Ejes

Los ejes están cambiando.

Hace ahora siete años se produjo una alteración sin precedentes en el espectro político español, el eje izquierda-derecha dejó paso a una entelequia, una nebulosa que provocó que en el conjunto de España el tradicional eje izquierda-derecha dejase paso al –mucho más difuso e irreal– de los de arriba y los de abajo.

El objetivo de este cambio –se ha demostrado con el paso del tiempo– no era otro que el asalto al poder basado en consignas populistas y mentiras –que repetidas una y otra vez– convenían en parecer algo así como “verdades reveladas” dando a todo este caos un cierto tufillo de secta religiosa con seguidores que más que a razones atendían a dogmas indiscutibles e indiscutidos.

En resumen, el líder siempre tiene razón y sus actos –aunque erráticos y de puro egoísmo– siempre son disculpables.

El desarrollo de la política en estos últimos años ha demostrado claramente lo equivocado de creer en estos “nuevos apóstoles” que esencialmente han practicado el ya conocido axioma de cambiarlo todo para que todo siga igual.

Paralelamente en Cataluña ese tradicional eje fue sustituido por otra entelequia, la independencia.

Y de esta manera se han consumido tiempo y recursos –siempre escasos– para dar auge y alimentar el enfrentamiento entre los propios catalanes.

El eje independentistas-no independentistas ha provocado el hundimiento de la acción política en Cataluña, la parálisis económica y el deterioro de la convivencia ciudadana y por contra no ha ofrecido nada positivo, nada tangible mas allá de mentiras y falsedades históricas.

Pero como dice el refrán “no hay mal que cien años dure” y se vislumbran signos del regreso a los ejes que siempre han vertebrado el juego político, parece que volvemos lentamente a la realidad de la dicotomía izquierda-derecha.

El panorama en la derecha es el que mas ha avanzado en su definición en los últimos meses aunque todavía queda por dirimir que fuerza conseguirá la hegemonía.

La izquierda parece estar próxima a darse un baño de realidad, una vez enterrados los sueños celestiales en una finca de Galapagar queda por decidir si queremos enfrentar a la derecha un Partido Socialista que ha demostrado con creces mucha más visión de la realidad política y social del país o un batiburrillo de kioskos particulares de advenedizos políticos.

Mucho se ha polemizado en estos últimos cuarenta años sobre la abstención secular de la izquierda como mal endémico y mucho se ha denostado el famoso voto útil que permitió a este país avanzar y progresar cómo ninguno dentro de la Comunidad Europea.

Para sucumbir ante la derecha –otra vez– el camino es bien sencillo, cada uno a lo suyo asegurándose un silloncito en su pequeño quiosco.

Para derrotar a la derecha –una vez más– es verdad que el camino es más complicado, pues necesitamos, ante todo y sobretodo volver a nuestra casa común –sin condiciones– y dar la batalla todos juntos.

La derecha no conseguirá arrebatarnos nuestros derechos, libertades y logros sociales si conseguimos unir fuerzas en torno a una formación política con pragmatismo y experiencia de gobierno.

Ya no caben ensoñaciones y arengas populistas. Se acerca la hora de la verdad.

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