en su burbuja

Mientras tanto, la realidad avanza por otro lado. Crecen las clases medias empobrecidas, los trabajadores que ya no se identifican con ningún partido, los jóvenes que no ven futuro, los barrios donde la inseguridad es un tema real. Pero si se intenta hablar de esto sin usar el lenguaje aprobado, se corre el riesgo de ser cancelado.

Este divorcio entre discurso y realidad solo beneficia a la derecha, que se presenta —a veces con cinismo, pero con eficacia— como la única capaz de decir lo que muchos piensan. La izquierda, en cambio, parece más preocupada por mantener su pureza que por construir mayorías.

–– La alternativa: escuchar más, juzgar menos

La izquierda tiene dos opciones: seguir encerrada en su torre de convicciones o salir al encuentro de la sociedad, con empatía y humildad. Eso implica abandonar el dogma, desterrar el sectarismo y bajar del pedestal moral.

Escuchar, entender, negociar, ceder, construir alianzas… Son verbos poco épicos, pero imprescindibles si se quiere volver a gobernar con respaldo amplio. Significa hablar menos de etiquetas y más de sueldos, alquileres, sanidad, educación, transporte. Y, sobre todo, significa asumir que no se tiene siempre la razón.

Porque no se trata de renunciar a los principios, sino de dejar de utilizarlos como armas para excluir. La izquierda no tiene el monopolio de la ética. Y si sigue actuando como si lo tuviera, acabará siendo moralmente impecable, pero políticamente irrelevante.

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